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LeBron James y Dwyane Wade empatan la serie ante Indiana Pacers

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LeBron James vuelve a buscar su corona

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LeBron James, haciendo su famoso ritual antes de los partidos. Elsoldelaflorida.com

LeBron James detesta perder, y ya lleva unos años quedándose al borde de conseguir algo grande, de responder a su sobrenombre. “El Elegido” vuelve con el orgullo herido y la rabia contenida. La derrota en la final del curso pasado contra Dallas le hizo mucho daño. Para sus compañeros fue un palo, pero para él se convirtió en un hachazo personal y mediático. Periodistas y aficionados ajenos a los Miami Heat le tienen ganas, y cada revolcón de LeBron supone un motivo más para seguir con el discurso manido que le adjudica el papel de inmaduro endiosado incapaz de liderar a un equipo al anillo de la NBA.

“Siempre que te sientes en la cima de una montaña y caes es un fracaso personal”. Sus palabras, surcadas de amargura tras ceder (en medio de un llamativo bajón de rendimiento) el sexto partido de la pasada final, revelan uno de los rasgos dominantes de la personalidad de la estrella de Akron. James nota que es responsable en las victorias y en las derrotas. Sabe que es culpable del éxito y parte integrante del fracaso de cualquier franquicia en la que milite. No puede ser de otra manera, habida cuenta de su condición de gran figura en la mejor liga del mundo. Cuando gana, su pose y sus frases denotan soberbia en ocasiones. En el momento de perder, puede llegar a tener comportamientos poco ejemplares, como el que mantuvo en 2009 después de caer en la final del Este contra los Orlando Magic. Abandonó la pista sin hablar con los periodistas y, lo que es mucho peor, sin felicitar a los jugadores rivales. Actitud reprobable de un ganador que todavía tiene que aprender a perder. Sin embargo, es más recomendable reaccionar mal frente a la derrota que asumirla con indiferencia, como hacen muchos. Los golpes a la autoestima tardan en cicatrizar y son un valioso estímulo para retornar a la competición con un solo pensamiento: arrasar al adversario.

Los designios del formato post lockout y su calendario no le han podido venir mejor a LeBron. El primer partido de la nueva temporada sirvió para contemplar a la bestia desatada ante sus recientes verdugos. James llevaba meses obsesionado con callar a los críticos y alertar a los escépticos. Los Mavericks padecieron su ira reprimida. Contra los actuales campeones anotó 37 puntos (con buenos porcentajes), capturó diez rebotes y repartió seis asistencias. Miami ganó con una facilidad inesperada (94-105) y golpeó con fuerza la mesa de los candidatos al título. Ayer ante Boston, “El Rey” registró 26 puntos, seis rebotes y cinco asistencias en la segunda victoria (115-107). Los Heat no están dispuestos a repetir fracasos pretéritos. Su Big Three All-Star fue compuesto para conseguir el anillo y LeBron, Wade y Bosh deben responder a su vocación competitiva. El día de Navidad comenzaron a hacerlo, pero una temporada NBA, incluso en su versión reducida, es larga, marcada por rachas y bajones de juego. Una prueba de supervivencia deportiva al alcance de los más fuertes, física y mentalmente.

LeBron, sobrado de músculo y talento, necesita controlar mejor el aspecto psicológico. Es consciente de su grandeza, y eso le lleva a sobreexcitarse en ocasiones, agobiado por la responsabilidad que emana de sus números desde que llegó a la competición, en 2003. A sus 26 años (cumple 27 el 30 de diciembre) ha sido dos veces MVP de la Temporada Regular (2009 y 2010), una máximo anotador (2008), siete veces All-Star y dos finalista de la NBA (2007 y 2011). Un currículo descollante en lo personal pero insuficiente en lo colectivo, donde, a falta de anillos, presenta un oro olímpico (2008).

James anhela títulos para codearse con los más grandes de la historia. Jugadores a los que puede mirar a los ojos cuando se trata de estadísticas, plusmarcas de precocidad e impacto mediático, pero ante los que debe inclinar la cabeza mientras tenga los dedos desnudos. Antes de ser elegido en el draft ya se le comparaba con Michael Jordan, quien consiguió su primer anillo con 28 años. En las últimas temporadas su figura ha sido ligada a la de Kobe Bryant, campeón a los 22. En ambos casos, posee una evidente desventaja en palmarés (Jordan ha ganado seis campeonatos y Kobe cinco). Quizá sea una diferencia insalvable, pero el alero de Miami transmite la sensación de que sus mejores años están por llegar. Su madurez deportiva traerá consigo un incremento sustancial en el potencial de su equipo, en este caso los Heat, uno de los principales favoritos al título.

LeBron es una máquina atlética con unos fundamentos notables. Ha mejorado enormemente su tiro de media y larga distancia. Aún puede dominar más ciertas situaciones del juego, como los movimientos en el poste bajo, pero es indiscutible que es un jugador completísimo. La incidencia que tiene sobre los partidos trasciende su capacidad anotadora. De hecho, acredita unos números respetables en rebotes y asistencias (promedió 7,5 capturas y 7 pases de canasta la temporada pasada), circunstancia que le permite rondar el triple-doble con frecuencia.

Es indudable que la superestrella todavía tiene debilidades, relacionadas en su mayoría con la altísima exigencia que se pone a sí mismo y le imponen desde su entorno. Pero las expectativas elevadas son sinónimo de grandeza, del talento innato y pulido que le llevó a superar los 20 puntos por encuentro en su primer año en la NBA o a convertir a una franquicia perdedora en finalista de la Liga. El anillo vuelve a estar en juego y King James reclama su corona. Esa que le impusieron en su etapa en el instituto y que nunca ha llegado a poseer. 

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