"El liquidador de recuerdos"
Este viaje de ficción es tan solo una atrevida e hipotética incursión literaria hacia adelante, además de un mensaje para nuestra sociedad y su visión futurista: Jamás sabremos qué nos deparará el futuro, pero os habéis imaginado en alguna ocasión qué habrá sido del deporte y el fútbol dentro de tres siglos. Puede que entonces pertenezca tan solo a un efímero recuerdo para la era nanotecnológica, para la inteligencia artificial, es más, puede que sea considerado como el deporte de los hombres de piedra.
Año 2300 de la era nanotecnológica, los robots han invadido hasta el último centímetro cúbico de nuestra sangre y el cambio climático ha hecho desaparecer la mitad de tierra de nuestro planeta. Aunque los humanos vivimos una media de 120 años gracias a la clonación de nuestros órganos, seguimos lastrando nuestra conciencia a causa de la desigualdad. En la que creemos es una sociedad perfecta aún existen guetos en los que grupos aislados y reducidos de humanos considerados despojos sociales se resisten a entregar su alma a los ciborg. Se aferran a la naturaleza y creen en un lánguido ser vivo al que llaman Madre Tierra. Viven en el pasado y se agarran a los tonos magenta de un amanecer que son los rayos de esperanza de estos hombres de piedra.
Mi trabajo de liquidador de recuerdos me ha permitido conocerlos y estudiarlos de cerca, pues cada día recorro con androides y vehículos barredores el perímetro de estos guetos con la intención de borrar sus recuerdos y eliminar los elementos subversivos que ponen en serio peligro la estabilidad tecnológica de una sociedad que vive hace décadas en una burbuja de inteligencia artificial. Una sociedad que crea un desequilibrio tecnológico enorme entre quienes poseen y no poseen estas herramientas.
Aquella que permanece ajena a las costumbres que aún se conservan en las calles de tierra de estos guetos de chabolas metálicas anguladas que profundizan en las entrañas de lo que ellos llaman la Madre Tierra. Y de allá me llegan historias que hablan de sabores y placeres que nuestra sociedad perfecta hace años dejó atrás. Los últimos recuerdos que tenemos sobre ello se reducen al color violáceo de un filete transgénico surgido de las entrañas de un robot, aquel que quedó hace décadas en desuso para dar paso las grageas sustitutivas de la comida. Historias de placeres que evocan a un deporte practicado por humanos en un templo, un estadio llamado Santiago Bernabéu del que cual coliseo romano quedan tan solo los vestigios de sus veneradas ruinas.
Hace tiempo que nuestra sociedad sustituyó a los deportistas por robots que ejecutan realidades virtuales de una serie de modalidades deportivas surgidas de un tronco ancestral común. Por ello queda tan lejano y ajeno a nuestros modificados recuerdos ese deporte llamado fútbol, del que los hombres de piedra cuentan que fue la historia de un sentimiento y una gran pasión. La más universal de las pasiones después del amor, siempre en constante debate entre el derecho de jugar y el deber de ganar. Entre el futbolista biónico tan pulcro que era incapaz de desobedecer y salirse del guion de su entrenador y entre el futbolista de barrio, que inmerso en la organización de su equipo encontraba resquicios geniales para retar al adversario con su talento e improvisación, demostrando que el fútbol era el placer de jugar. Por ello el fútbol, generador de pasiones, adhesiones y divisiones, representó la fiesta de aquellos que hicieron historia con sus acciones y de otros aquellos que con ojos niños lo vieron enfundados en unos colores y al borde de sus emociones.
Aquella fiesta, aquel juego de cuya historia aún sobreviven pruebas gráficas y archivos de video que como liquidador de recuerdos tengo la obligación de eliminar. Pruebas y archivos que documentan un 6 de junio de 2009, la llegada en loor de multitudes de un icono de carne y hueso llamado Cristiano Ronaldo a un estadio madridista ávido por contemplar sus goles y su excelsa carrera.
Aquello que hoy nuestra sociedad artificial contempla como ídolo de barro, como uno de aquellos gladiadores romanos que tuvieron hipnotizada y entretenida a la masa en la Roma clásica. Una figura arquetípica de otro tiempo, de un deporte aun sujeto al libre albedrío del genio humano, de su talento e improvisación. Conceptos a los que he llegado gracias a la visión de los archivos documentales previa a su liquidación, y a través de los cuales he logrado enfundarme en la piel del aficionado al deporte, al fútbol, a su extremada pasión. Una pasión hoy incomprendida, que fue capaz de movilizar sentimientos de barrios, pueblos y naciones, razón por la cual creo comienzo a sentirme atrapado. Cada vez más cercano a la rudeza tecnológica que impregnan de recuerdos guetos de hombres de piedra que debo liquidar.
Por ello en mi profesión de liquidador de recuerdos el concepto de una sociedad artificial perfecta comienza a resquebrajarse ante las costumbres de un viejo mundo masivamente repleto de defectos y desigualdades pero mucho más real. Y es que tras contemplar la pasión que generaba entre aficiones las acciones de sus ídolos, comienzo a intuir que el deporte y el fútbol, además de ser el negocio de unos pocos, de poseer la capacidad de unir y dividir, albergaba en su esencia una serie de pruebas de superación y valores de enorme nobleza y calado para aquellos seres humanos que gozaron la oportunidad de disfrutarlo e interpretarlo.
Gracias a esa pasión que brota de las profundidades del olvido, del recuerdo entrañable que surge de los últimos sueños de los hombres de piedra, en mi cabeza y corazón de tifoso, de torcedor de nuevo cuño del año 2300, comienza a germinar la posibilidad de que un implacable liquidador de recuerdos se transforme en el primer agente doble de la citada profesión.
Y quizás por esa razón, hoy tras enfundarme el uniforme de liquidador, que se ajusta a mi cuerpo como una segunda piel, en la ventana holográfica de mi cubículo hibernal, mi estado de ánimo eligió un amanecer artificial de tonos grises para contemplar. Aquel que me ha llevado a la firme certeza de tomar una decisión que cambiará para siempre el curso de una sociedad artificial que olvidó su condición humana y su conexión con la naturaleza. Y es que tras décadas liquidando y borrando recuerdos de otro tiempo, legaré mi memoria y su archivo documental a aquellos grupos de marginalidad social que desde sus guetos pretenden hacer perdurar sus recuerdos con la intención de recuperar sensaciones, desterrar sus errores y restaurar sus aciertos.
Sobre todo valorar en su justa medida los ecos del recuerdo, mansiones del pasado con repletos tesoros guardados. Contar la historia de nuestra sociedad y de los héroes del deporte con palabras rescatadas de la memoria, del poemario de la calle que fue su testigo. Convertir en algo puro el mensaje noble y estético del deporte, no matar al mensajero y dar voz a los trovadores de la esencia desterrando para siempre los ecos del olvido y la liquidación de sus recuerdos. Volver a disfrutar siendo aquellos seres imperfectos que se emocionaban con el salto de un atleta, el rodar de un balón y sus amaneceres de tonos magenta.




