Octavio, el joven que asesinó a la República romana

El primer emperador de Roma tenía una personalidad fascinante y llena de matices. Hay una enorme diferencia entre el joven y despiadado Octaviano y el reflexivo y piadoso Augusto. Hasta la batalla de Accio (31 a.C.) fue el perfecto político maquiavélico con una ambición sin límites. Octavio se encontró con una República que agonizaba y a la cual no dudó en asestar el golpe de gracia.

Octavio, el joven que asesinó a la República romana
Augusto de Prima Porta del Museo Chiaramonti en Ciudad del Vaticano.

Octavio vino al mundo un 23 de septiembre del año 63 antes de Cristo en la ciudad de Roma. Su familia paterna, perteneciente al orden ecuestre, había saltado a la escena pública hacía un par de generaciones. Su abuelo se enriqueció por medio de su actividad como prestamista, que permitió a su padre emprender el cursus honorum, la carrera de las magistraturas. Considerado como un homo novus, un nuevo rico en el argot moderno, buscó fortalecer su posición casándose con Atia, hija de Julia y sobrina de un político ambicioso que estaba acumulando poder, Cayo Julio César. Este matrimonio tuvo dos hijos, Octavia la menor y Octavio.

El joven Cayo dio sus primeros pasos en la pequeña localidad de Velletri, de donde procedía su familia paterna. Según las descripciones, era pequeño de estatura, de constitución débil y salud tremendamente frágil aunque, sin embargo, mostraba una despierta inteligencia. A los cuatro años de edad tuvo que afrontar el tremendo golpe de la pérdida de su padre cuando se encontraba en el cénit de su carrera política.

Cayo pasó su infancia en el pueblecito de Velletri, alejado de las intrigas de la vida política romana

 

El pequeño fue enviado a casa de su abuela Julia mientras su madre contraía nuevas nupcias con Lucio Marco Filipo, cónsul en el 56 a.C. Octavio pronto comenzó a llamar la atención de todos debido a su incipiente madurez política. Cuando contaba 14 años, su abuela falleció y Cayo pronunció el discurso fúnebre, fue su primera aparición pública. El mismo año fue investido con la toga virilis, que simbolizaba el paso de la niñez a la edad adulta para todos los romanos, con un año de adelanto.

Retornó al hogar familiar y fue sometido a una completa educación por parte de su padrastro, hombre muy exigente. El joven había llamado la atención de su tío abuelo, que pronto se vio inmerso en la Guerra Civil que le enfrentó a Pompeyo y al sector optimate del senado. La enorme influencia de su pariente consiguió que a los 16 años Cayo fuera elegido para el Colegio de Pontífices y que al año siguiente se le encargara la celebración de los Juegos en honor a Venus Genetrix, la diosa protectora del clan de los Julios.

Octavio, agradecido por los honores dispensados por César, quiso unirse a sus tropas en África y,  posteriormente, en Hispania. En la primera ocasión se lo impidió la oposición de su madre, lo que no fue obstáculo para que su orgulloso tío le dejase ir con él en el carro de la celebración del triunfo de la batalla de Tapsos. La segunda vez que lo intentó fue en los compases finales de la guerra en Hispania, pero una enfermedad provocó que llegara cuando la campaña había finalizado. Este hecho fue empleado posteriormente por sus adversarios políticos para calificarle como cobarde y acusarle de falta de pietas, un deber romano basado en la devoción y la lealtad a los familiares.

En cualquier caso su tío, una vez ya con el poder absoluto sobre Roma, le mandó a  Apolonia, donde recibió formación militar al tiempo que completaba sus estudios en retórica con la ayuda de un conocido maestro del arte, Apolodoro de Pérgamo. Allí fue donde conoció al que sería uno de sus más inseparables compañeros, Marco Vipsanio Agripa. Un día algo turbó la apacible calma de la tarde griega. Un agitado esclavo solicitaba reunirse de inmediato con Octavio para transmitirle un mensaje urgente: su tío Julio había sido asesinado por varios senadores. El joven desoyó los ruegos y súplicas de su familia y amigos y se embarcó hacia Roma dispuesto a vengar la muerte de su pariente.

Antonio controla la situación

Mientras tanto, en Roma la situación se había normalizado  tras unos primeros instantes de angustia que apuntaban a una nueva guerra civil. Marco Antonio, nuevo líder cesariano y cónsul único tras la muerte de César, se hizo con el testamento del finado y sus papeles privados, las Acta Caesaris. Llegó a una solución de compromiso con el Senado: César no sería declarado tirano, por lo que sus actos de gobierno seguirían vigentes, su memoria y fortuna sería respetada y su testamento validado; a cambio Antonio dio la amnistía al grupo de conjurados capitaneado por Bruto y Casio. Además, el bando cesariano alejó de Roma a las tropas de César, temiendo que pudieran intentar tomarse la justicia por su cuenta.

El pacto de Antonio con los asesinos de César decepcionó a las tropas cesarianas que se inclinaron hacia el bando de Octavio

Estos acuerdos de las altas esferas no contaron con la feroz reacción de un pueblo que idolatraba a Julio César y que provocó que los homicidas optasen por un prudente exilio. Antonio había conseguido aplacar al Senado y controlar la situación, por lo que comenzó a mostrar su verdadero rostro. Bajo el pretexto de supervisar la colonización de veteranos de las legiones en Campania, aprovechó para reunir un ejército de 6.000 hombres. Posteriormente, para el escándalo de viejos republicanos como Cicerón, coaccionó al Senado para que aprobase una ley que le otorgaba el gobierno de la Galia Cisalpina cuando acabase su consulado cediéndole a cambio a Décimo Bruto, gobernador de la provincia, la región de Macedonia.

El testamento de César

En medio de ese ambiente hostil hacia Antonio, nuestro protagonista llegó a Roma. Allí se entero del contenido del testamento de su tío: le nombraba hijo adoptivo, lo que le otorgó el derecho a usar el nombre del dictador. Además, le legaba las tres cuartas partes de su fortuna. Octaviano aceptó la herencia y se convirtió de este modo en el sucesor político de Julio. Para llevar a buen puerto sus aspiraciones, el joven César esperaba contar con la ayuda y la amistad de Marco Antonio, que hasta entonces se había manifestado como fiel y leal a la causa cesariana. Sin embargo, para el general, que ya acariciaba el poder, la aparición del heredero de su antaño jefe, con lo que no contaba, fue un gran mazazo. Como poseedor de las Acta Caesaris, le correspondía a él sancionar la adopción y entregarle su dinero, a lo que se negó enfurecido. Octavio tenía que entregar a la plebe, según estipulaba el testamento de su padre adoptivo, una fortuna, para lo que recurrió a hipotecar sus propiedades y pedir prestado a sus amigos. Esto le hizo ganar para su causa el apoyo de los proletarii, la masa urbana de Roma y que fue la gran base de poder de su tío junto al ejército.

No solamente la plebe recibió con buenos ojos la llegada del heredero de César, sino que el Senado, aquel que irónicamente se había mostrado tan hostil hacia la figura del conquistador de las Galías, percibió en su figura una manera de contrarrestar la creciente influencia de Antonio. En palabras de Cicerón, la idea era "usar a Octaviano para destruir al cónsul y luego deshacerse de él y restaurar la República". 

La guerra de Módena

Sin embargo, el Senado pronto quedaría nuevamente horrorizado ante la enorme ambición y la falta de escrúpulos que demostró el joven. Para obtener dinero se apoderó de parte de los fondos destinados a la proyectada campaña contra los partos que planeaba su padre y a la que, según él, tenía derecho como heredero. Con esa fortuna reclutó un ejército ilegal de 3.000 hombres. Posteriormente, por medio de sobornos, consiguió que dos de las legiones de Antonio se pasaran a su bando constituyéndose con una fuerza de 9.000 legionarios. Para acrecentar su poderío militar, se valió de la simpatía y lealtad de los soldados cesarianos que se enrolaban en masa en sus tropas.

Mientras tanto, en el Senado se daba otro tipo de guerra, la propagandística. Antonio acusó a Octaviano de haber concedido favores sexuales a Julio César a cambio de su herencia, a lo que Cicerón contraatacó con su característico estilo mordaz: “…Qué vergonzoso. Ha lanzado contra Octavio unas asquerosas acusaciones basadas en los recuerdos de su propia indecencia y lujuria”. La hábil oratoria del retórico se plasmó en sus Filípicas, que constituyeron el primer triunfo político del futuro Augusto.

Cuando su mandato estaba a punto de expirar, el cónsul decidió marchar a su provincia asignada, la Galia Cisalpina, para reorganizar sus fuerzas y planear el asalto al poder. Allí se encontró con un problema que no tenía previsto: Décimo Bruto se negó a entregarle la provincia, asegurando que la conservaría para el Senado y la República romana. Los senadores apoyaron en masa a Bruto y además decidieron nombrar senador a Octavio, darle la prerrogativa de votar junto a los cónsules y revestirle de la propretura para que su ejército fuese legal. La Guerra Civil estaba servida y en ella César se mostraría marcadamente hipócrita: lucharía del lado de los asesinos de su padre contra el que fue su lugarteniente y hombre de confianza.

Tras fracasar los intentos de que Antonio se rindiera, Octaviano partió al frente de un ejército junto a los cónsules Hircio y Pansa. La victoria del bando de los senadores fue completa, pero a un alto precio: la muerte de los cónsules. El general cesariano, ahora enemigo público, se retiró a las provincias de su amigo Lépido.  

En este momento comenzaron las tensiones entre César y el Senado. Los honores del triunfo fueron destinados a Décimo Bruto, y a él no se le concedió ni siquiera el pequeño reconocimiento de la ovatio propuesto por Cicerón. Además se le exigió que disolviera su ejército. Envalentonado, el joven mandó un ultimátum al Senado: o le nombraban cónsul -aún le quedaban 20 años para tener la edad requerida- o marcharía sobre Roma. La resistencia de los senadores fue acallada con las monstruosas palabras del centurión que lideraba la partida: “Si no le hacéis cónsul lo hará la espada”. Octavio quería el puesto por una razón: negociar desde una posición de autoridad una alianza con Antonio usando como intermediario a Lépido. Su primera ley como cónsul fue declarar enemigos públicos a los asesinos de su padre y derogar esa condición para los dos generales. Consiguió del senado que se les dotara a los tres con poderes especiales durante 5 años y se consolidaron como amos del Imperio.

El segundo Triunvirato

Una vez en el poder, los triunviros desencadenaron un reinado de terror. Sabedores de que contaban con una amplía oposición en el Senado, redactaron una lista de proscripciones que incluían a unos 300 senadores y 2.000 miembros de la clase ecuestre. Los más afortunados solo fueron privados de sus bienes por la necesidad de los gobernantes de obtener recursos para la inminente guerra contra Casio y Marco Bruto, que se hallaban reclutando un ejército en Grecia. Se inició entonces un macabro juego de ajedrez en el que los peones a sacrificar eran seres humanos. Octaviano no tuvo ningún escrúpulo en permitir que Antonio se tomase la revancha e incluyese a su antiguo aliado Cicerón, que fue asesinado.

El 1 de enero del 42 a.C., a instancias de Octaviano, Julio César fue divinizado y él pasó a ser divi filius, hijo de un dios. Unos meses después Lépido quedó cargo al gobierno de Roma y los otros dos triunviros partieron a Grecia donde se enfrentaron en Filipos al ejército de los asesinos de César. Octavio, sabedor de sus escasas dotes militares -para sus críticos a causa de la cobardía-, delegó el mando de sus legiones a su lugarteniente Agripa, que junto con Antonio barrieron a sus enemigos. Tras ello, Bruto y Casio se suicidaron, lo que supuso el fin del partido de los republicanos. Aprovechando su poder total, decidieron repartirse el Imperio en pro de una mejor administración: Octavio fue dueño de Occidente, Antonio se quedó con Oriente y sus riquezas y Lépido tuvo que conformarse con la provincia de África.

Los primeros roces

Este pacto pronto tuvo que sobreponerse a graves problemas. La insatisfacción de los veteranos de las legiones por la lentitud con que César les concedía sus tierras de asentamiento provocó el surgimiento de una facción aglutinada en torno al hermano de Antonio, Lucio. Tras una breve campaña, fueron sitiados en Perugia, donde se les obligó a rendirse. Lucio, debido a su poderoso hermano, fue perdonado. Su esposa Fulvia, muy crítica con Octaviano, no tuvo tanta suerte y fue desterrada. La piedad de Octavio con su hermano no fue suficiente para aplacar a Antonio en su ánimo de enfrentársele. Tras una breve estancia en Egipto, donde comenzó sus relaciones con Cleopatra, marchó con sus legiones a Brindisi dispuesto a iniciar una nueva guerra civil. Solamente la actitud de las tropas de los dos personajes, que se negaron a enfrentarse entre sí, evitó la catástrofe. Para reforzar su alianza, Octaviano aprovechó que la esposa de su rival acababa de fallecer para concertar un pacto matrimonial por el que Antonio se casaba con su hermana Octavia. Por último, los poderes de los triunviros fueron renovados otros cinco años, hasta el 33 a.C.

Sin embargo, los nuevos lazos de familia adquiridos no mermaron la enemistad entre los dos. Su ambición era demasiado poderosa para verse refrenados por el parentesco. En el año 36 a.C. Quinto Pompeyo, hijo de Pompeyo el Grande y proscrito por el triunvirato, constituía una pesadilla para la navegación en el Mediterráneo Occidental por su actividad como pirata. Tras una serie de acuerdos que no concluyeron en nada, se decidió una expedición militar conjunta entre Lépido y César que tendría como objetivo la destrucción de la base de operaciones del proscrito, en Cerdeña. El primero se sintió reforzado por el triunfo obtenido y reclamó para sí el territorio, lo que se constituyó como un error fatal. Sus tropas le abandonaron y se pasaron al lado de Octavio, quien le destituyó de su provincia de África y le arrebató sus poderes de triunviro, aunque le permitió continuar como pontífex maximus. El triunvirato ahora se asemejaba más a una diarquía despótica del tipo oriental.

La Guerra Fría romana

Mientras tanto en Egipto Antonio, a pesar de que ya estaba casado, contrajo nupcias con Cleopatra, con la que engendró tres hijos: los mellizos Cleopatra Selene y Alejandro Helios y Ptolomeo Filadelfo. El triunviro abandonó sus costumbres tradicionales y comenzó a vivir como un sátrapa oriental. La pareja se consideraba a sí misma como la reencarnación de Isis y Osiris. Esto causó un gran escándalo en Roma, donde no se aceptó el matrimonio y se criticó duramente al general. Octaviano, para irritar aun más a la plebe contra Antonio, mandó a su esposa Octavia junto con un contingente que le prometió para una campaña contra los partos. Era una medida muy astuta, ya que el ejército solo estaba constituido por 2.000 soldados, insuficientes para cualquier campaña seria, y si permitía que se quedara Octavia podría desatar la ira de su amante. El veterano general sabía que gran parte de su poder se asentaba sobre Cleopatra y sus militares egipcios, por lo que devolvió a su mujer a Italia.

César ya se sentía con la suficiente fortaleza como para atacar a Marco Antonio, pero necesitaba el apoyo de la plebe urbana y la clase senatorial. Se ofreció a devolver al Senado sus poderes de triunviro si su compañero hacía lo mismo, a lo que se negó. Su rival contraatacó declarando a Cesarión, el hijo de Julio César y Cleopatra, como legítimo. El pretexto necesario para iniciar las hostilidades lo consiguió Octavio mediante un método despreciable: forzó a los sacerdotes del santuario de las vestales a que le entregaran el testamento de Antonio, el cual leyó en el Senado. En él se declaraba a Cleopatra como su legítima esposa y entregaba a sus hijos habidos con la egipcia todos los territorios que gobernaba en nombre de Roma, para que pudieran regirlos como reyes. Además pedía ser enterrado en Alejandría con su amante.

"¿Quién sería capaz de contener las lágrimas al ver lo que ha sido de Antonio? …Creo que esa maldita mujer le ha embrujado. Nadie debería seguir considerándole ciudadano romano, sino egipcio".

Octaviano convenció al Senado y al pueblo de que la lucha contra Antonio no sería una guerra civil, si no una entre Roma y Egipto. Sin escrúpulos pero con astucia e inteligencia supo aprovechar el terror y la repulsa del pueblo de Roma frente a lo extranjero. Los senadores votaron en masa para desposeer a Antonio de sus poderes de triunviro y declararle oficialmente la guerra.

La batalla de Accio

La reina en el centro convoca a sus tropas con el patrio sistro,

y aún no ve a su espalda las dos serpientes.

Y monstruosos dioses multiformes y el ladrador Anubis

empuñan sus dardos contra Neptuno y Venus

y contra Minerva. En medio del fragor Marte se enfurece

en hierro cincelado, y las tristes Furias desde el cielo,

y avanza la Discordia gozosa con el manto desgarrado

acompañada de Belona con su flagelo de sangre.

Virgilio                                                        

Las primeras batallas de la contienda se inclinaron del lado de Octaviano, cuyo general Agripa tomó varios puertos para dificultar el movimiento de las tropas enemigas. El dos de septiembre del año 31 a.C tuvo lugar el desenlace de la guerra. Antonio tenía de su lado la cantidad al contar con una armada mayor. Octaviano sin embargo era superior en la calidad, su tripulación estaba conformada por marineros expertos frente a los agricultores que había logrado reclutar su enemigo. Las flotas se encontraron en la costa de Nicópolis, junto al promontorio de Accio, en Grecia. Por ella discurre un pequeño brazo de mar que une el mar Jónico con el golfo de Arta. Virgilio la narró presentándola como una batalla de oriente, con el oscurantismo por bandera, contra occidente, defensora de la razón y el imperio de la ley.

Octaviano nuevamente delegó el mando en Marco Agripa, quien demostró ser tan buen almirante como general. En la escarpada costa griega, la práctica totalidad de la flota de Antonio fue hundida. El general pudo escapar con ayuda de la armada egipcia que se encontraba rezagada. El golpe fue tremendo. Antonio y Cleopatra organizaron una defensa a ultranza en torno a la costa de Alejandría y consiguieron resistir un año.

Tras una derrota en una escaramuza a Antonio, llegó el rumor de que su reina se había suicidado y éste, presa del dolor y la desesperación, se suicidó atravesándose con su espada. Pocos días después, Cleopatra se entrevistó con Octavio y se temió que éste quisiese hacerla desfilar por las calles de Roma como trofeo de guerra. La última de los Ptolomeos decidió acabar con su vida mediante la mordedura de un áspid. Los tres hijos de la pareja fueron enviados a vivir con la hermana de César, Octavia. Solo Cleopatra Selene consiguió llegar a la edad adulta. Cesarión no corrió la misma suerte y fue asesinado; no podía haber dos hijos de César. Tras miles de litros de sangre derramada, había un nuevo líder con poder absoluto sobre Roma.

Imágenes:

  1. Afrodita de Frejus del Louvre.
  2. Muerte de Julio César de Jean-Léon Gérome
  3. Busto de Bruto del Palazzo Massimo
  4. Estatua del orador Cicerón en Roma
  5. Mapa de la división del Imperio entre los triunviros de http://dustinsimmons.blogspot.com.es/2011/09/too-crowded-at-top-antony-octavian.html
  6. Denario con la efigie de Lépido http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/d/da/Marcus_Aemilius_Lepidus.jpg/250px-Marcus_Aemilius_Lepidus.jpg
  7. Busto de Marco Antonio de los Museos Vaticanos
  8. Mapa de la batalla de Accio de http://www.lahistoriaconmapas.com/imperios-reinos/roma/la-batalla-de-actium-el-final-de-la-guerra-civil-de-roma/
  9. La muerte de Cleopatra de Reginald Arthur.
  10. Augusto de Prima Porta del Museo Chiaramonti del Vaticano

Fuentes:

  1. José Manuel Roldán, Césares (95-127) La esfera de los libros.
  2. Yo César. Augusto. Discovery Channel.
  3. Roma del caos al orden. Octavio Augusto nacimiento del Imperio. Goldfbarb & Koval Productions, INC.
  4. http://es.wikipedia.org/
  5. http://www.historialago.com/leg_01530_augusto_01.htm
  6. http://www.lahistoriaconmapas.com/imperios-reinos/roma/la-batalla-de-actium-el-final-de-la-guerra-civil-de-roma/