Vladímir Komarov, ¿morir por la ciencia?
Foto: www.cnn.com

La reciente proyección cinematográfica de Gravity ha restablecido sentimientos humanos quizás perdidos, en esencia lo más puro de las travesías espaciales y la carrera por la llegada a la Luna. Esa foto que cambió para siempre la visión de nosotros mismos, la fascinación por el espacio, la contemplación de la esfera milagrosa, y el momento místico en la Soyuz, tan bien representado en el film de Alfonso Cuarón, pero también las miserias humanas del sistema, la reacción en cadena que provoca la destrucción de un satélite soviético que alerta sobre el desmembramiento del orden mundial y el modelo estadounidense de la Guerra Fría. Pues en esencia aquella batalla entablada entre la URSS y EEUU, fue representada al milímetro en la carrera espacial que llevó a Armstrong a la Luna el 21 de julio de 1969. Pero hasta ese día, hasta ese pequeño paso para un hombre, pero gran salto para la humanidad muchos perdieron y entregaron su vida a ese silencio místico y abrumador que se siente en el espacio.

Especialmente uno de ellos, el cosmonauta Vladímir Mijáilovich Komarov, que falleció haciendo lo que más amaba, pensando que entregaba su vida a la ciencia, pero con la certeza de que moría por la escena histórica y el verdadero contexto político, en el que la mítica Soyuz 1 se estrelló contra el suelo terrestre a más de 200 km por hora, reduciendo sus sueños a un amasijo de hierros y su amor a la vida a un reducido rastro de restos carbonizados.

Para comprender el luctuoso suceso que acabó con la vida del cosmonauta es esencial contextualizar históricamente las enormes deficiencias técnicas de aquella nave en plena carrera y apogeo de la Guerra Fría. Los soviéticos necesitaban imperiosamente ir por delante para demostrar su supremacía en el planeta y fuera de nuestros cielos, por lo que las presiones políticas hicieron que Komarov se subiera a la Soyuz 1 conociendo que estaba prácticamente condenado a morir. Lo sabía, pero se subió a esa Soyouz 1, a ese ataúd volante que era por entonces el tercer modelo de las míticas generaciones de naves tripuladas soviéticas, desarrollada luego de las series Vostock y Voskhod, que tantos éxitos les habían reportado, convirtiendo a  Yuri Gagarin, en el primer hombre en el espacio, a Valentina Tereshkova en la primera mujer y a Alexei Leonov en el primero en efectuar un paseo espacial.

Nacido en Moscú el 16 de mayo de 1927 comenzó a soñar con el espacio desde niño, pero pudo acercarse a su sueño en la década de los años sesenta, cuando el éxito de las Vostok inquietaba profundamente a los norteamericanos. Con la Vostok 1 Yuri Gagarin se convirtió en el primer hombre en el espacio, compañero al que conoció y con el que entabló una profunda y estrecha relación de amistad. Komarov miraba al espacio ansioso, deseoso de sentir ese miedo y esa paz. Como suplente de Pavel Popovich en la Vostok 4, sentía claustrofobia en la sala de control, pero una libertad absoluta imaginando cómo arriesgaba su vida a bordo de una de aquellas naves espaciales. Y pudo cumplir su sueño en 1964, cuando junto a otros dos cosmonautas ejerció de comandante piloto de la nave Voskhod 1.

El ingeniero Konstantin Feoktistov y el doctor médico Boris Yegorov le acompañaron en esta primera travesía, que respondió con gran éxito al avance estadounidense iniciado con el programa Gemini. La trepidante carrera por el dominio del espacio tuvo continuidad con el proyecto Soyuz (“Unión”), el equivalente soviético del Apollo estadounidense que permitiría un salto tecnológico en la industria espacial. Iniciado en 1962 por Serguéi Koroliov el proyecto Soyuz abrió definitivamente el espacio a la ingeniería espacial soviética. Koroliov ideó el Complejo 7K-9K-11K compuesto por tres tipos de cohete trabajando en la consolidación de grandes avances con respecto a sus predecesores, pues la Soyuz perfeccionaba los procesos de navegación autónoma, el mando, la maniobrabilidad, el acercamiento y acoplamiento. Pero hasta llegar a la perfección técnica serios contratiempos pusieron en duda la viabilidad del proyecto. La serie de vuelos experimentales de los cohetes activos y pasivos de la Soyuz zozobraron estrepitosamente presentando graves deficiencias técnicas. Hasta cuatro vuelos denominados Cosmos acabaron con una explosión de emergencia, por lo que el lanzamiento de la Soyuz-1, 23 de abril de 1967 fue un acto de tremenda irresponsabilidad y ejemplo de lo que puede llegar a provocar las presiones políticas en un equipo de tan alto nivel técnico como el que poseían los ingenieros espaciales soviéticos de la época. Se perseguía el acoplamiento entre dos naves tripuladas, estaba previsto que la Soyuz 1 tripulada por Komarov y actuando como "nave activa" se acoplara a la Soyuz 2 como "nave pasiva", que se lanzaría un día después con Valery Fyodorovich Bykovsky, Yevgeny Vassilyevich Khrunov y Aleksei Stanislavovich Yeliseyev, como tripulantes.

Así se dispuso que el lanzamiento tripulado de la misma se efectuara sin un vuelo experimental previo llevado a cabo con éxito. Leonid Brézhnev y Dimitry Ustinov tuvieron un alto grado de responsabilidad en la desgracia, especialmente Ustinov, que fue implacable en la presión a Vladímir Komarov, muy escéptico respecto a la viabilidad de la nave. Ustinov le dijo que si no accedía a pilotar la Soyuz le quitaría todas las estrellas de su pecho, y el director del programa Soyuz, Vasily Mishin, le llegó a gritar que no quería cobardes en sus naves.

En una inspección previa ingenieros de alto nivel identificaron hasta 203 problemas estructurales técnicos sin resolver en la nave, pero el líder soviético Brézhnev dejó muy claro que la URSS necesitaba un triunfo en la carrera espacial en el 50 aniversario de la revolución comunista. En un último intento de salvar la vida de su amigo Komarov, Gagarin escribió un informe describiendo detalladamente las deficiencias técnicas de la nave. Se lo entregó a su mejor amigo en la KGB, Venyamin Russayev, pero nadie se atrevió a ir contra los deseos de Brézhnev.

El lanzamiento siguió adelante, desde un mes antes Komarov sabía que era un suicidio, que existía un porcentaje muy alto de certeza de que jamás regresaría, pero se prestó como mártir evitando la muerte segura de Gagarin, (suplente en caso de no haber accedido a tripular la Soyuz 1) y los tres tripulantes de la Soyuz 2. Cuenta el periodista ruso Yaroslav Golovanov que aquel 23 de abril del 67, Gagarin se presentó en la plataforma de lanzamiento exigiendo vestir un traje espacial, pero en el vestidor cósmico soviético solo había reservado un traje, y este llevaba sobre su pecho el nombre de Vladímir Komarov, que se enfundó el lienzo mortuorio. Una explosión de malas sensaciones invadió sus sentidos, recordó la última mirada de su esposa, la sonrisa de sus hijos, y entró a la cabina de la Soyuz venciendo su natural  instinto de supervivencia, que le gritaba desesperadamente que aquel engendro de hierro era el mausoleo desde el que vería por última vez la Tierra.

Sin contratiempos se efectuó el lanzamiento, la Soyuz 1 despegó y entró en órbita con facilidad, Komarov tuvo tiempo para sentir ese silencio y la última contemplación mística de la célula madre azul de la que provenía, pero aquella paz se vio interrumpida por una cadena de fallos técnicos que convirtieron la misión en un auténtico infierno. Al abrir los paneles solares uno de ellos quedó bloqueado por lo que el sistema energético de la nave quedó sensiblemente mermado, perdiendo simetría, control térmico y estabilidad en los radares. Pulsó todos los dispositivos, recurrió a los planes alternativos de emergencia e incluso llegó a patear desesperadamente el dispositivo que hacía desplegar los paneles solares, pero aquella nave fue engendrada con idénticas deficiencias a las de sus hermanas no tripuladas que zozobraron en anteriores misiones.

Desesperado gritó a la sala de control: “Maldita máquina. ¡Nada de lo que hago funciona!” y desde tierra se barajó la posibilidad de lanzar la Soyuz 2 para rescatar a Komarov, pero se desestimó al instante por las tremendas reservas que albergaban respecto a la fiabilidad de la misma. Por ello se optó por hacer regresar cuanto antes a la nave pilotada por el coronel Komarov, el premier soviético Lexei Kosygin estableció una llamada para decirle que era un héroe y el cosmonauta pidió establecer comunicación directa con su esposa, a la que dejó todo dispuesto para atar el futuro de sus hijos, que heredaron su legado de ilusión y pasión por un sueño. Antes de hacer la reentrada y dar por finalizada la comunicación se despidió con la siguiente frase: “Si muero, no sintáis lástima por mí; habré muerto haciendo lo que más amaba.”

Su amigo Yuri Gagarin le trasmitía desde la sede de control las instrucciones para el regreso, Komarov inició las maniobras de parada de la nave mientras orbitaba el lado nocturno de la Tierra, el reino de las sombras envolvieron el destino inmediato de Komarov, que efectuó con enorme precisión el giro de la cápsula sobre sí misma. Tomando como referencia la Luna estabilizó y comenzó el frenado, el combustible se consumió y el sistema de navegación detuvo los motores para hacer la reentrada terrestre en modo balístico. Era el momento de activar y hacer uso del sistema de paracaídas pero al hacerlo falló, el diseño del contenedor (de forma cilíndrica) no era el más adecuado para garantizar el correcto despliegue del paracaídas principal y algunas partículas de resina sintética para el sistema de protección térmica se habían colado en los dos contenedores de los paracaídas (principal y de reserva). Dos deficiencias técnicas muy graves detectadas por la comisión de investigación posterior al accidente que provocaron el fatal desenlace.

De esta forma la Soyuz 1 se estrelló contra la superficie terrestre a una velocidad de 200 Km/h, según describe el libro Starman, escrito por Jamie Doran y Piers Bizony, espías estadounidenses en Turquía lo escuchan llorar de rabia maldiciendo a todos aquellos que le habían colocado en aquella nave ingobernable y repleta de fallas. Un instante antes de cortarse la comunicación la frase de Komarov se hace inaudible, pero el tono es tremendamente trágico, el cosmonauta no quería morir pero por presiones políticas acabó entregando su vida a la ciencia. Luego el más absoluto silencio, nada místico, mucho más doloroso del que se siente en el espacio, donde el nombre de Komarov permanece a la sombra de Gagarin y Armstrong, dos héroes que no habrían sido nada sin la figura del coronel, cuyos reducidos restos descansan en la muralla del Kremlin. Aquel cuyo nombre sirve para bautizar al asteroide número 1836 y para el que quedó reservado un lugar en la Luna, el cráter Vladímir Komarov, que da nombre a la valentía y heroicidad de un hombre que murió haciendo lo que más amaba y al que se le debe que la Soyuz se convirtiera en la nave espacial más segura.

Fotos: www.ninfinger.org

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