Real Madrid - Osasuna: Crónica febril
El comienzo del partido me ha pillado en la cama, con el auricular puesto. Un domingo con gripe y lluvia no es el día adecuado para alardear de nada, vestirse e ir a desayunar al bar. Pamplona está resbaladiza y con todo lo que ha caído te puedes ir al suelo y romperte algo. Soy un cobarde. Además de que me lo olía, claro. Debajo de la manta se pasan mejor los malos tragos y las goleadas.
Ay, qué malito estoy... Más vale que tenemos la radio para cuando no tenemos ojos para leer, de tanta lágrima. El día que echen definitivamente a las radios del fútbol quizás me haga seguidor de curling o de petanca si deciden retransmitirlos. Yo con ellos. A donde vayan. La radio es fútbol... a veces incluso la radio es más fútbol que el fútbol. De la radio me gusta casi todo y es parte de mi universo sentimental. No entiendo esa saña que hay contra que sigamos escuchando partidos por la radio, como lo hemos hecho siempre. Últimamente están pasando cosas extrañísimas.
Gol del Madrid... y me cambio de lado, buscando el sitio más fresco de la almohada. Sabia decisión: no haberme hecho ilusiones. Siempre le podré echar la culpa a la gripe de mi ausencia. La que se avecina, pienso, y me tapo con el edredón hasta la nariz, tosiendo como un cosaco. ¿Los cosacos tosen o beben? Los cosacos encajamos unas goleadas de escándalo me temo, y dejo que el móvil siga apagado porque algún amigo madridista seguro que ya me ha enviado el primer mensaje. Mal día para cualquier cosa que no sea dormir y ponerse tibio a antigripales. Mal día para pensar en ganar al Real Madrid. Y entonces... pillería de Raúl García y gol de Ibrahima. Toma. Vaya con los ex atléticos... me sorprendo, o atléticos o yo qué sé a estas alturas de quién son estos dos. De Osasuna, son de Osasuna, leñe... de los nuestros, y de un salto salgo de la cama, descorro las cortinas, abro la ventana y grito con todas mis fuerzas al viento y a la lluvia. Gol. Al mundo, que se entere. Gol. La señora Petra que viene de comprar el pan con la bolsa en la cabeza me mira como si estuviera loco. Buenos días señora Petra, le grito, y ella menea la cabeza y aprieta el paso buscando el resguardo de los porches. Vamos rojillos. Gol. Empate a uno. Y todo ha mutado. Increíble. Todo el paisaje se ha llenado de luz y de color. Qué día más precioso hace, por Dios. Maravilloso. Casi, casi se ven florecer los árboles, sale el sol como si fuera julio y se escuchan los trinos de mil pajarillos. La primavera está delante de mis narices. Y me voy a poner un café a la cocina mientras arranca el ordenador para celebrarlo, por brindar con algo. Feliz. ¿Será ya San Fermín?.
Ni cinco minutos ha durado la alegría en casa del pobre griposo. Gol del Madrid, el segundo. Como no se pueden escribir tacos... diré que he dicho cáspita, muchas veces, así como muy seguido y con chasquido de dedos: cáspita, cáspita, gran cáspita. No me ha dado tiempo ni a sentarme delante del ordenador para escribir algo. Qué horror... y ha vuelto la lluvia y no sólo eso sino que se ha colado dentro del salón y se ha encharcado el parqué, dejándome los pies congelados. Ay... qué malito vuelvo a estar. La noche se ha echado de nuevo, como un derrumbe incontrolado. He cogido la bufanda de Osasuna y me la he anudado como cuando en los tebeos tienen dolor de muelas, tapándome los oídos. Ya no quiero más... y luego ha pasado lo que ya todo el mundo sabe, uno detrás de otro hasta siete goles, pero ya no me ha dolido. Ya estaba anestesiado.
Lo peor de jugar a las doce del mediodía es que luego tienes todo el día para darle vueltas al desastre. La derrota te amarga no sólo la cena, como antaño, sino que también la comida y la merienda. Me vuelvo a la cama a sudar la fiebre y a sacarme a estornudos uno a uno los siete goles que llevo en el cuerpo. Qué trancazo, madre mía. Qué soberano palo. Me duele todo el cuerpo. ¡Ay...!, y Mourinho metiéndose con su público, con el árbitro, con la prensa española y tan campante, ni una mala digestión se pilla. Qué tío... ¿cómo lo hace?




