Abidal, cuando el fútbol es lo de menos

Al calor de la chimenea las yescas hacen prender la emoción, y en el dosel de las emociones lucen esplendorosas las brasas del espíritu navideño, cuyos orígenes encontramos en el amanecer de la humanidad; el nacimiento del sol en los días que siguen al solsticio de invierno y la festividad de Saturno. Cobra entonces sentido un nuevo nacimiento, celebrado entorno al calor del hogar y al cobijo de la familia. Conceptos puros desvirtuados por las voraces fauces de un consumismo capitalista que nos atrapa y distrae de lo verdaderamente importante de nuestras vidas.

Abidal, cuando el fútbol es lo de menos
Foto: http://deportesymas12.blogspot.com.es.

Cuando el balón deja de rodar solo quedan las gradas, la desnudez del cemento y el silencio de la vida. La verdad viste de crudeza una realidad ausente de ovaciones, tan solo queda el barro del ídolo, la persona que se esconde tras la gloria. El héroe muestra entonces la carne y el hueso frágil, la piel del ser humano, sus sentimientos. Cuando las ovaciones dejan de sonar, cuando el fútbol deja de ser lo más importante, prevalecen los valores personales del hombre, el deportista. Por ello cuando el ídolo se enfrenta a situaciones de soledad, al vacío del silencio y la crudeza de la vida, son sus principios los que le insuflan la fuerza para seguir adelante. Una vez despojado de lo superfluo, se aferra vigorosamente a las cosas verdaderamente importantes de su existencia. "Quiero jugar pero tengo una familia y no voy a correr ningún riesgo. Lo primero para mí son ellos y después, yo. Si puedo jugar perfecto, y si no puedo estaré con mi familia y la gente que me quiere". Las palabras son de Eric Sylvain Bilal Abidal y esta es su historia…

De padres inmigrantes nacidos en la isla antillana de Martinica, pasó su infancia en el barrio de Champlong, en la periferia de Lyon, ciudad en la que nació un 11 de septiembre de 1979. Vivió una infancia complicada, sus padres trabajaban pero tenían que enviar dinero a Martinica, donde no había trabajo. Fue una dura lucha en pleno 'banlieue' de Lyon, pues Abi abrió los ojos a un mundo de marginación en el que el trabajo era un bien escaso, y en el que si había que elegir, el puesto era siempre para el blanco.

Eric recuerda su infancia como una vivencia nada acomodada pero muy feliz,  una etapa crucial de su vida en la que creció al abrigo de los principios y los grandes consejos de sus padres. A pocos metros de su casa la delincuencia y la escasez embarraban calles repletas de miradas perdidas y sin rumbo. La crudeza de la realidad y el rostro ignorado del suburbio le aguardaba afilando sus uñas en las cortantes aceras de la nada. Las ventanas de la casa de Abi bordeaban con el abismo, pero Eric escuchaba atentamente la sabia voz de su querida madre: “Si no tienes nada que hacer en la calle, es mejor que te quedes en casa”, y por ello solía ir de casa a la escuela y de la escuela casa, haciendo tan solo paréntesis para jugar a la pelota. De aquellos años conserva como oro en paño su conciencia humanitaria y la mentalidad ganadora, una personalidad cincelada con el esfuerzo, gracias a lo aprendido de sus padres y amigos del barrio.

Abi estudió diseño y se entregó con todas sus fuerzas al sueño de ser futbolista, pero tenía que buscarse las papas poniendo  moquetas y haciendo chapuzas, oficio al que se dedicó durante tres años, antes de firmar por el Mónaco. Posiblemente y como ha reconocido en más de una ocasión, de no haber sido futbolista, habría acabado ejerciendo el oficio de muchos de sus amigos de infancia, como albañil o pintor. Por ello cada vez que se cruza con un pintor o un albañil se ve reflejado a sí mismo.

De no haber mediado aquel sueño con un balón que sorteaba coches en Champlong, Abi sería un currante anónimo, pero acabó encontrando en la pelota la rendija de su destino. Un destino que le condujo al Lyon-Duchère, equipo amateur de la CFA2 donde llegó a jugar como delantero y centrocampista por la banda izquierda. Posteriormente, en 1999, los ojeadores del Mónaco fueron a observar a Aulanier, que jugaba de delantero en el Niza y aquella tarde se medía al Lyon-la-Duchère. Tomaron nota de Aulanier, pero quedaron sorprendidos con su marcador, un joven fibroso que lo secó por completo. Así logró su primer contrato profesional con el Mónaco, conjunto en el que debutó un 16 de septiembre del 2000 contra el Toulouse. Por aquel entonces Claude Puel ya identificó su talento, también su contagioso optimismo, la alegría y una sonrisa que compartió generosamente. En el vestuario del Mónaco aún recuerdan el día que se presentó vestido de Steve Urkel y los mató de risa. Pese a todo Abidal no gozó de continuidad en el equipo del Principado, pues Evra, Squillacci y Givet le cortaron el paso.

De su etapa en el equipo norteño heredó el sobrenombre de "el keniata" por su rapidez y resistencia física

Por ello, durante el verano de 2002 se marchó al Lille, donde jugó otros dos años ofreciendo un rendimiento espectacular. Especialmente en la temporada 2003/04, en la que se consolidó en la titularidad disputando 35 de los 38 partidos. De su etapa en el equipo norteño heredó el sobrenombre de "el keniata", por su rapidez y resistencia física. Además sus férreos marcajes a la culotte, comenzaron a ser muy comentados en Le Championnat, pues pegado a los pantalones rivales se convirtió en uno de los defensas más difíciles de superar.

En 2004 fichó por el club de su ciudad, el Olympique de Lyon, el carril izquierdo de Gerland alumbró entonces la carrera de uno de los mejores laterales izquierdos de la historia del Lyon. Una bestia indomable que dejó una imborrable huella y un profundo sentimiento de afecto entre los que fueron sus compañeros y una afición que le sigue idolatrando. Abi vistió la camiseta del Olympique de Lyon de Aulas durante tres temporadas, en las que conquistó 3 Ligas francesas y labró su carrera internacional con Francia, debutando en 2004 y disputando el mundial de Alemania de 2006, en el que fue subcampeón.

Posteriormente, en el verano de 2007 el Barcelona se situó en su horizonte para abrirle las puertas de un sueño. Eric llegó para portar el dorsal número 22 y ser parte integrante de la leyenda, no en vano el lateral izquierdo de Champlong, inundó de optimismo un vestuario que le acogió como parte fundamental de una sinfonía maravillosa. Un sueño hecho fútbol y vestido casi de irrealidad al contemplar el juego y la cascada de títulos conseguidos por los pupilos de Guardiola. Técnico para el que Abidal fue baza y motor fundamental del ejemplo a seguir como profesional y como persona. El número 22 era  para el esfuerzo, la generosidad y las veloces piernas de un tipo muy verdadero, que desde sus inicios como blaugrana, cautivó a una grada tan entregada a la excelencia de los Messi, Xavi, Henry o Iniesta, como a la genética sobrenatural de Abi.

Disfrutaba de su gran sueño en Barcelona, donde vivió la temporada perfecta en la 2008/09, conquistando todos los títulos en juego. La vida le sonreía, era feliz como nunca lo había sido, su polivalencia y aptitudes eran valoradas en alta estima por Guardiola, que le utilizaba indistintamente como lateral zurdo o central. Seguía acumulando títulos en su palmarés e incluso firmó algún que otro gol para mostrar la doble V de la victoria y recordar sus comienzos como delantero, pero el duende perverso del destino le tenía reservado un horizonte de sombras. La verdad suprema de la enfermedad se instaló en su idílica vida con toda su crudeza. Aquello le hizo recordar que en el maratón de la vida el fútbol es lo menos importante. El duro golpe disfrazado de palabra maldita le hizo ver con mayor claridad los elementos innecesarios y superfluos que rodean a los futbolistas. Se despojó de todos ellos y se agarró con fuerza a los principios humanos que sus padres le habían enseñado.

Con una franca sonrisa se asió a la esperanza y miró cara a cara a la enfermedad, entró al vestuario y animó a sus compañeros en lugar de ser animado. Un 17 de marzo de 2011 en una camilla jugó su primera bola de partido, iluminado por los focos de un quirófano en los que creyó ver el Camp Nou. Con el 22 tatuado a su espalda fue operado de un tumor en el hígado y de forma sobrenatural se recuperó en pocas semanas. Llegó incluso a jugar en la consagración del Barcelona en la Champions League, dos meses después de pasar por el quirófano. Una final en la que Puyol le cedió el brazalete de capitán para que elevara al cielo su victoria. Pero aquella, que sin duda fue una gran victoria, fue tan solo parcial, era la primera de otras muchas. No en vano en su horizonte de lucha el trasplante de hígado era una posibilidad muy real que tuvo que llevarse a efecto tan solo un año después, en abril de 2012, cuando Gerard, su primo, donó parte de sí mismo para salvar al hombre. A Eric, para nada un héroe, simplemente uno de tantos luchadores que resisten a diario a duras batallas con sus esperanzas puestas en el siguiente amanecer.

 “Que luchen. Es un partido difícil. A veces sale bien y otras sale mal. Si a mí me sale mal, yo seguiré luchando”, decía Abi en el duro camino.

Todos se volcaron con el futbolista, que guarda con mucho cariño los gestos de solidaridad de la gente, pero un mensaje de uno de sus compañeros definió a la perfección la travesía humana recorrida por el velocista sin fronteras para la sonrisa. El mensaje en Twitter era de Thiago y decía lo siguiente: "¿Piedras en el camino? Guárdalas todas, un día construirás un castillo".

Un castillo que piedra a piedra ha edificado Eric junto a su esposa Hayet, pilar fundamental en su batalla personal. La batalla de un optimista empedernido, que por su forma de ser y de entregarse a los demás, sigue peleando por volver a jugar y comienza a ver la luz al final del túnel. Testando cada día su respuesta a los inmunodepresores que debe tomar para evitar el rechazo y le dirán hasta dónde puede llegar, pero con la tranquilidad y la paz que le transmiten esos principios cincelados en el ‘banlieue’ de Lyon. Entrenando cada día con la ilusión de vencer de nuevo, gritando al cielo que ha perdido el miedo, pues desde el primer instante en el que el balón dejó de rodar, siempre tuvo muy claro que en la escala de prioridades de la vida el fútbol era lo de menos.

Foto 1: http://actualite.portail.free.fr.

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