Osasuna un año más
¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Pues no sé, supongo que con el discurrir de los días, semanas y meses que se van como humo. Quizás con una sucesión suave de estaciones. Con un fluir como quien no quiere la cosa de la camiseta a la camisa; y de ahí a la chaqueta, que terminó por pedir bufanda hasta las cejas antes de que nos diéramos cuenta. Así llegamos a los sitios en Pamplona, en silencio, sin alardes, si acaso con mucha autocrítica y poca pompa. Como mucho: “oye, qué bien te veo”. “Si yo te contara...” O esta otra fórmula: “pues bien habrá que decir ¿o qué?” Al final no cuenta nada y se va, con esa cara así, como agradable que tenemos los del norte, saludable dirá otro, de comer buenas verduras y quejándose más por vicio que por malestar real.
Osasuna quinto, sin meter ruido. ¿Si el que queda segundo es subcampeón, cómo se llama al que queda quinto? No sé, pero eso somos, de invierno o de entretiempo o de lo que sea esa cosa del ficticio campeonato de apertura que le gusta recordar a la prensa. Diploma olímpico seguro que pillamos, de olimpiada de invierno. Las de verano están siempre más caras, allá por junio, cuando todo termina, aunque ya sabemos lo que es quedar dos veces cuarto en la clasificación. A los pies me pongo de Pedro Mari Zabalza -mi gurú- y a los pies de Javier Aguirre -mi “guirí”-, los dos entrenadores que más arriba nos han dejado. Ahí quería yo llegar. Y Navidad ya, con el raca-raca mañana de la lotería anunciando polvorones y comilonas de mil euros en mil euros. Pamplona está bonita de luces y susurros con aroma a castañas, de losetas mojadas que reflejan un poco de nuestro gris en el suelo estrellado, o solado más bien, de sueños y destellos de luz blanca de coches y de decoración navideña. Grises brillantes reflejando brillantes grises. Poco más pedimos. Ésta es una ciudad gris. Sí, somos grises, lo sé, tanto, que hasta la segunda equipación de Osasuna nos la hicieron hace unos años de ese color. La llamaron antracita por el qué dirán, supongo, pero era de un gris sin discusión: elegante, pamplonés, marengo quizás, y noble de nobleza que no de aristocracia. Un gris comme il faut, vamos. Gris Pamplona.
Para todo lo demás ya tenemos los sanfermines: el chupinazo y todo eso que sale en la televisión, el encierro de tres minutos, el blanco, el jolgorio, el bullicio, la alegría y el desparrame. Durante esas días nos hacemos amigos de todo el mundo. Somos los más majos del planeta. Y los más desprendidos. Un día siete de julio, si me pillas de buenas, te regalo mi casa si hace falta, y la plaza de garaje con coche incluido. Algo parecido a lo que ha pasado esta liga con los partidos contra el Real Madrid y el F.C. Barcelona, por ejemplo. Dos goleadas de escándalo, nos hacemos notar dando el cante, siendo unas Hermanitas de la Caridad, llevando la generosidad al extremo, saliendo en todas las televisiones mundiales por el desmadre de goles y tras la tormenta, el pobre de mí y una resaca más breve de lo esperado, a casa a seguir con lo nuestro, que es recolectar puntos callando, discretos, sin focos, al estilo del presidente Ezcurra, durante el resto del año. Cuarenta y dos para ser exactos. Luego, Dios dirá.
A Michael Robinson, por ejemplo, esta actitud prudente de Fermín Escurra, y del club en general, le sacaba de sus casillas. En alguna entrevista que le he visto se quejaba de que a Osasuna le faltaba ambición. Ambición es lo que nos sobra, por eso somos prudentes, colega. ¿Para qué forzar los engranajes de un club y convertirnos en flor de un día para luego marchitarnos irremediablemente? Eso es no conocernos. En Osasuna nuestro mayor logro, nuestro cénit, el non plus ultra, lo más de lo más, fue celebrar un gol que nos daba, no una victoria, sino un empate: el gol que Aloisi le metió al Betis en la final de Copa en el 2005 en el Calderón y que nos llevaba a la prórroga. Yo estuve allí. Es lo más cerca que he estado de volverme majara, seguro, porque antes de empezar el partido yo no pensaba en ganar, yo sólo quería celebrar un gol que sirviera de algo, un gol importante. Y lo celebré, como un poseso. Y con aquello me fui a casa, casi aliviado de no haber ganado, porque si después de 120 minutos, estaba tan destrozado, sin voz, cansado como si hubiera corrido la banda todo el partido, no me quería ni imaginar el cuerpo que se me hubiera puesto si celebráramos algo. Ganar es estar felices, pero nosotros buscamos otra cosa. Buscamos la esencia. Nosotros buscamos el ser felices. Estar es momentáneo. Serlo es eterno. Sin más. Por eso somos, y seguiremos siendo, de Osasuna, hasta el infinito. Rojillos incluso de gris antracita.
Por cierto, como sin contrincantes ni seríamos ni estaríamos, quiero desearles unas felices fiestas a todos los demás equipos de España. Sin ellos, nada de todo esto tendría sentido. Feliz navidad, parroquia.




