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Trote de caballos y fuegos de artificio

El cineasta americano Steven Spielberg estrena en España "War Horse (Caballo de batalla)", adaptación en pantalla grande de la novela inglesa para niños de Michael Morpurgo

Trote de caballos y fuegos de artificio
Trote de caballos y fuegos de artificio

Steven Spielberg llega de nuevo y esta vez subido en su brioso corcel, porque parece haber decidido no dejar un flanco si atacar. Así es que ya más que estrenada Las aventuras de Tintín: El secreto del unicornio y con sus proyectos televisivos Falling Skies y Terra Nova haciendo furor, presenta esta adaptación de la novela de Michael Morpurgo con el impresionante —y esperado— despliegue de medios que le caracteriza. War Horse (Caballo de batalla) es una de las lecturas imprescindibles en las escuelas británicas. Tanto calado tiene la novela del escritor británico que antes de ser cine ha sido teatro. Una adaptación para las tablas creada por Nick Stafford y producida para el National Theatre of Great Britain. Según cuenta la leyenda a la productora Kathleen Kennedy le conmovió tanto la representación teatral que se lo propuso de inmediato a Spielberg y… Voilà! Claro que esto parecía romper aquello de no hacer películas sobre animales ¿o quizás no?

Decir que esta adaptación literaria va sobre un caballo no es del todo cierto, de hecho es como no decir nada. Más bien el trotón incansable es un medio para el fin, porque el famoso caballo inglés de los épicos carteles que promocionan la película —Joey— funciona como hilo conductor entre un conjunto de historias que transcurren dentro de una más grande, la Primera Guerra Mundial. Joey pasa de dueño en dueño convirtiendo los diferentes relatos en una versión para todos los públicos de los horrores de la guerra, más que suficientes para que la lucha de los protagonistas emocione al público con el clásico «buenos y malos» sin claros oscuros: el bueno es bueno, el malo es malo, y punto.

Sin embargo hay cierto desequilibrio en el conjunto de esta cinta elaborada casi como un homenaje al género bélico de los clásicos. O bien Spielberg ha delegado algunas secuencias al meritorio de la producción y le dejó sin medios, o no ha medido su enamoramiento por varios fragmentos muy concretos, sin duda sobrecogedores, trepidantes y humanos, pero que dejan al descubierto el acartonamiento y menor dedicación en otros, que además suelen pecar de excesivamente edulcorados. War Horse habla de lealtad, esperanza, valor y perseverancia, pero pierde fuerza cuando la sensiblera y la previsibilidad aparecen sin motivo y hacen aguas el esperadísimo reencuentro y un final que acaba emocionando únicamente por la batuta de John Williams.

Lo que es innegable es el maravilloso tributo al equino que muestra la cinta. Spielberg sabe ponerse en situación e impregnar sus creaciones bélicas de imágenes tan bellas como terribles. Es imposible no sentirse abrumado ante la caballería enfrentándose al armamento alemán, sobrecogerse ante campos enteros de sacrificio animal o admirar como se convierte a dos enemigos en compañeros a pesar de que hace tiempo delimitaron una peligrosa línea entre bandos. Pero aunque el elogio merezca todo nuestro reconocimiento —chapeau por el director de fotografía Janusz Kaminski— no deja de ser solo una parte del conjunto. El trabajo actoral funciona y el casting no podría estar mejor hecho con nombres de la talla de Emily Watson ("Rompiendo las olas", "Gosford Park", "Miss Potter"), Peter Mullan ("Trainspotting", "El perdón", "Hijos de los hombres"), David Thewlis ("El gran Lebowski", "Anonymous"), Niels Arestrup ("Un profeta", "La escafandra y la mariposa") o la nueva incorporación al mundo del cine Jeremy Irvine, que sin ser una actuación excepcional parece prometer en el futuro.

Todos estos últimos elementos unidos al nombre de Spielberg parecen significar al menos algo para recordar, pero lo que realmente hace que no quede en el olvido —de momento— es la excepcional puesta en escena, lo atronador, los fuegos artificiales. No es ni mucho menos una nueva obra maestra que se esperaba por su aire épico y clásico, casi un «Salvar al soldado Joey», pero aun así el genio es innegable. Si bien la historia peca de excesivamente emotiva en muchos momentos y se acabe recordando más por lo que se esperaba de ella que por lo que fue, no se puede negar que nos engatusa por el lado visual  tirando la casa por la ventana, que siempre ayuda a salir de la sala seducidos y sin remordimientos después de dos horas y media de metraje.

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