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Esos once pasos por el mundo: el penalti

"Un penalti es una manera cobarde de marcar" -Pelé-. "¿Hay algo más bonito que celebrar un gol?" -Andoni Bombín-.

Esos once pasos por el mundo: el penalti
Gyan falla un penalti.

A Di Stéfano le parecía un improperio festejarlos y cuando se determinó su invención -allá por 1891-, era un acto de poca caballerosidad para los primeros porteros en sufrirlo. El tiempo ayudó a cambiar la concepción del penalti y también lo llevó por las canchas para recoger historias del orbe futbolero.

Pocos jugadores profesionales sonríen cuando cobrarán un penal. Tal vez pueda ser error de los camarógrafos y las televisoras, que no se han encargado de buscar con minuciosidad caras alegres. Sin embargo, sucede lo contrario: el hombre en cuestión adopta una actitud adusta y sus ojos hablan más que sus propias piernas.

No para todos ha sido sinónimo de seriedad. En algunos futbolistas el penalti sirve o sirvió para devolver un poquito de la amargura que en determinado momento les significó vivirlos. Hablamos entonces de los arqueros. José Luis Chilavert y Rogerio Ceni se deleitaron con el doble placer de haber atajado un tiro desde los 9,15 metros y, a su vez, haber conseguido anotar desde aquella marca de cal.

Para otros, ese duelo cara a cara, parecido al estilo western, encarnó en el puro arte del engaño. Así, Antonín Panenka, cansado de que un compañero guardameta de su equipo le ganara las apuestas en las prácticas de los penaltis, ideó la forma de batirlo con más ingenio. Luego, en la final de la Eurocopa de 1976, con un golpeo suave y nunca antes visto, sorprendió a la afición, le brindó a Checoslovaquia el título continental y escribió su nombre en los anales balompédicos.

Acertarle a un arco de 7,32 x 2,44 metros, defendido por una sola persona y alejado de las redes por únicamente once pasos estándar, presupone un hecho nada hostil. No obstante, para ciertos jugadores o selecciones la amabilidad del penalti se ha convertido, mas bien, en una aspereza difícil de tratar.

Durante la Copa América 2011, en los cuartos de final, frente a Paraguay, los periodistas brasileños observaban con desconcierto cómo los suyos fracasaban, tiro tras tiro, en las cuatro oportunidades que tenían para anotar e intentar llegar a las semifinales del torneo. Ni los misterios de la samba y el regate, ni la propia historia que mantiene Brasil con el balón ayudó. Ese día la eliminación dolió, pero más se sufrió por el cuarteto de pifias.

A Asamoah Gyan los penaltis le han robado la sonrisa, los bailes de festejo, y le han ofrecido, en cambio, lágrimas de desconsuelo. Por celebrar en su mente, antes de patear la pelota, el delantero ghanés falló una oportunidad para colocar a su país en las semifinales de la Copa del Mundo Sudáfrica 2010. Dos años más tarde, en la Copa Africana de Naciones (CAN 2012) erró nuevamente un disparo desde el tiro penal. Minutos después, Ghana estaba fuera de la competencia.

Uno se equivoca y el otro acierta, es gol. O ambos se equivocan y al balón, en uno de sus caprichos, no le apetece entrar y prefiere irse lejos de la portería.

Para algunos es azar. Para varios es cuestión de talante y talento. Los hay con sabor amargo, como el de Platini en la tragedia de Heysel. Están los póstumos, como el Awana Diab, cobrado con el tacón, de los Emiratos Árabes Unidos. Otros se convirtieron en estigmas, como los tres malogrados en un solo encuentro por Martín Palermo en 1999.

Existen penaltis fallados imposibles de olvidar, otros agradables de recordar. Esos once pasos tienen cientos de historias en el mundo por contar.

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