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Emery abandona la USA tour del Valencia

Valencia CF

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Jordi Alba, mejor lateral izquierdo de la Liga BBVA

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El Valencia disputará un amistoso en Puerto Rico durante la pretemporada

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La gloria del presente se encuentra en el pasado

Desde los entresijos del antiguo “Bar Torino” anclado en la calle Barcelonina se fundó allá por el 18 de marzo de 1919 lo que hoy conocemos como el Valencia C.F. La ilusión de siete estudiantes reunidos conformaba el homenaje al compañero Luis Bonora, fallecido a causa de una embolia como consecuencia de las batallas sobre el terreno de juego meses antes en un encuentro del extinto Deportivo Español, el predecesor del equipo valenciano. 92 años después, el Valencia debe apelar al espíritu que le vio nacer para reclamar el lugar que le corresponde en la constelación de Europa

La gloria del presente se encuentra en el pasado
Las estrellas del Valencia iluminan el camino.

El lanzamiento de una moneda al aire dictaminó la primera gran decisión del Valencia Foot-ball Club, equipo que apenas siete almas estudiantiles crearon como ofrenda al joven Luis Bonora, de 21 años, abatido en el terreno de juego a causa de un choque de los de antes, sin protección, cuerpo con cuerpo, descubriendo las zonas vulnerables. Una embolia acabó con su vida tras recibir el alta médica. “Su muerte nos llenó de consternación a todos los compañeros y amigos” recordaba Octavio Augusto Milego Díaz (1893-1982), el primer presidente de la historia valencianista, décadas después del suceso, mismo hombre que resultó agraciado en la tesitura del azar por medio de moneda cuando ésta arbitró la bisoña Junta.

“Fue presidente porque así lo quisieron sus co-fundadores”, explica a Levante-EMV su hijo Octavio Milego Alonso, residente en México. “Ellos sabían que mi padre siempre pedía cara en la suerte de las monedas. Así se jugaron la presidencia, pero todos ya se habían puesto de acuerdo. Se las ingeniaron para que saliera cara y mi padre ni se las olió. Tuvo que pasar un mes, hasta el 17 de abril, coincidiendo con el cumpleaños de mi padre, para que le contaran toda la verdad”.

Mezcla de suerte, engaño o ilusionismo, el Valencia que hoy conocemos vio luz a la sombra de hombres con la prioridad de enaltecer el fútbol en honor a quien murió por él. Han pasado más de nueve décadas desde que el “Bar Torino” fuese testigo del origen del quinto club más laureado del país. Y es que, aunque el primer paso fue un tropezón (su debut como entidad deportiva se saldó con derrota por 1-0 ante la Gimnástica de Castellón); aun compartiendo terreno de juego con el futurible rival, el Levante UD, en el campo de Algirós, cerca de Mestalla, no tardarían en llegar los primeros éxitos: Campeón valenciano en 1923, tan sólo unos meses antes del traslado a la actual residencia valencianista.

Desde entonces, más glorias que penas han escrito páginas en el libro de la historia ché a lo largo de su longeva existencia. Desde el primer ascenso a Primera División en la temporada 1930-31, pasando por la época dorada de la delantera eléctrica (conformada por  Epi, Amadeo, Mundo, Asensi y Gorostiza) que atestigua 3 ligas, 2 copas y 5 subcampeonatos (2 de ligas y 3 de copa) como botín imborrable o los primeros éxitos europeos en forma de dos Copas de Ferias consecutivas (antecesora de la Copa de la UEFA) entre 1961 y 1963. El Valencia olvidó su condición de equipo novicio para irrumpir con lozanía en el fútbol nacional, cuestionando el inexpugnable dominio del Madrid de Miguel Muñoz. Más tarde llegaría Mario Alberto Kempes con el gol como presentación de su enriquecedor paso por tierras levantinas, en las que alzó una Copa del Rey y una Recopa de Europa.

Sin duda, cimientos estables de este ente casi centenario que no serán presa del olvido. Sin embargo, en la retina de los valencianistas se ven reflejados unos éxitos –que no victorias- acaecidos en la historia más reciente. Hablo del factor que convirtió a los hijos del río Turia en un temible escollo. El reconocimiento europeo no se obtiene, se gana. Un reconocimiento europeo que se ha perdido tras la debacle de Stamford Bridge, pero que no debe servir de combustible en la incineración de las expectativas ché. Existe un modo, tan arcaico como la racionalidad del hombre, para no sucumbir ante este envite del destino, para no caer en las garras del desencanto, para revitalizar el orgullo, para seguir siendo ‘grande’.

El pecado de la inexperiencia

La noche de París se cernía sobre el casi virgen Stade de France, escenario que apenas dos años antes había acogido el coronamiento de Francia como campeona del mundo frente a Brasil. Ocasión inmejorable para los Mendieta, Marchena, ‘Piojo’ López o Kily González de consagrarse como potencia europea. El rival, Real Madrid, aunque temible, no parecía rasgar en exceso las vestiduras del traje de ‘favorito’ que vestía el Valencia de cara al último partido de la competición.

Para mayor épica que adornara el encuentro, se trataba de la primera final en la que dos equipos de la misma nacionalidad dirimían el vencedor de la competición. La suerte parecía sonreír a los de Cúper merced a la apurada situación que vivían los merengues: quinta posición en Liga y agónico pase a la final frente al Bayern de Múnich. Paradójicamente, la gloria y el nerviosismo acabaron por ahogar las opciones del Valencia de salir vivo de Paris de tal forma que claudicó con estrépito para presenciar cómo el Real Madrid alzaba su octava Copa de Europa.

Lejos de derrumbarse por la bofetada del destino. La afición, orgullosa, tendió su mano al equipo como muestra de complacencia por la fe derramada en la majestuosa temporada de la que fueron protagonistas. Sendos guerreros –hinchada y escuadra- prometieron volver la campaña venidera para desmentir la quimera de la que fueron protagonistas.

La suerte también juega

Apenas un año después,los sueños retornaban a la mente de los aficionados valencianos. Esta vez era el Stadio Giuseppe Meazza el escogido para tan suntuosa edición marcada por los deseos de venganza personificados en los españoles. Sería una final correosa y física, de esas que no gusta ver, pero tan emocionante como los primeros pasos de un bebé. En concreto, no serían las primeras andadas del bebé valencianista, que ya conocía el recorrido hacia la final, sino que significó un salto respecto a la travesía de la campaña predecesora. La experiencia ya no contabilizada como un peligro, más bien tomaría forma de aliada para evitar los resbalones propios de la final de París.

Las penas máximas solicitaron protagonismo durante el tiempo reglamentario. Hasta tres lanzamientos desde los 11 metros enloquecieron los ánimos de los seguidores que visionaban el encuentro. El primero de ellos evocó las esperanzas rotas un año antes, Mendieta acertó a perforar la meta de Kahn recién inaugurado el choque. Fue entonces cuando la diosa fortuna esquivó la tranquilidad hispana y proporcionó dos oportunidades de oro al cuadro bávaro desde el corazón del área. Cañizares se encargó de desbaratar el empate de Scholl, pero no puedo evitar que Effenberg le superara en la segunda intentona. A partir de ahí, ningún combatiente se vería capacitado a deshacer la igualada –prórroga de por medio- hasta la imprevisible tanda de penaltis donde el cuadro de Héctor Cúper se colgaría la medalla de plata, otra vez.

Santiago Cañizares, arrodillado, blasfemaba con mirada penetrante hacia el cielo. Las sinceras lágrimas del cancerbero caían sobre el verde colmadas de rabia e impotencia, al igual que ríos lacrimosos circulaban los corazones de quienes habían acompañado al ejército ‘naranja’ hacia su caída ante el frente germano. Tocado, pero no hundido, ‘Santi’ perjuró a lo más alto que más pronto que tarde levantaría un trofeo durante una gran noche europea.

La UEFA significó la resurrección

Tres años después, el oxigenado cabello del guardameta caminaba por el césped del Estadio Ullevi en Gotemburgo (Suecia), quizá su pensamiento visitaba los recuerdos de anteriores citas. “Esta vez, no” se postulaba como la única regla del juego valencianista en referencia a aquella noche del 19 de mayo de 2004. El gélido ambiente sueco sería testigo del combate entre dos piezas de prestigio en un tablero de menor rango. El Olympique de Marsella, campeón de Europa en 1993, se perfilaba como el último hueso a roer de la competición.

Fabien Barthez lideraba a un equipo galo que no había escatimado en sorpresas para llegar al último partido del torneo; Liverpool, Inter de Milán y Newcastle fueron las víctimas de este coloso europeo que clamaba venganza por volver a levantar un título desde que descendiera a la Ligue 2 allá por 1994. Desde que tocara el cielo de la cima europea, los labios de los marselleses no saborearon las mieles de un triunfo de relevancia: la Ligue 2 de 1995 apenas fue un aperitivo para lo que deseaban sus fieles.

El partido, más plácido para los valencianos, se decidió por minúsculos detalles que tuvieron un factor determinante común: Mista. El murciano fue el desencadenante de la esperanza ché, primero, provocando la expulsión de Barthez y el penalti del 1-0 (transformado por Vicente) y, segundo, culminando una galopada del ‘14’ con una preciosa volea para sentenciar el encuentro. “Esta vez, sí”, llegó el momento -24 años después- de levantar un nuevo título europeo. Atrás quedaban las decepciones de Milán y Paris, escalones necesarios para llegar a lo más alto en Gotemburgo, ciudad portuaria donde zarparía el barco campeón con destino: el éxito.

La Historia vuelve a repetirse

Los recuerdos de las noches gloriosas iluminan el camino para el actual Valencia de Soldado y compañía, más si cabe por la sed que acusa la hinchada, ávida de resurgir a primera escena continental. El Stoke City es el primer óbice de este empedrado sendero donde sólo los más fuertes conocen la ruta hacia Bucarest, proscenio del más que suculento galardón.

Aquél “Bar Torino” que vio nacer el prototipo de esta camada, gritará como el primero para guiar a sus pupilos hacia esta Europa League, que, aun antojándose exigua para las aspiraciones de los de la capital del Turia, es vital para que vuelva a resurgir el espíritu de aquellos que lucharon por esta camiseta. Los Milego, Epi, Asensi, Kempes, Mendieta o Cañizares observan ilusionados el inicio de este nuevo capítulo en la Historia valencianista, un libro en el que muchas páginas están en blanco…queda mucho por escribir.

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