Clásicos VAVEL: 'La ley del silencio' (1954)
Foto (sin efecto): ubermusings

Cuando Elia Kazan dirige La ley del silencio (On the Waterfront, 1954) su carrera está más que consolidada. Sin embargo su estilo se debatía entre la teatralidad y el melodrama, siendo el máximo exponente otra de sus tres colaboraciones con Marlon Brando: Un tranvía llamado deseo (A Streetcar Named Desire, 1951), bajo un texto teatral del gran Tenessee Williams. Es por eso que esta película tiene mucho de rareza a pesar de ser reconocida como una de las más grandes de la entera historia del Séptimo Arte.

Es una rareza porque no había desarrollado Kazan una vertiente tan comprometida a nivel social hasta ese momento. Y lo es también porque utiliza códigos visuales inéditos en su filmografía lanzándose casi de forma definitiva. Ya había abrazado el género con su humilde y generalmente poco recordada Pánico en las calles (Panic in the streets, 1950), pero en esta cinta sobre sindicatos e injusticias laborales lo hace de una forma mucho más honda, dolorosa y justificada. No es cine negro per se, pero contiene todos y cada uno de los elementos que lo forman con el fin de lo más importante: contar una historia. Muy personal, cabe añadir.

Analogía entre la ficción y la vida de Elia Kazan

Es personal esta cinta a pesar de que Kazan no firma el guion (sí contribuyó a su escritura junto a Budd Schulberg) porque el cineasta de origen otomano nos habla de él mismo. Las grandes obras del cine suelen necesitar de un contexto para ser comprendidas del todo. Es el caso. De sobra es conocida la implicación del realizador en la temida ‘Caza de Brujas’ del senador McCarthy. A principios de los cincuenta fue interrogado por el temido Comité de Actividades Antinorteamericanas llegando a delatar a muchos viejos compañeros del Partido Comunista. Esto provocó una reacción en cadena que dejaría bastante tocado a Kazan: por un lado pudo mantener su status de director prestigioso ante el gobierno estadounidense, pero por otro recibió el rechazo de numerosos colegas de profesión.

Y estas desventuras en su vida se hacen más que patentes en la historia protagonizada por Marlon Brando. Al fin y al cabo es La ley del silencio una disculpa. Una catarsis, un exorcismo de la culpa. Y es también una defensa del derecho a la delación. Por eso resulta sincera en todo momento. Podría uno estar más o menos de acuerdo con lo que Kazan hizo y con su forma de plasmarlo en la ficción (es algo que le perseguiría también en otras obras suyas como América, América de 1963), pero la visceralidad y el dolor que desprenden las secuencias, imprescindibles todas ellas, de esta película está fuera de toda duda.

Respecto a la carrera de su responsable, relanzamiento. El incidente político-social le había hecho mucho daño a Kazan y sus películas pasaron de ser habituales en los Oscar a ser olvidadas e incluso repudiadas. La ley del silencio supuso su vuelta al ruedo por la puerta grande: doce nominaciones a los premios de la academia y ocho laureles incluyendo mejor película, director, actor protagonista y actriz secundaria. Un éxito inolvidable y el recuerdo imborrable como uno de los clásicos más grandes de los años cincuenta y de la entera historia del cine.

Los chicos de Elia

Karl Malden y Marlon Brando ya habían elevado Un tranvía llamado deseo a los altares. Y en esta ocasión hicieron lo propio repitiendo como pareja inolvidable en la interpretación. Los dos eran buenos amigos del director y esa química se nota en cada secuencia. Da la impresión de ser una película en la que todo funciona y todo salió a pedir de boca. El propio Kazan reconoció en numerosas entrevistas que fue ésta su película más redonda y placentera a la hora de rodar, la que mejor y más a pedir de boca salió en su dilatada filmografía.

      

Es algo que se nota: desde la fotografía de Boris Kaufman en exquisito (y granuladísimo) blanco y negro hasta la insistente partitura de Leonard Bernstein. Todo avanza hacia una sola dirección, aquella que se dirime entre la delgada línea que separa una buena película de otra que deja huella. Del resto se encargó un realizador adelantado a su tiempo: un brillante uso de la panorámica, su habitual pericia en la angulación de los encuadres y una abundancia de primeros planos que dotaron de verdad a todas las secuencias. No era nada habitual esa proliferación de rostros en el cine de la época, más acostumbrado al Scope y a los grandes parajes; pero Kazan supo ver a través del dolor de esos rostros, la mayoría de ellos anónimos y todos al servicio de una idea.

La violencia de un clásico eterno

Si acaso sobra melodramatismo en el juicio previo al último acto, demasiado referencial respecto a la Caza de Brujas. Es la única pega que se me ocurre ponerle a un clásico inmortal, obligatorio, eterno. Son muchas las secuencias que se quedan grabadas en la memoria: desde la conversación fraternal en el coche (rodada en plató de forma casi improvisada por falta de presupuesto) hasta su agónico y esperanzador final. Pero lo que prevalece por encima de todo es la violencia. No en su vertiente más explícita, que también. Me refiero a la violenta situación que viven sus desesperados personajes.

El chico protagonista, maltratado por la vida y sin ninguna oportunidad a la que aferrarse, decide confesar. Y de esa confesión deriva una espiral de violencia. Expresada en las miradas, en los gestos, en lo que no se dice. Es muy importante el fuera de campo en La ley del silencio. Tanto o más que sus palabras y sus acciones, genialmente puestas en escena por Elia Kazan. Y en esos silencios Marlon Brando era el rey. En ese dolor contenido, en ese compungimiento, en esa explosión de emociones. Hasta dándole de comer a unas palomas desbordaba talento. Y Kazan, el viejo Kazan, supo captarlo para siempre.

Imagenes del cuerpo del artículo:  Imagesci y zedisred.blogspot

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