En recuerdo de Lance Armstrong, aquel gran olvidado

La UCI arrebata al texano sus siete títulos del Tour de Francia y le elimina de la historia moderna del ciclismo.

En recuerdo de Lance Armstrong, aquel gran olvidado
Lance Armstrong. FOTO: TBO.com.

Grises nubes vuelven a aparecer en el horizonte ciclista después de que la tormenta Armstrong haya vuelto a empapar el mundo del deporte al saberse desposeído de sus siete Tour.

Este mediodía, la UCI, con McQuaid a la cabeza, ha eliminado de un disparo la historia reciente del ciclismo moderno, y convertido al texano en su víctima para lavar la dañada imagen del organismo. Armstrong, por cierto, nunca dio positivo en ningún control, pero los hechos que se recogen en el informe de la USADA, donde se explica cómo era “la red de dopaje más sofisticada”, pesa demasiado. El linchamiento público al que ha sido sometido queda como algo secundario.

Nadie, absolutamente nadie, saldrá ganador de esta batalla acabada hoy y con más de 13 años de duración, pues su primera victoria en el Tour, en 1999, ya se vio inmersa en las primeras sospechas de dopaje por parte de la prensa. El precedente del escándalo Festina aún era reciente y alguien que había sufrido sesiones de quimioterapia, sin haber demostrado antes unas grandes dotes para las carreras de 3 semanas, le convertían automáticamente en sospechoso.

A pesar de los recelos intrínsecos del propio ciclismo, la victoria del americano también se quiso transmitir como la savia nueva del pelotón. Superviviente de cáncer, con proyección e imagen internacional, valiente en la carretera, limpio del Tour del 98… Realmente cumplía los requisitos. Era un elegido. Había que cerrar heridas. Tábula rasa. Ano I d. Festina.

Armstrong cumplía los requisitos. Era un elegido. Había que cerrar heridas. Tábula rasa. Ano I d. Festina.

Los medios se le tiraban encima y más adelante desde los EEUU se rebautizaría la carrera como “le Tour de Lance”. El ciclismo ya tenía su nuevo icono, que no solo se afianzaría sino que se convertiría en un personaje mediático cuyos pasos resonarían más allá de los límites de la bicicleta

Pero algo no iba bien. El ciclismo gozaba de corredores de altísimo nivel y los veranos se convertían en una especie de lucha de todos contra Armstrong para ver quién sería el primero en destronar al rey en su carrera. Pasaron Ullrich, Pantani, Beloki, Mayo, Klöden, Basso… y nadie consiguió someter al 'Boss'. Algo fallaba. La historia perfecta tenía algo escondido en el guion. Demasiada tiranía, demasiado poder.

El entorno, aquel concepto ambiguo e intangible tan de moda en otro conocido deporte, ya intuía que cabía la posibilidad de que Armstrong fuero otro de tantos que habían caído a las tentaciones de la manzana prohibida. Al fin y al cabo, en el pelotón “todos van drogados” y tampoco hubiera sido una gran sorpresa.

En noviembre del 2000 se iniciaría una investigación al equipo US Postal que acabaría dos años después sin ningún resultado aparente, aunque las sospechas no cesarían. La salida de un par de libros con testimonios que relataban algunas ramas del presunto sistema de Armstrong añadirían presión al corredor, que llegaría a la máxima expresión con las pruebas que l’Equipe, periódico que siempre ha sido reticente a las victorias del americano, publicaría en 2005, año de su primera retirada.

¿Qué era del ciclismo entonces? Un deporte mucho más amplio que a finales de los 90, cuando creímos ser el centro del universo gracias a los éxitos de Indurain, y con una idea  mucho más globalizada e internacional. El ciclismo ya llegaba más allá de las fronteras de la Vieja Europa, y guste o no, la eclosión de Armstrong fue un elemento clave en este proceso. 

Su imagen, su historia y sus victorias fueron reconocidas en todos los rincones del globo, mucho más allá de las dudas y sospechas que caían sobre él. Todos los niños que soñaban con el Tour querían ser como Lance, y el resto del mundo deportivo corrió a acercarse al mito llevando su pulserita amarilla. No era un simple ciclista. Era una marca: Lance Armstrong

La mítica revista TIME le incluyó en sus lista de los 100 personajes más influyentes en 2008 compartiendo lista con el Dalai Lama, Barack Obama, Michael Bloomberg o Steve Jobs. Aquel año fue el del anuncio del regreso. “I’m back”, dijo, con la intención de potenciar la lucha contra el cáncer, y ya de paso, volver a ganar en Francia.

Al año siguiente, ya de nuevo con maillot, se vio un Lance diferente. Mucho más cercano y relajado. Conocedor de que su imagen había sido puesta en duda en reiteradas ocasiones, quiso crear un programa  antidopaje propio junto a Don Catlin, reconocido experto en la materia, para demostrar que estaba limpio. Además, colgó en la web de su fundación los resultados de siete controles de finales de 2008. Insuficiente para la Agencia Francesa Antidopaje, quien valoró, aunque sin llegar a hacerse efectiva, la posibilidad de sancionarle por violar las reglas en un control en marzo

Limpio o no, todas las carreras se pegaban para poder adjuntar el nombre del texano en su cartel. El Giro lo consiguió, y la Vuelta a Castilla a León tuvo más seguimiento que en todas sus ediciones gracias a la presencia del corredor de Astaná. Tal es la grandiosidad de su figura que nadie dudó en erigir un pequeño monumento en Antigüedad (Palencia) para recordar que allí fue donde Armstrong se fracturó la clavícula en su preparación para el Tour. En la Grande Boucle, por cierto, acabó en un meritorio tercer puesto, en la primera imagen de Lance en París sin el amarillo.

Y como pasaba en el campo de batalla, cuando los soldados huían al ver a su rey caer, las derrotas de Lance en Francia diluyeron por completo la lealtad de sus antiguos gregarios, quienes por cierto, la espada de Damocles había caído ya sobre ellos. Landis fue el primero de los grandes en querer morir matando en 2010, y otro que creció y engrandeció a la sombra del tejano, Hamilton, también admitió que Armstrong se dopaba justo un año después.

Landis fue el primero de los grandes en acusarle. Después, también Hamilton admitió que Armstrong se dopó

Los testimonios y las declaraciones de personajes tan próximos al de Austin, junto con las palabras también reveladoras de la mujer de Frankie Andreu, hicieron que los vientos cambiaron. Así lo entendió la USADA, quien hizo su entrada en escena a principios de 2012 y posteriormente acusaría formalmente a Lance de haberse dopado. La Agencia avisó primero y pegó después.

¿Sería, pues, verdad que el gran Lance Armstrong también era mentira?, ¿que el gran icono del ciclismo moderno nos había engañado a todos? ¿Otra vez tener que volver a empezar?

Inicialmente Lance negó cualquier acusación y se limitó a recordar que nunca había dado positivo, pero el asfixiante peso de los datos que se iban revelando y saliendo a la luz condujo al héroe a decir un basta que se entendió como la aceptación de unos hechos iban cogiendo cada vez más forma y volumen.

Una forma, por cierto, que también han contribuido en dar excompañeros como Hincapie o Leipheimer al reconocer que ellos, junto a su líder, también usaron productos dopantes.

Algunos dirán que la caída de Armstrong era inevitable a la vez que necesaria para luchar contra los tramposos y volver a creer en el deporte limpio. Otros dirán que esta tormenta no hace nada más que hundir más las ruedas en el barro, y acusarán a los testimonios de oportunistas al reconocer los hechos en el ocaso de su carrera o ya retirados.

Seguramente ambas versiones tendrán un alto porcentaje de razón, pero el gran perjudicado es el ciclismo en sí. La UCI da una imagen de ineptitud deplorable y oscura, el Tour tiene siete de sus ediciones sin ganador, los patrocinadores huyen para no relacionarse con el ciclismo, el corredor  más mediático resulta que era falso y los aficionados volverán a desconfiar de cualquier caballo ganador…

¿Qué hacemos ahora? Pues la verdad es que considero que ha habido épocas mucho peores y sangrientas. El caso Armstrong se relaciona con el lustro negro del pelotón, que tuvo su expresión más amplia en la Operación Puerto, y pocos ciclistas de entonces están ya a primera línea. Además, la probada red de dopaje de US Postal, al fin y al cabo, no era más que la continuación de lo que descubrimos en el 1998. Doloroso, pero nada nuevo.

Positivos los habrá más, seguro. Pero considero que hay que seguir creyendo en la nobleza de este deporte, como también se cree en la limpieza del futbol a pesar de presuntos partidos amañados, en la NBA de la compra de árbitros, o en el tenis a pesar de las redes de apuestas detectadas.

Los que se saltan las normas tienen que pagar, sin duda, pero considero excesivo el escarnio público con el que se está tratando a Lance Armstrong, protagonista de nuestra historia reciente y que con su trayectoria ha evolucionado la concepción internacional del Tour y el ciclismo.

En España defendimos hasta la saciedad Valverde y su Val. Piti, y la prensa minimizó el chuletón de Contador. No caigamos en la histórica y milenaria tentación de disfrutar con la caída de un grande.

Lance ha sido, limpio o no, protagonista de la historia del Tour y de todas nuestras recientes tardes de verano. Que pague como han pagado muchos, pero basta de enterrarle y de querer olvidar algo que siempre quedará en la memoria del ciclismo.