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Santiago Solari, la elegancia contrastada

Un futbolista distinto, especial y dotado de algo mágico. Elegante y único evitando comparaciones consigo mismo, marcando el fútbol siempre como propio y lleno de algo puro y significante. Enzo Francescoli, en River y Fernando Redondo, desde siempre, le habrían influido como grandes sensaciones de aquel fútbol recto y rígido que caía sobre su pierna izquierda. Acompañando a su clase con el escudo de un Real Madrid que le marcaría para siempre. Solari consiguió agrandar su seña de identidad con trabajo y respaldado por ese talento que comprimía y ralentizaba algunos momentos claves, por y para su historia. Apodado como 'El Indiecito', pero recordado por todos como Santiago Hernán Solari.

Santiago Solari, la elegancia contrastada
Santiago Solari en su etapa con el Real Madrid.

La elegancia contrastada, polivalencia y presencia, siempre. Santiago Hernán Solari Poggio, o sencillamente “Solari” como le conocía la amplia mayoría y con la que deslumbró allá por donde el destino se lo permitió. Un jugador tapado, intuitivo y solidario con cada compañero que ha compartido vestuario con ‘El Indiecito’. Así le habría apodado su tío, Jorge Solari ‘El Indio’, quien supo de Santiago que sería un jugador distinto y marcado, sobre todo por una zurda que pocos han equiparado en la Selección Argentina. Dotado de algo mágico, un plus en la conducción donde el ritmo y la síntesis del juego brillaban siempre a su paso.

Una zancada precisa y directa, nada de desperdicio a lo largo de los partidos sino frente a la continuidad de un juego abierto y claro, así lo hacía ver. Capacidad de maniobrar siempre a su antojo y en respaldo a su carácter, aquel por el que cada compañero se dejaba contagiar y pulir para el ritmo indiscreto de cada encuentro, donde el argentino llevaba el peso de su equipo en más de una ocasión. La banda izquierda sellaba su trayecto y también su franqueo de cara al rival, creando estilo y un plus de concordancia a la par de sus compañeros del centro del campo, uno que también servía de propio como homología clara de lo que había significado Fernando Redondo a lo largo de su vida.

“Parecidos pero distintos” – así lo calcaban algunos analistas argentinos que verían en los dos jugadores algo mágico y perpetuo, finalmente el fútbol lo prohibió pero en raras ocasiones brilló aquella sintonía tan pura de lo que un trato educado y ferviente debía de pulir a los entresijos de la pelota. Sus habilidades con una pierna izquierda deseosa por seguir exprimiendo fútbol, alternando la capacidad nata de un extremo con la elegancia inmediata de un creativo más lento pero siempre por delante del resto. Así era el argentino que pronto enamoraría a la hinchada de River, a la que llegó desde bien temprano, debutando ante todos un 12 de mayo de 1996.

Respaldado en la figura de Enzo Francescoli, a quien dirigía toda su atención y capacidad clara de cómo debía ser el futbolista elocuente y educado con un balón fiel y amigo, ese era su secreto. Siempre por delante e insistente de que debía comprometer su hazaña dentro del terreno de juego, donde era uno más pero deseoso por ser único. 100 partidos y 17 goles con una camiseta fuerte y exigente que le había marcado por siempre, así lo demostró Solari tras retirarse del ‘Monumental’ Antonio Vespucio Liberti. Un primer reto en el que sus temores acabaron sentenciando en más de una ocasión al talento emergente de un jugador llamado a grandes cosas.

Su magia al son del balón acabó llamando la atención de algunos grandes de Europa que sabían del ‘Indiecito’ poco más que lo que había demostrado en sus dos temporadas con la camiseta de River, más hábil que muchos pero patente de seguir demostrando todo aquello que sentía y que podía para gratitud del fútbol. El Club Atlético de Madrid le abriría las puertas en un compromiso que perduraría bien poco, apenas una temporada en la que su capacidad para llegar y delatar al peso del defensa contrario le habrían bastado para seguir llamando la atención de más equipos con fuerza. 53 partidos con la rojiblanca y 7 goles que terminaron con el descenso de un grande de España a la Segunda División.

Apenas  bastaron unas semanas para que el Real Madrid se hiciese con un jugador que habría enamorado a los dirigentes blancos hasta la más señalada de las secuencias. Un jugador dotado de algo mágico, elocuente y conciso con el balón y perseverante hasta la más importante de las citas. Retomado de algo mágico, unido a Fernando Redondo – icono madridista - y despierto siempre desde el primer minuto donde el equipo acababa jugando a su tutela, una que le habría costado pero que comenzaría a redimir y forjar desde bien pronto. Una zurda brillante, ligada de un plus de creatividad que también suplía con la derecha.

                                                         

Polivalente y versátil, siempre al mando de su entrenador. Obediente y disciplinado para rendir donde se lo marcasen, ignorante de una magia cándida que diluía cuando no se encontraba en su puesto. A veces pocos creían en lo que un jugador de esa estrella acarreaba y manifestaba por y para el fútbol. Rápido pero pausado, insistente y atento a cada movimiento importante del balón. Uno férreo a lo que el argentino debía y no quería hacer en ciertos tramos del encuentro. Obsoleto de trabajo y lleno de talento, capaz de señalar un momento clave del partido donde la luz del ‘Indiecito’ se alzaba con más fuerza que nunca.

Síntesis de un jugón dotado de algo esencial y claro, distinto pero siempre compuesto con un colectivo que le superaba y le bastaba también. Individual pero tolerante con el juego de cada uno de sus compañeros, atesorando constancia y clase típicas de lo que debía de suponer un genio caído en la línea más modesta del juego. Santi Solari creía en sí mismo y eso le bastaba, le era suficiente para saber que su momento junto a la camiseta más importante del fútbol llegaría. Caído en la sombra de un endiosado Zidane que le habría dejado en el banquillo, suplente de garantías pero al fin y al cabo suplente.

Esa era su carga y también su fuerza por superar, sapiente de que no hay nada imposible y que su fútbol debería seguir por respetarle. Querido por todos pero inquieto con una oportunidad muy escasa que le devoraba por dentro, así lo reseñaba y también lo suponía. Quería ser importante del mismo modo que lo hubiera sido su gran homólogo y persona más influenciable en esto del fútbol, Redondo. Firme y rígido, dejando todo el peso del fútbol en su zurda, una válida y especial que le había llevado a vestir la elástica de todo un Real Madrid. Finalmente logró su premio en forma de titularidad, resonante en un puesto que no era el suyo, tal cual pero sapiente de que en el fútbol cualquier sitio le sería válido.

Polivalente, sí. Claro ejemplo de lo que un jugador actual debe ser en consonancia a las exigencias de cualquier técnico, cualquier puesto le vale. Voluble por dentro y destacado por fuerza, estilo en la banda derecha y rápido para brillar con una acción puntual llena de grandeza y destreza, siempre con permiso de un balón marcado por sí mismo. Deseoso y feliz, así se mostraba el argentino en la mayor parte del tiempo, tanto dentro del campo como fuera, donde exprimía todo aquello por lo que jugaba al fútbol. Su unidad siempre desde la sombra con más ímpetu que nadie por seguir dando apogeo claro de lo que este deporte significa para él.

                                                     

“Suplente de oro”, así llegó a ser considerado uno de los jugadores más ambiciosos por superar metas y marcar una leyenda que quedó más reducida de lo que en un principio se presuponía, también para él. Su premio llegaría, posiblemente el más importante de su carrera deportiva donde su sueño cobraba vida, una en forma de copa, la más importante del Continente Europeo. La final de la UEFA Champions League de 2002, en Hampden Park (Glasgow), aquel era su regalo y su momento para demostrar todo lo que sentía y quería, haciendo gala de fundamentos para agrandar una leyenda que hasta el momento se había equiparado con algo más escaso de lo que pretendía.

Caído a la banda izquierda, donde terminaría participando en uno de los goles más importantes del fútbol y por tanto del Real Madrid, implicado junto a Roberto Carlos desde atrás y conectando finalmente con una volea única y testimonial de lo que el fútbol puede suceder consigo. Zidane culminó lo que Solari había comenzado para el Real Madrid, muestra de desparpajo y visión, únicas de lo que un mago elegante solo sabrían. Llegando el reconocimiento de un jugador que habría marcado algo especial con una afición que no olvida y que siempre le habría tenido presente.

Único en capacidad y también en estilos, opuestos entre sí pero masificados de arte y elegancia, siempre con velocidad y golpeo fuere cual fuera la posición en el campo o la pierna que mejor le acompañaba. Don natural de que la carencia no es apta para jugadores especiales y dotados de algo más grande de lo que nunca imaginasen. Sapientes de su clase pero ignorantes en cuanto a recursos y caracteres se refiriese. Santiago Solari cuajó cinco temporadas en el Real Madrid llenas de rigor y fundamento, clase y trabajo como condiciones significantes.

167 partidos y 16 goles que bastaron para cavar un pequeño hueco en la historia del equipo blanco junto a Santiago Hernán Solari. Siempre respetado y querido por todos aquellos que disfrutaron de lo que un futbolista debía superar y aparcar para no verse derogado ni caído, siempre ante las exigencias del club de fútbol más importante del mundo. Su momento y el de cada seguidor que le habría elevado a la cima de una profesión que respirase desde siempre. Su padre, Eduardo Solari, su tío Jorge ‘El Indio’ Solari, así como su hermano Esteban – jugador del APOEL de Nicosia -, habrían acompañado al talento visible y aún por exprimir que tenían ante sí.

Una vida llena de fútbol y obligada como tal, a ser parte importante de algo que se inventó en Inglaterra pero que tanto se vive en Argentina. Solari daría paso hacia su último gran compromiso en Europa con la elástica del Inter de Milán, con quien jugó pocos partidos, siempre partiendo desde el banquillo. Logrando goles importantes y también el Scudetto Italiano – en tres ocasiones -  así como la Copa de Italia y dos Supercopas, su mejor recuerdo en aquellas tres temporadas que terminarían ultimando su travesía en Europa.

                                                                  

En Argentina de nuevo, para vestir la camiseta de San Lorenzo de Almagro y en México con el CF Atlante. Terminó su carrera deportiva con el Club Atlético Peñarol de Montevideo (Uruguay), con quien disputó el Torneo Apertura de 2010. Un final convulso para un jugador que marcó la historia como un dotado del fútbol argentino. Menos valorado de lo debido pero lleno de magia y estilo carentes de lo que emula el fútbol sudamericano. Una zurda vibrante, polivalencia agradecida y elegancia contrastada, así era Santiago Hernán Solari ‘El Indiecito’.

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