Marcelo Campanal, los superhéroes existen
Con el fútbol colgado de las ramas de su árbol genealógico familiar y la aleación del músculo y el acero en su genética, Marcelo Campanal demostró que los superhéroes existen, pues durante dieciséis años paseó por las cuatro gradas del Pizjuán la inmortal elegía de sus veloces pies.
Año 1948, por el río Guadalquivir navega el "Ita", un barco carbonero entre cuyos tripulantes viaja camuflado un superhéroe que planta sus piernas de acero sobre tierra firme cuando la proa y la popa de aquel barco procedente de las minas de Avilés, se alinean con el muelle de Las Delicias para atracar sobre el suelo bendito y legendario de Sevilla.
Y camuflado en sus imberbes dieciséis años un viento huracanado avilesino desembarca con sus bártulos repletos de ilusión y de latas de fabada. A Marcelino le recibe su tío Guillermo, leyenda del fútbol sevillista, que le augura y desea tantos éxitos como los que él vivió con la camiseta que enfundó su corazón para latir con la cadencia y el ritmo sinusal de una afición que vibró con una delantera de leyenda que pasó a la historia como Los Stuka.
Ambos de la saga de los Campanal, el primero “bombardero Stuka” y el segundo “Capitán Maravillas”. Nacido en Gijón en febrero del 32, perteneciente a la estirpe familiar que dio apodo y nombre a la primera fabada en lata que se comió en España, surgida en 1924 a través de la sociedad “González y Vaquero SRC”, aquellos apellidos que se unieron para crear la citada fabrica y moldear en la Fundición de acero de Avilés a Marcelino Vaquero González del Río. CampanalII
La aleación del músculo y el acero en su genética y el fútbol colgado de las ramas de su árbol genealógico familiar
La aleación del músculo y el acero en su genética, y el fútbol colgado de las ramas de su árbol genealógico familiar, pues su padre Ovidio, delantero del Sporting y profesor mercantil, inoculó a Marcelino el veneno del fútbol hasta los cuatro años, cuando cayó en el frente de Madrid. Y en mitad de aquella cruenta guerra que se llevó a su padre, Marcelino se evadía de la barbarie haciendo deporte, rompiendo alpargatas en la calle Cabruñana, en Las Meanas y volando por La ría. Su otro tío, Santiago Vaquero Álvarez, también jugó como interior en el Sporting, por ello nadie se sorprendió cuando su poderoso motor genético arrancó su pasión por el fútbol. Pero el pequeño Marcelo era diferente, siendo aún un niño se percató de que el destino le había otorgado superpoderes asombrosos que tenía la obligación de utilizar. Había nacido enfundado en una malla de acero que cubría su fibroso cuerpo, había nacido para ser Super Campanal. Era el que más saltaba, el que más corría, el que más resistía, era un potencial decatleta que asombró a propios y extraños por aquella fuerza sobrenatural que desplegó con las camisetas del San Cristobal, el Carbayedo y el Real Avilés.
Y con dieciséis años llegó a Sevilla para a través de su tío y mentor, convertir su estancia en las filas del conjunto hispalense en una historia que rezuma épica por las cuatro gradas del Pizjuán, por el blanco y negro de la memoria del fútbol y el rojo y blanco de la memoria sevillista. Así con dieciocho años su tío le hizo un hueco en el lateral izquierdo del primer equipo aprovechando la lesión del titular, posición en la que jugó hasta el final de Liga.
La semántica del fútbol se agota cuando su carrera imparable y su salto se exponen a la crónica blanca del recuerdo. Sus constantes demostraciones de poderío físico y pundonor firmaron páginas históricas de nuestra Liga, como aquel impactante choque de trenes que protagonizó en Mestalla, donde el aire que divide la lucha por un balón fue testigo del impacto de la cabeza de Campanal con la del delantero Badenes. El choque tremendo, dejó al avilesino inconsciente sobre el verde del estadio valenciano. Un cubo de agua milagrosa del masajista le hizo volver en sí y seguir hasta el final del partido, dicen sin tener muy claro la portería hacia la que correr.
Marcelo voló por aquella pista de ceniza, parando el crono en 10.8 segundos en una época en la que el récord de España estaba en los 11.2 segundos.
Nos remontamos al año 50, en el que la huracanada fuerza de Campanal II comienza a hacer estragos por los campos de la Liga española, donde un superhéroe escribió en prosa la epopeya de sus acciones. Como la que protagonizó en verano de aquel año, cuando en vacaciones y aprovechando que se encontraban en las pistas donde entrenaba, jueces de la Federación de Atletismo haciendo cronometrajes oficiales, pidió prestadas unas zapatillas de clavos para probar su velocidad. Marcelo voló por aquella pista de ceniza, parando el crono en 10.8 segundos en una época en la que el récord de España estaba en los 11.2 segundos. Campanal acababa de batir el récord de España sin hacer ningún tipo de preparación específica para la prueba de los 100. Un récord que no pudo ser considerado válido pero que no pudo batirse hasta el año 1966. Dejó también otras marcas importantes: 110 metros vallas (15.8 seg); Triple salto (15 metros); Longitud (7,40 metros); Altura (1.85 metros); Peso (12,5 metros) Jabalina (52 metros) Disco (36 metros).

Para entonces nadie tenía duda en Nervión que Flash llevaba los colores del Sevilla, un equipo en el que Guillermo, su tío, le reconvirtió en central cuando se produjo la lesión de Antúnez, una posición que no abandonó jamás y en la que se consolidó como uno de los mejores centrales españoles de su generación. Tenía tan solo veintiún años, y Flash el “Corredor Escarlata”, “El Ogro Campanal”, se hizo un hueco en la selección tras la lesión del lateral derecho Navarro. Cuentan que debutó con 40 grados de fiebre ante la RFA, pero no retrocedió un solo milímetro. Dejó también para el recuerdo una actuación rebosante de valentía y pundonor en Turquía, donde fue el único que no se achicó ante una encerrona que dejó a la selección con ocho futbolistas sobre el terreno de juego (tres lesionados), un encuentro en el que repartió incluso más cera que todos los turcos juntos y regresó a casa con siete puntos de sutura.
Sus férreos y efectivos marcajes sobre las dos grandes figuras de la época (Di Stéfano y Kubala) le hicieron ganarse el reconocimiento e interés de equipos como Inter, Torino, Atleti, Barcelona y Real Madrid, pero si sus marcajes generaron polémica fue especialmente por sus duelos directos con el Real. En un choque ante el equipo madridista un desgraciado lance con Gento le provocó una lesión renal crónica. Cuentan que orinó sangre durante toda su carrera, pero como todo superhéroe las balas no le atravesaban sino todo lo contrario, impactaban ante el traje de acero de su imponente genética.
Imponía tanto que en un Trofeo Carranza jugando ante el Madrid, y tras una dura entrada a Santisteban, el propio Bernabéu bajo al vestuario del árbitro para exigirle que o le sustituían o retiraba al equipo del Torneo. Tras aquel incidente curiosamente el que era posiblemente más sólido central del fútbol español no volvió a ser convocado por la selección española. En cualquier caso la leyenda de Camapanal siguió recorriendo los campos españoles con la camiseta del Sevilla, con la que tuvo tiempo para protagonizar otra de aquellas anécdotas que solo podría haber protagonizado aquel que pació en Avilés y mostró en Sevilla el poder atómico de la fabada. Fue en la conocida como, “La Batalla de Oporto”, un amistoso que acabó con una tángana de proporciones bíblicas en la que salió en defensa de su amigo y lateral Romero, al que le partieron la nariz. Marcelo sacó su temperamento y su puño a pasear, tumbó a un portugués, y luego rodeado en una esquina por los exaltados futbolistas lusos, arrancó el banderín y se lió a palos con todos. El resultado dos días en la cárcel y la decisiva intervención del consulado español para mediar y solucionar el asunto.
Así era Campanal, un central imponente, muy fuerte, que generó gran debate y controversia en los foros futbolísticos de la época, pero que en esencia siempre mostró nobleza en todas sus acciones. Dotado de una fuerza sobrehumana, al punto de que jugó los últimos años de su carrera con el menisco roto. El esfuerzo de un hombre que se mantuvo firme e inamovible en el centro de la zaga sevillista hasta 1966, cuando sus poderes fueron remitiendo y le dieron la baja tras dieciséis años volando con la capa y malla rojiblanca del uniforme sevillista.
Elegido mejor jugador del año 54, en dos ocasiones subcampeón de Liga y en otras dos subcampeón de Copa, quizás no tuvo la salida que merecía. Se marchó sin hacer ruido, camuflado en su disfraz de futbolista para seguir haciendo demostraciones de su portentosa capacidad física en el Coruña y Avilés, donde cuentan que chavales de veinte años no eran capaces de superarle en la carrera. Aquella veloz carrera temporal, aquel escape volador prendido del olvido que perdimos de vista y con el que por fin nos reencontramos. Pues Marcelo Campanal pasó por el correr del tiempo tan veloz como la vida, batiendo resgistros con la máscara de la temporalidad pasajera hasta sus ya ancianos 77 años. Una senectud tras la que deja la veloz estela de sus pasos, más de 100 medallas en Campeonatos de Asturias, más de 50 en Campeonatos de España y nueve conseguidas a la edad de 75 años en el Campeonato de España para veteranos. Los pasos épicos de un superhéroe dotado de una rapidez sobrehumana, que tras aquel engañoso e inofensivo disfraz de anciano, esconde la fuerza de "El Coloso de Cabruñana", la velocidad de “ El Corredor Escarlata” y el poder de "El Capitán Maravillas".
Afortunadamente el Sevilla rectificó a tiempo y reconoció la grandeza de Marcelo Campanal, por ello en reconocimiento a la inmortal elegía de sus veloces pies, le hizo entrega del ‘Dorsal de Leyenda’. Y en la temporalidad fugitiva del recuerdo reside desde entonces el perfil legendario de aquel que demostró que los superhéroes existen y están hechos de una aleación de músculos, acero avilesino y Fabada Campanal.




