Mourinho eligió la pastilla azul para seguir en su Matrix
El golpe de timón provocado por jugadores y afición que se pudo contemplar en el partido frente al Barça debería establecerse como punto de inflexión para recuperar la ruta que el Real Madrid ha ido trazando a través de la historia y que nunca debió abandonar.
El pitido final de Teixeira Vitienes puso fin a la vuelta de los cuartos de final de la Copa del Rey entre las dos grandes potencias del fútbol español (y mundial); un encuentro apasionante, intenso, lleno de emoción y buen juego. Un partido memorable en el que, por primera vez desde que José Mourinho dirige al conjunto blanco, el Real Madrid recuperó el estilo que le identificó y le coronó como el mejor del pasado siglo. El equipo madridista se despojó, por fin, de sus complejos y logró desfigurar a su eterno rival y en su propio estadio a través de la pelota; algo que, con Guardiola al frente de la escuadra culé, jamás había ocurrido.
Tenía, por tanto, Mou una oportunidad magnífica para hablar de fútbol ante los medios de comunicación una vez que se habían apagado los focos sobre el campo; para valorar el partido disputado por ambos equipos; para ensalzar el juego de los suyos; para explicar la táctica adoptada y sus variaciones durante el encuentro; para lamentar las ocasiones perdidas y elogiar los aciertos propios. En vez de eso, sin embargo, el de Setúbal optó, una vez más (y ya van…), por desviar la atención del balón y señalar a la caseta arbitral para justificar lo ocurrido: la eliminación del Madrid de la Copa del Rey.
“En el vestuario oí que es imposible ganar aquí”, arguyó Mourinho en su comparecencia ante los periodistas. Después, algunos de sus jugadores insistieron en ese mismo discurso que no narra, desde luego, la capacidad de superación del Real Madrid (de la que alertó Guardiola en la previa del partido), la fortaleza física de sus jugadores, la ambición y el orgullo irreductible que demostraron en los últimos 90 minutos de la eliminatoria copera. Ese relato, propuesto por el técnico portugués y asumido por su vestuario, no sintoniza, en absoluto, con lo sucedido en el campo; más bien lo contrario, interrumpe la narración de lo que el equipo madridista hizo sobre el terreno de juego.
Podía Mourinho haber elegido la senda del fútbol, haber disertado sobre los aspectos deportivos del partido; haberse comprometido con un nuevo panorama táctico para el Madrid en el que el balón, por primera vez en año y medio, sería el protagonista. Pero no lo hizo. Mou tenía ante sí la pastilla azul y la roja. Debía elegir entre mantenerse en su universo futbolístico o abrir la puerta a una nueva realidad y colocarse al frente. El entrenador luso se quedó con la primera y volvió a recurrir a factores que le eximen de responsabilidad en caso de derrota. Mientras sus jugadores, a través del juego, elaboraron un mensaje que logró conectar con lo mejor de la historia del club; su técnico, en rueda de prensa, ajeno a ello, rompió con ese discurso al empeñarse en justificar una eliminación de copa a través de una nefasta actuación arbitral.
Ciertamente, resultó incomprensible que el técnico portugués se mostrase tan alejado del gran partido de su equipo, de la formidable mutación experimentada por sus jugadores en la cancha culé. Porque la verdad es que Mou no reclamó la paternidad del éxito logrado, no lo utilizó como forma de expiación de los pecados cometidos en los anteriores clásicos (en especial, en los dos últimos). Y pudo haberlo hecho. Ahora, esa ausencia de explicaciones tácticas por su parte impide a la opinión pública saber con certeza si la alineación y el esquema aplicado en el Camp Nou fue obra suya o producto de las circunstancias; si obedeció a un cambio de rumbo en su forma de entender este juego o simplemente una huida hacia adelante en plena marejada. O más simple que todo ello, si resultó ser un ejercicio de autogestión por parte del vestuario merengue, con experiencia ya en la materia (que le pregunten a Fabio Capello cómo fue la remontada que le dio la liga al equipo blanco en su último año en el Madrid).
Mourinho pasó de puntillas sobre ello y no aclaró si realmente cree en esta vía o si, sencillamente, se trata de un episodio aislado. En cualquier caso, y sea como fuere, no es muy osado pensar que, teniendo en cuenta los precedentes de los anteriores clásicos, y lo ocurrido en las últimas semanas; no ha sido Mou el que, con su dedo, precisamente ha señalado este nuevo camino (esencial, por otra parte, en la historia blanca); sino, más bien, los jugadores, primero, con su plante al técnico en el vestuario (desvelado por un diario deportivo), hartos de representar un papel menor en una película (el clásico) en la que eran, al menos, co-protagonistas; y por supuesto, la afición, con un sonoro veredicto que ha acabado tumbando las teorías resultadistas del portugués.
No parece, sin embargo, que el laureado entrenador blanco haya comprendido del todo el aviso. Su inútil intento de justificar el resultado mediante la actuación del trío de árbitros, aparcando el hermoso relato futbolístico acontecido, sugiere que, un año y medio después de haber llegado al club de Concha Espina; José Mourinho sigue sin entender la idiosincracia del club al que pertenece. Y lo que es aún peor, en todo este tiempo, nadie de la cúpula del club ha ejercido su papel para recordarle, precisamente, la trayectoria histórica de la institución.
Porque, y este es otro asunto de calado, la actividad institucional del Madrid ha sido fagocitada por la arrolladora personalidad de Mou, su ansia de poder y su exceso de celo, así como su particular manera de entender este deporte. En este sentido, la influencia de Mourinho ha acabado trascendiendo el rectángulo de juego hasta contaminar la propia identidad del club y los valores que han venido desarrollando como entidad y transmitiendo como marca.
El golpe de timón provocado por la reacción de jugadores y afición que se pudo contemplar en el partido frente al Barça, debería establecerse como punto de inflexión para recuperar la ruta que el Real Madrid ha ido trazando a través de la historia y que nunca debió abandonar. Mourinho debería entenderlo así. O si no… hacerse a un lado.




