Ghiggia: el Garibaldi que silenció Maracaná

Ghiggia: el Garibaldi que silenció Maracaná
Ghiggia: el Garibaldi que silenció Maracaná

Giuseppe Garibaldi cruzó mares, desiertos y selvas para llegar a lugares nunca imaginados ni conocidos, en busca de un sueño… pero no fue un aventurero más. A diferencia de estos, en su figura encontramos al paladín decimonónico por excelencia. Al héroe de cuatro guerras que obtuvo el respeto de dos continentes luchando por el anhelo de libertad. Garibaldi paseó su ideal de libertad en la empuñadura de su espada, fue el guerrero sin fronteras de la independencia, siempre al servicio de cualquier pueblo oprimido que se la solicitara.

Sus tropas compuestas, esencialmente por aventureros, proscritos, jóvenes idealistas y amantes de la libertad llevaron el ideal de las camisas rojas por el siglo XIX. Y entre ellas bien podría haber luchado un joven nacido un 22 de diciembre de 1926 en Montevideo (Uruguay).

Un joven llamado Alcides Edgardo Ghiggia, paladín del fútbol uruguayo y héroe de una generación que encontró en el excepcional extremo derecho, al guerrero icónico capaz de hacer silenciar Maracaná y sellar la gesta más destacada de la historia de los mundiales en el año 1950. Aquel que desempeñando su carrera profesional en Italia dejó tal huella, que un periodista deportivo italiano llegó a escribir lo siguiente sobre él: “Uruguay ha devuelto un nuevo Garibaldi, para deleite del público italiano”.

Antes en el repaso cronológico de su vida nos topamos con las correrías de un joven que vivía en el barrio de la Blanqueada, a una cuadra y media del Parque Central, pero al que no le tiraba demasiado Nacional. Había crecido al cobijo de los colores aurinegros y su familia no le quería ver de bolso. Es más cuando una tarde llegó a casa y comentó que le había llamado Nacional, su madre le dijo:  -”si vos vas a Nacional no pisás más adentro de casa”-

Su gran valor residía en su rapidez

Aquellos años los pasó jugando en ligas de barrios, en la del barrio Palermo, en la liga Montevideo. Vistió los colores de Potosí Carrasco, luego se marchó al Sud América de Uruguay, club en el que jugó en la cuarta división, después tercera y finalmente en primera. En sus inicios se desempeñaba en la posición de marcador de punta, luego como volante, también como medio centro, hasta que un dirigente percibió que su gran valor residía en su rapidez y le colocó como puntero derecho ante Defensor. Alcides se salió, firmó tres goles y sin ser consciente de ello comenzó la cuenta atrás hasta aquel histórico 16 de junio de 1950 en el que un zapatazo suyo desde la punta derecha cambió para siempre la historia del fútbol.

Jugó en Club Sudamérica hasta el 47, después en el 48 Peñarol se hizo con sus servicios. Con la camiseta aurinegra jugó hasta el año 1952.  Con Peñarol tardó sólo un año en demostrar sus cualidades y alcanzar la titularidad. Peñarol conformó un conjunto histórico que pasó a la historia del club con el sobrenombre de “La escuadrilla de la muerte”, compuesta por jugadores como Ghiggia, Schiaffino, Hohberg, Mazurkiewicz, Varela, Spencer…

Seis poemas para la retina de los aficionados fueron aquellos hombres, la “Máquina del 49″ de Peñarol quedó grabada a fuego en la memoria hablada, en los párpados de aficionados que se resistían a bajar ante tal avalancha de fútbol y goles. Fueron campeones invictos, ganaron todos los partidos, y cuentan que incluso tres equipos se retiraron, por miedo a ser goleados.

Ese fue el trampolín que relanzó su carrera, el técnico era el húngaro Américo Hirschl y aunque en ese momento dos punteros derechos como Ortiz y Britos se disputaban el puesto en la selección, la confianza de Don Hirschl le permitió jugar en ese equipo que arrasó con todos los títulos.

Un conjunto que conformó la base de la selección en el Mundial de Brasil. Ghiggia, Hohberg, Míguez, Schiaffino y Vidal, conformaron sin duda una de las mejores delanteras de la historia del fútbol uruguayo. Para Ghiggia fue como tocar el cielo con las manos, en aquella inolvidable selección no había distinción de camisetas, todos eran uruguayos, eran como una familia que con los pies en la tierra se reunió para dar un vuelco a la historia del fútbol. Ghiggia solo llevaba un año en Peñarol pero encajó como un guante en la selección de Juancito López.

Obdulio Varela era el eterno capitán y, en derredor suyo, once combatientes encontraron en Ghiggia a su nuevo Garibaldi. Alcides firmó un partidazo en la final ante 200.000 personas, que estallaron en un trueno de doscientos mil gritos y cohetes que sacudieron al monumental estadio cuando el brasileño Friaça anotó el primer gol. Doscientas mil gargantas que sintieron el gélido filo de la espada de Ghiggia, aquella afilada hoja que atravesó el más profundo de sus sentimientos. En el gol del empate, Alcides se infiltró como un cuchillo e hizo el pase hacia atrás, para que Schiaffino perforara la meta brasileña. Maracaná lo acusó pero jamás imaginó que solo quedaban 13 minutos para consumarse la desgracia. En el fatídico minuto 69, Ghiggia se encaminó en diagonal, y Barboza pensó que iba hacer la misma jugada. Se abrió un poco y en una micra de segundo, por la cabeza de Ghiggia pasó la jugada que le abriría las puertas de la inmortalidad.

Alcides vio el espacio y lanzó un zapatazo, que entró por el palo que cubría Barboza consumando gloria y debacle. Ary Barroso autor de algunas de las sambas más populares de Brasil, que alternaba su actividad musical con la de comentarista, transmitió la final en una de las emisoras más escuchadas de su país. Cuando aquella pelota de Ghiggia besó la red maldita de Moacyr, su voz se quebró para sólo decir: ¡Yo ya sabía…! ¡Yo ya sabía…! Después del partido el conocido artista declaró: Ya no vuelvo a comentar un partido. Algo que cumplió tajantemente.

Al final del encuentro Ghiggia pronunció una de las frases más celebres de la historia del fútbol: - Sólo tres personas en la historia han conseguido hacer callar Maracaná con 200.000 personas con un sólo gesto, el Papa, Frank Sinatra y yo.

Urugay encontró en Ghiggia a un nuevo libertador, Brasil a su más conocido villano

Urugay encontró en Ghiggia a un nuevo libertador, Brasil a su más conocido villano, aquel que encarnó un dolor transmitido de generación en generación, que aún recuerda el Carnaval de lágrimas del 50. Más de cinco décadas después, en uno de sus viajes a Brasil, al presentar su carta de desembarco una muchacha de unos 25 años se le quedó mirando. Ghiggia le dijo:  - ¿pasa algo señorita?-, -”Usted es Ghiggia, el del 50?”-, -”sí pero hace años que pasó”-, -”no a nosotros todavía nos duele”-.

En 1952 en su último año como aurinegro su temperamento le jugó una mala pasada y fue suspendido por un año y tres partidos por agredir a un colegiado. Resignado se marchó a Europa, firmó por el Roma, y jugó en la escuadra romana por espacio de ocho años, dejando su huella de libertador, de héroe y villano.

Haciéndose acreedor al apelativo de nuevo Garibaldi, en un principio tuvo que adaptarse al fútbol italiano, en el que se aplicaba el ‘catenaccio’. Acostumbrado a jugar más abierto, tuvo que modificar su juego, tirarse atrás a buscar la pelota, aunque con su velocidad superó cualquier tipo de obstáculo. Durante su estancia en el conjunto romano llegó a compartir equipo con el también legendario futbolista uruguayo Juan A. Schiaffino, con el que llegó a conquistar la Copa de Ferias en la temporada 1960/61, un título al que aportó su granito de arena jugando las primeras eliminatorias ante el ST.Galloise y el Colonia.

Luego jugó un año en el Milán, y a los 37 años regresó a casa con la intención de colgar la espada libertadora de su bota derecha. Esa era su intención, poner fin a su leyenda, pero Danubio fue a buscarle y siguió infiltrándose entre defensas hasta la edad de 42 años, cuando el Garibaldi del 50 colgó su inmortal camino frente al sol. Lo hizo en la ventana del recuerdo, con un poema en la retina escrito sobre la hierba verde de Maracaná, al amparo de la aurora del dolor y el olvido.

El dolor y la alegría de un gol, que hoy como nunca, se recuerda y debate entre sensaciones, pues Alcides consume la vela de su vida, callada, tibia y deslumbrante. El brillo de un extremo derecho imparable dotado de un lanzamiento con efecto y envenenado, se apaga en la unidad de tratamiento intensivo de la mutualista Médica Uruguaya, de Montevideo. El Garibaldi uruguayo emprende la que puede ser su última aventura, su última batalla por la libertad. Por el filo de su espada aún se derraman las lágrimas de Río y en ella aún se refleja aquel zapatazo que le convirtió en inmortal. En la ciudad de Las Piedras, en el departamento de Canelones, se extingue su recuerdo, pero en los libros de historia siempre perdurará la camisa celeste de un puntero derecho indisolublemente unido al Maracanazo.