Orellana y 'su marmita'

Orellana y 'su marmita'

Magia, encantamiento, ilusionismo y seducción. Esos son algunos apelativos que recalan en la mente de todos los aficionados cuando tienen la grata fortuna de presenciar el fútbol de ciertos jugadores. Dotados de algo especial, distinto y sobre todo único. Excelso para ampliar las opciones de crecer de todo el bloque, de liderar a través de esa síntesis ideal de juego, de su gran creación. Marca el ritmo como pocos, atesora ingenio y agudeza para convertir un pase propio en una asistencia ilustre y relevante. Todo compacto y Orellana con la máxima libertad posible para decorar el juego de su equipo, para engrandecer la teoría y ajustarla a una práctica perspicaz y viva.

Ya hace dos años que pisó por primera vez el suelo del Estadio Nuevo Los Cármenes, por entonces con un ascenso granadinista histórico a Segunda División, dejando una afinidad evidente con el esférico y siendo protagonista en una sucesión muy amplia de partidos. Llegando a aquellos ‘playoffs’ de ascenso en los que a excepción del tanto conseguido de Odión Ighalo, sólo se pudo vivir un gol más, el del chileno ante el Celta de Vigo. El último estribo para encauzar el camino del Granada a una Primera obligada e indispensable. Bifurcando su camino para repetir la proeza, para marcar su paso con un plus de verborrea, siempre cerca de la portería contraria. Pasando una temporada con el Celta de Vigo que no terminaría siendo en vano, ni de lejos.

Aquel curso cambió y mejoró entes sustanciales para crecer aún más como futbolista, para perfeccionar una condición congénita e innata que todavía podría considerarse aún mayor. El chileno ha aprendido a involucrarse más en la maniobra colectiva, en ese muestrario que sólo algunos son capaces de regir y donde termina contagiándose y viculándose la magia de un genio con la perfección de un mago.  Amparando cualquier demarcación necesaria para exhibir su mejor versión a la postre y en beneficio de todos los implicados, de sus compañeros de equipo. Descolgándose a cualquiera de las dos bandas y allanando el camino por un centro del campo en el que hace mella y sobre todo encandila.

Fabián ha regresado a la ciudad de La Alhambra para jugar, de nuevo, en la máxima categoría del Fútbol Español tras la temporada que disputó con el Xerez. En aquella división que se ha merecido colmadamente tras la consecución de dos ascensos sucesivos y figurados por su persona. Síntesis de encanto, de algo más que fútbol puramente escrito. El americano contiene una baza peculiar, desigual a la de muchos otros futbolistas que no poseen ese toque de la imprevisión, del factor sorpresa mejor exhibido. Sin duda se trata de un profesional capaz de todo y en raras ocasiones de nada, maniobrando con un estilo dúctil para la mayoría de sus compañeros.

Ha crecido en varios parámetros, en distintos factores y sobre todo en cuanto a madurez propia. Orellana ha sabido creer en un sistema común, en un estilo fortificado por la unificación de todos y referenciándose consigo mismo. Creando del fútbol su mayor virtud, su mejor escuela, su gran sentido de la responsabilidad y la versatilidad. Polivalente como pocos y portavoz del modelo actual, aquel en el que rara vez se afinca en una demarcación incrustada. Era una de las peticiones más obvias del técnico Juan Antonio Albacete ‘Anquela’, aquel al que enamoró la pasada temporada desde el bando contrario y que a día de hoy continúa fascinando.

Su envergadura en las filas del Granada no atesora ninguna duda. El chileno ha demostrado en todos los partidos que ha jugado en la actual pretemporada que está llamado a hacer algo grande el próximo curso. Una función apta para sí mismo y también para el aficionado granadinista. Recuperando la esencia del ya exjugador rojiblanco Carlos Martins y prosperando a medida que lo haga la propia temporada. Orellana es una realidad, viva y latente, simbólica para el porvenir de la campaña que está próxima a comenzar. Su silogismo  en el juego carece de duda alguna, a la altura de muy pocos.