La Champions League, la obsesión de Roman Abramovich

El magnate ruso llegó al Chelsea en junio de 2003 pagando a Ken Bates £140 millones destinando 100 millones más en la reconstrucción del equipo. Nueve años después, Abramovich aún no ha conseguido su sueño a pesar de haber gastado más de 900 millones entre fichajes, salarios, contrataciones y despidos de técnicos. Y comienza a impacientarse…

La Champions League, la obsesión de Roman Abramovich
La Champions League, la obsesión de Roman Abramovich

Los límites no existen para aquella persona acostumbrada a conseguir todo lo que se propone. El dinero se muestra como la vía del tanto tienes, tanto vales. Para Roman Abramovich (Saratov, octubre 1966) conseguir una fortuna de 13,4 mil millones de dólares (según la revista Forbes) no ha sido un camino de rosas. Con cuatro años quedó huérfano de padre y madre al tiempo que su tío lo criaba a orillas del Volga. Mientras servía al Ejército Rojo, apilaba poco a poco su pequeña fortuna hasta que en 1996 se convirtió, a la edad de 30, en un rico e influyente político amigo de Boris Yeltsin.

En junio de 2003 pagó 140 millones de libras para hacerse propietario del Chelsea. Gasto 100 millones más en fichajes Vivía cerca del Kremlin por petición personal de la familia presidencial. Tres años después, gobernaba Chukotka, una región remota de Rusia de 50.000 habitantes y que no le obliga a residir allí por ingresar ingentes cantidades de dinero para el desarrollo de la infraestructura regional y para proveer ayuda directa a los habitantes. Con su capital bien amasado, Abramovich decidió dar rienda suelta a sus ilusiones. En junio de 2003 pagó 140 millones de libras a Ken Bates, eliminando la deuda que padecía el Chelsea.

En el mismo verano inyectó un total de 100 millones de libras para reconstruir el equipo con fichajes. A cambio tan solo pedía un único esfuerzo: ser campeón de la Champions League. La copa, de 74 centímetros de altura, 8 kilos de peso y revestida de plata, brillaba en los ojos de Abramovich. No había precio demasiado grande que pagase si eran capaces de conseguir su objetivo.

No puede el codicioso ser agradecido. En el año 2008, un inexperto Avram Grant, con la amistad con Abramovich como único crédito para confiar en sus posibilidades en el banquillo, llevó al Chelsea a la final de la Champions League. Después de dos reputados entrenadores – Ranieri y Mourinho – un técnico desconocido en Europa lograba saciar la sed del magnate ruso en acariciar su fantasía. Pero no culminó su deseo y el sueño se convirtió en pesadilla. El Manchester United se proclamó campeón de la Champions League de la forma más espantosa (ganando por penaltis) para el equipo que tiene que ver desde el césped como su rival alza el trofeo. La codicia corrompió el alma de Abramovich, que cesó de inmediato a su amigo del cargo.

La avaricia de los ricos se convierte en su pobreza. En los nueves años de propiedad de Abramovich ha gastado un total de 875 millones de euros. A esta cifra no se le suma el total de salarios de sus jugadores, más los finiquitos y cláusulas de rescisión de los ocho entrenadores que ha contratado. En su mente, la Champions League. En su haber, tres Premier League (2004-05; 2005-06; 2009-10), cuatro FA Cup (2006-07; 2008-09; 2009-10; 2011-12), dos Carling Cup (2004-05; 2006-07), dos Community Shield (2005; 2009) y una final de Champions League (2008). Algo insuficiente y que pasa desapercibido cuando tu mirada está puesto en la competición europea.

Abramovich ha gastado más de 900 millones de euros en total con el Chelsea. Para él, la Champions League no tiene precio Decía el Dalai Lama que “el peligro constante es abrir la puerta a la codicia, uno de nuestros más encarnizados enemigos, y ahí reside el verdadero trabajo del espíritu”. Abramovich no atendía al esfuerzo de los entrenadores. En su cabeza tan solo cabían rápidos fotogramas que apenas lograba ver. Se imaginaba en su mente al capitán del Chelsea, John Terry, levantando el cetro de la Champions League, pero ese momento no llegaba.

Cuatro años después y previo paso de hasta cuatro entrenadores, el Chelsea vuelve a llegar a una final de la Champions League. No partía como favorito en ninguno de los enfrentamientos. Pero la unión del equipo ha conseguido obrar el milagro. Se repite el mismo guión que en 2008. Un entrenador sin apenas experiencia en los banquillos es el encargado de depositar fe en el viciado espíritu de Abramovich. Di Matteo llegó sustituyendo al revolucionario Villas-Boas, al que no dejaron acabar el proyecto de renovación ya empezado. Los resultados mandan en el club y el miedo a ser eliminado en Champions League decretó su despido. El exentrenador del WBA, ayudante técnico del luso, ocupaba el puesto de forma momentánea a la espera de encontrar un sustituto de garantías. Pero el milagro de Stamford Bridge tras el infierno de San Paolo encendió la mecha de la ilusión en los ojos del magnate ruso.

Desde que remontase el marcador adverso contra el Nápoles, el Chelsea ha despachado a Benfica en cuartos de final y al Barcelona en semifinales. En la final espera el Bayern de Munich con una baza a su favor. La UEFA designó el Allianz Arena (estadio del conjunto muniqués) como campo para la final. Las estadísticas no son favorables. El Chelsea ha ganado uno de sus partidos a domicilio esta temporada en toda la competición. Además, la última victoria en tierras germanas tiene como fecha los octavos de final de la temporada 2003-04 contra el Stuttgart. Mientras Di Matteo apela al espíritu de Avram Grant, Abramovich desea que la suerte, por fin, torne a su favor, buscando piedad por las formas en las que cayó derrotado en 2008.