"Bel Ami", un deslucido donjuán

Robert Pattinson da vida en "Bel Ami, historia de un seductor" a un joven ambicioso y sin escrúpulos que busca sitio dentro de la alta sociedad parisina de finales del siglo XIX. Producción inglesa dirigida por Declan Donnellan y Nick Ormerod de resultado irregular a pesar de contar con el peso de actrices como Christina Ricci, Uma Thurman y Kristin Scott Thomas.

"Bel Ami", un deslucido donjuán
"Bel Ami, historia de un seductor" (2012)

Superficialidad, indiferencia y apariencia. Estos podrían ser algunos de los rasgos de los personajes de la novela del escritor francés Guy de Maupassant, pero más de un siglo después —fue publicada en 1885—, se han convertido también en los de su última adaptación cinematográfica. "Bel Ami" habla de la sociedad francesa del siglo XIX, de su trastienda vestida con ropa de cama, de poder, codicia, hipocresía y prejuicios, material más que interesante que nada tiene que envidiar a otras adaptaciones cinematográficas similares como "La edad de la inocencia" (Martin Scorsese, 1993) o "Las amistades peligrosas" (Stephen Frears, 1988), pero en contra de lo esperado, el resultado final se torna insípido y trivial por la falta de equilibrio entre interpretaciones y puesta en escena.

Georges Duroy (Robert Pattinson), joven apuesto de origen humilde y ex-combatiente en Argelia, llega a Paris con la intención de llenar sus bolsillos vacíos y acomodarse dentro del círculo de la alta sociedad. La casualidad le brinda la oportunidad de codearse con miembros de la esfera social más importante, donde no tardará en darse cuenta de cómo utilizar su encanto personal y sus pocos escrúpulos para obtener beneficios: "el fin justifica los medios y el mejor medio es el sexo", esa es la consigna del atormentado Duroy. "Bel Ami" fisgonea en las alcobas, muestra las contradicciones de una sociedad donde se condena lo que se hace en rincones secretos y muestra como los encuentros a puerta cerrada son la clave de la posición, la política y la deriva social. En consecuencia, se convierte en un filme de interiores donde el peso de la interpretación se multiplica, sin desfile interminable de escenas de acción y efectos especiales.

La magnífica puesta en escena pasea al espectador entre lujos y penurias, entre burdeles y redacciones de periódico, entre ostentosas casas que contrastan con los orígenes de Duroy. Lo mejor y peor de los interiores parisinos del siglo XIX. Sin embargo, todos esos lugares se convierten en una cárcel para la interpretación de Robert Pattinson que, a pesar de llevar sobre sus hombros el peso del guión, hace del descenso a los infiernos morales de Georges Duroy algo desequilibrado y poco creíble. Pattinson no parece encontrarse a gusto en el papel, convirtiéndose en un actor de «momentos» que no deja apreciar la degradación paulatina de Duroy. El esfuerzo sobreactuado, en multitud de ocasiones, imprime una sensación de histrionismo que poco tiene que ver con los impulsos reprimidos del personaje, cierto problema con los tonos medios que desluce el realismo que sí consigue en los picos de furia desatada. El increíble reparto de secundarios formado por Christina Ricci, Uma Thurman, Kristin Scott Thomas, Colm Meaney y Philip Glenister, no consiguen arropar las deficiencias de Pattinson, logrando que sus singulares —pero escasas— intervenciones dejen en evidencia el irregular trabajo del protagonista.

"Bel Ami, historia de un seductor" —título con acostumbrada coletilla añadida en español— no seduce, como mucho lo intenta a través de un excelente trabajo artístico y de puesta en escena, aliñado con el reparto de estrellas hollywoodienses. El trabajo de dirección de Declan Donnellan y Nick Ormerod dista mucho de profundizar en los aspectos interesantes del drama, pasando superficialmente por el trasfondo social que se plantea a través de los secundarios. Machismo, corrupción política, abandono conyugal, la infidelidad consabida o la atadura de las apariencias aparecen en pantalla como anécdotas circunstanciales totalmente desaprovechadas, dando como resultado un guión insustacial, sin más relevancia que la que le den sus quince minutos de fama. Quizás sea la maldición del «12+1», ya que es la decimotercera vez que la historia de Georges Duroy se lleva al cine, aunque esto lleva más a preguntarse sobre dónde quedó lo de aprender de errores pasados que sobre números malditos.