"Una vida mejor" de Cédric Kahn: crónica de perro flaco

El sueño americano se convierte en una pesadilla económica bajo la dirección de Cédric Kahn. La lucha por un futuro mejor toma su inspiración a pie de calle, un retrato crítico sobre los tiempos que nos ha tocado malvivir, en el que el director francés demuestra que el género documental no tiene la exclusiva a la hora de plasmar la realidad social.

"Una vida mejor" de Cédric Kahn: crónica de perro flaco
Fotograma de "Una vida mejor" (2011)

La actualidad económica sirve en los últimos años como sustrato creativo para la industria del cine, donde el fraude fiscal, la bolsa, la corrupción y las altas finanzas pasean como estrellas de actualidad, al menos una parte de ella.  En Una vida mejor el parecido con la realidad puede que sea pura coincidencia, pero vaya si coinciden. Desde la ironía del título, Cédric Kahn retrata el deseo de cualquier anónimo de aspirar al algo mejor, un drama social que no hace falta construir sobre premisas inimaginables y que habla de la situación de ahogo económico ante la falta de recursos y posibilidades. Crítica al sistema —sin panfletos— que habla sobre la fortaleza del ser humano y sobrecoge por la realidad de lo que cuenta.

Yann (Guillaume Canet) y Nadia (Leïla Bekhti) quieren una vida mejor, quieren ser sus propios jefes y se lo juegan todo a una carta abriendo un restaurante. Pero el esfuerzo y la voluntad no son suficientes sin medios económicos para sacar su sueño adelante. Los riesgos que toman y la difícil situación en la que se ven envueltos se transforman en un golpe de realidad. El empeño de los protagonistas por construir algo prevé sobre la caída, el camino de obstáculos hacia la ansiada felicidad y una futura recompensa, lo que recuerda a producciones como En busca de la felicidad de Gabriele Muccino  (2006), donde al perro flaco todo se le vuelven pulgas. Las puertas que se cierran, los préstamos imposibles, las deudas y la subsistencia se convierten en un continuo y desesperanzador vapuleo que elimina cualquier certeza sobre la llegada de una solución, lo que en ocasiones puede hacernos pensar que los golpes de suerte son más habituales en la vida real que en la película. Pero lo que busca tanta hostilidad es el contraste con la otra cara de la situación, la relación que se forja entre un padre y un hijo que en realidad no lo son. Guillaume Canet y Slimane Khettabi, que interpreta al hijo de Nadia, llevan sobre sus hombros el peso del guión durante casi todo el metraje demostrando un gran talento. A través de los claroscuros de sus personajes, junto a una acertada elección de escenas, se construye paso a paso con interesante realismo el reencuentro entre Yann y Slimane. Los lazos familiares, la paternidad responsable y la esperanza puesta en el mañana se convierten en el bálsamo para reconciliarse con la humanidad que deja entrever esa visión sobre la importancia y belleza de lo pequeño y lo cotidiano, un enfoque que florece frente a la lucha agónica contra el gigante financiero.

Una vida mejor se distancia del tópico motivador por la dura actualidad de su planteamiento. Todo lo que tiene que decirse, lo que de verdad importa, se cuenta durante y no como una moraleja previa a los créditos finales. El hecho de que no haya un final cerrado al uso, pero si un respiro de esperanza, tiene mucho que ver con la necesidad de mantener el contacto con la denuncia social, cuya intención es clara, convirtiendo la película en un fruto de su tiempo por su intención y  capacidad para reflejarlo.