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Un cerrojo llamado compromiso

El Atlético ha contratado a seis entrenadores en las últimas cinco temporadas, y sólo dos de ellos consiguieron cumplir una campaña completa. Los más recientes en aterrizar con el curso iniciado fueron Pepe Murcia, Abel Resino y Quique Flores. Ninguno firmó los números de Simeone después de un mes de trabajo. ‘El Cholo’ empuja.

Un cerrojo llamado compromiso
Getty Images

La dirección deportiva del Atlético de Madrid bien sabe lo que supone contratar, destituir, firmar y/o finiquitar a técnicos en los últimos años. Concretamente, hasta once pasaron por el banquillo desde la vuelta del club a la Liga BBVA hace diez temporadas. De ellos, seis entre 2008 y el día de hoy. Es curioso contemplar como, de la última media docena de técnicos, únicamente Javier Aguirre y Quique Flores fueron capaces de completar una temporada entera. Escasez de un bien preciado llamado paciencia, exceso de expectativas o pésima dirección técnico-directiva. Varios podrían ser los factores causantes de tanto trasiego, pero uno de ellos desmarca al último dueño del banco rojiblanco del resto: La creencia e inculcación una idea.

Diego Pablo Simeone ha conseguido entrar con fuerza, como un tornado, en lo más interno del vestuario. Llegó, con un rescoldo de impureza eterna ligada a su leyenda en el terreno de juego, y rápido ha impregnado a sus trabajadores de una consigna habitualmente percibida como tópico, el día a día. Apenas una semana de trabajo, bastó para concienciar a la plantilla y levantar una capacidad de esfuerzo sumida en el vagabundeo egoísta de unos jugadores que no creían pero sí podían. Y lo están demostrando. La consecución de once de los últimos quince puntos en juego y la estancia del equipo a las puertas de Europa esconden números hasta ahora inalcanzables para los técnicos que ocupaban el cargo con la temporada avanzada.

Los datos del éxito

El preparador argentino cogió al Atlético en la Jornada 18, décimo y muy alejado de posiciones europeas y, apenas cinco fechas más tarde, los madrileños rozan la Champions después de tres victorias y dos empates. Unos datos que van acompañados de un autolavado de campeonato.  Ocho goles a favor, ninguno en contra y conceptos como presión, intensidad o concentración ahora interiorizados por la primera plantilla de un equipo al que, además, casi no le inquietan en defensa. Los rojiblancos han sido capaces, también, de conseguir su primera y segunda victoria liguera lejos del Manzanares. Ninguno de los tres entrenadores anteriores que cogieron las riendas del club con la temporada en marcha fueron capaces de mantener la portería imbatida y no contabilizar derrota alguna tras cinco partidos.

En la 2005-2006, el ‘Proyecto Bianchi’ situaba al Atleti en la duodécima posición tras dieciocho jornadas de liga, y más pendiente del descenso que de las posiciones nobles. El virrey dejó su cargo a un joven y desconocido Pepe Murcia, procedente del ‘B’, y que saltó dos categorías de golpe para dirigir a los Torres, Agüero, Maxi, Petrov, Kezman y compañía. Es, por delante de Simeone, el que mejores resultados obtuvo el primer mes de trabajo si a puntaje nos referimos (doce de quince puntos posibles). Victorias como la del Camp Nou (1-3) a las tres semanas de coger el cargo, extendieron el crédito del técnico andaluz hasta final de año. A final de temporada, un décimo puesto colocaba al equipo colchonero en tierra de nadie .

Murcia marchó, y llegó Javier Aguirre, avalado por su buen hacer en Osasuna. Tres temporadas más tarde, el manito, técnico que más tiempo seguido ha estado en el banquillo atlético desde Radomir Antic, era destituido mediada la campaña 2008-2009. Abel Resino, mítico portero del equipo rojiblanco y actual técnico del Granada CF, se hacía cargo con la exigencia unánime de alcanzar posiciones champions en apenas cuatro meses, y partiendo desde la séptima plaza. Una contundente victoria frente al Almería (3-0) en la Jornada 38, clasificó al equipo para la Liga de Campeones. Objetivo cumplido tras unos inicios titubeantes. Dos victorias, dos empates y una derrota, manteniendo la séptima plaza, fueron los resultados de Resino durante sus primeros cinco encuentros. A su favor, el empate en el Bernabéu (1-1) y la gran victoria (4-3) ante el Barcelona en un partido para el recuerdo. Imborrable, la sensación permanente de ‘apagafuegos’ sin futuro. Si se metía en Champions seguía, grosso error que se apagó en la octava jornada de la siguiente campaña.

Quique Flores aceptó en la 2009-2010 dirigir a un Atlético al borde del abismo (17º en la Jornada 8) apenas tres meses después del inicio liguero. Abel dio paso a la figura de un técnico que, obviamente, será recordado por sus tres finales (Europa League, Copa del Rey y Supercopa de Europa) en sólo nueve meses de trabajo, que le han conectado al corazón rojiblanco de por vida. Después de catorce años huérfanos de títulos, los atléticos vivieron ‘su gran momento’ en Hamburgo, más tarde sin suerte en Barcelona, y ya en la siguiente temporada en Mónaco ante el todopoderoso Inter. Gracias, en gran parte por supuesto, al Señor Flores. También, a Diego Forlán. Aunque esto último es otro capítulo. Pero en liga fue otra historia. El equipo caminó sin rumbo por el campeonato doméstico durante todo el curso, y el primer mes de Quique se saldó con dos victorias y tres derrotas que sirvieron, y no fue poco, para ir recuperando la confianza de unos jugadores moribundos que coqueteaban con el descenso. Clasificó noveno al equipo, permaneció un año más en la dirección y salió por la puerta de atrás para dejar sitio al postre de candidatos en el verano de 2011, Gregorio Manzano. La historia, desde entonces, es de sobra conocida.

El compromiso comienza en el momento que los once –o catorce- jugadores disputan cada lance como si de una final se tratase. Algo que objetivamente está sucediendo. En el momento que, como todos los futbolistas parecen haber advertido, los 55.000 corazones rojiblancos apoyan sin fisuras a su técnico, uno de esos ex jugadores atléticos vistos por la grada como ‘uno de los suyos’.  En definitiva, en ese momento donde la unión en cuerpo y alma de los que se enfundan la zamarra atlética supone la llegada de victorias en las que, por encima de todo, están destacando la responsabilidad y espíritu de equipo, traducido en un cerrojo defensivo infranqueable y una confianza ciega en sus posibilidades de ataque.

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