Una Liga sin Campeones

Arranca la primera fase de la Champions League. En ella participan, divididos en sus ocho grupos, un total de 32 equipos. De ellos, sólo 17 pueden presumir de haber ganado la Liga de su país el año anterior. El resto, con la excepción del Chelsea que defiende título, compite al máximo nivel por un abuso en el nombre y por un afán recaudatorio que, en el fondo, es perjudicial para el fútbol europeo.

Una Liga sin Campeones
Lille OSC. Participa en Champions. ¿Su mérito? Tercero en la Liga Francesa. (uefa.com)

A la UEFA, acrónimo francés de Unión Europea de Fútbol Asociación, pertenecen, según su propia página web, 53 federaciones. La soberanía de esta entidad supranacional abarca todo el Viejo Continente, desde gigantes como Rusia hasta países de bolsillo como Andorra o Liechtenstein. Incluso se admite la presencia de países que geográficamente no está claro si son de Europa o de Asia (léase Georgia, Armenia, Azerbayán o Turquía). Hasta cabe Israel, enteramente en territorio asiático, pero que, por sus peculiaridades étnicas y políticas, es mejor que juegue aquí antes que con sus vecinos más cercanos.

La propia UEFA creó, allá por los años '50 del siglo pasado, una competición destinada a enfrentar a los vencedores de la liga de cada país para determinar quién merecía el trono de Rey de Europa. Curiosamente, aunque todos los que participaban, sin excepción, lo eran, el torneo no llevaba la palabra "campeones" en su nombre: era la vieja Copa de Europa. Era un torneo razonablemente equilibrado, en el que si bien había conjuntos con más poder que otros, mal que bien todo el mundo podía tener una oportunidad. Celtic de Glasgow, Brujas, Malmö, Panathinaikos, Partizán, Steaua, por no hablar de Ajax o Benfica... no era raro que equipos de federaciones "pequeñas" alcanzaran la final o incluso se llevaran el título a casa.

Y Copa de Europa se llamó hasta que la ola de modernidad de los '90 se sacó de la manga el nuevo nombre, coincidiendo con una sutil modificación de formato: ya no sería todo a eliminatoria directa, sino que algunas fases de la competición se disputarían en una liguilla. El año 1997 fue el punto de inflexión. Ese verano se estableció que ya no era necesario haber ganado la Liga para poder participar en el torneo de Campeones: bastaba con ser segundo, si tu país estaba en los puestos más altos de la clasificación que establece la propia UEFA. En la práctica, esto equivale a que tu nación tenga un mercado televisivo potencialmente fuerte y se pueda sacar más tajada de la mayor cantidad de partidos. 

Por si fuera poco, el año anterior se había aprobado la ley Bosman. La mala interpretación y el exceso de celo de las instituciones de la Unión Europea transformaron el caso de un jugador de tercera fila, que simplemente quería desvincularse de un contrato abusivo, en barra libre para que los equipos de toda la Unión pudieran alinear a tantos jugadores "comunitarios" como desearan, sin tener que mantener una cuota mínima de futbolistas nacionales.

Los ricos, más ricos

La consecuencia de ambas circunstancias es la globalización extrema del fútbol, entendida en el sentido negativo. Ya no había restricción alguna para que los equipos de países más pudientes ficharan a cualquier pelotero que destacara, aunque fuera un poco, en el resto del continente. Los clubes de esas naciones se volvían cada vez más poderosos, mientras que los demás, otrora fuertes, veían su capacidad menguada a límites ridículos. Plantearse siquiera la posibilidad de que un combinado rumano o serbio ganara el torneo, como ocurría apenas una década antes, era un mal chiste.

Curiosamente, este naciente desequilibrio no fue visto como algo negativo para la competitividad, sino como algo bueno para el negocio de la televisión. ¿Qué importa a los dirigentes del fútbol eso de la pelotita cuando sobre la mesa hay contratos multimillonarios? Así, la tendencia se fomentó hasta llegar a extremos ridículos. Léase, por poner ejemplos cercanos y con todo el respeto del mundo para los implicados, la presencia en la Liga "de Campeones" de terceros o cuartos como el Betis, el Celta de Vigo, el Villarreal o el Málaga, que ni son campeones (salvo los verdiblancos antes de la Guerra) ni tienen aspiración realista a serlo.

Mientras tanto, una treintena larga de campeonatos locales languidecen, menguados hasta el extremo, sangradas todas sus figuras que (legítimamente) se han ido a medrar a otras tierras con más dinero. No queda ningún Čech en Chequia, ni ningún Džeko en Bosnia, ni ningún Cristiano Ronaldo en Portugal. Bien es cierto que los clubes de allí tienen derecho a participar, pero de lejos, arrinconados en rondas previas, que no molesten. Pensarán Platini y compañía que ya bastante generosos son permitiendo que una carambola del destino haga que, por ejemplo, el BATE Borisov se cuele en la fase de grupos y se den el capricho de visitar estadios grandes.

Aburrimiento generalizado

Así, privadas de buena parte de sus alicientes, las ligas de media Europa se han convertido en torneíllos menores a los que ni sus propios conciudadanos prestan atención. Háganse cargo: es imposible encontrar una camiseta del Újpest, o del MTK, o incluso del Ferencváros, en ningún centro comercial del centro de Budapest, pero no hay ningún problema para localizar equipaciones blancas o azulgranas. Aún más terrible: es probable que bastantes lectores, aun considerándose muy aficionados al noble arte del balompié, ni siquiera hayan oído hablar de ninguno de aquellos equipos que, sin embargo, acumulan cada uno más de dos docenas de títulos en el otrora fortísimo fútbol húngaro.

Habrá quien opine que es mejor como están las cosas ahora, porque los equipos fuertes son aún más fuertes y el espectáculo que dan es más interesante. Bueno, es una forma de verlo, perfectamente respetable si se plantea el fútbol como show, como representación escenificada en la que la estética predomina sobre todo; el hincha que piense así se conformará con que su presidente le compre a los figurines más lustrosos del mercado y, si la victoria de los suyos no es lo suficientemente apabullante, se desentenderá del tema.

Sin embargo, hay (o había, porque cada vez lo ponen es más difícil) otro tipo de aficionado que ve el fútbol como competición, como rivalidad justa y leal en el terreno deportivo, como algo donde no se excluye la belleza, pero el componente principal es la pasión. A esa gente, aunque sean de los que ganan, les debe resultar aburridísimo que desde el citado 1997, y con la extrañísima excepción del Oporto-Mónaco de 2003, todos los campeones y todos los finalistas del torneo que debería encumbrar al mejor de Europa se concentren en cuatro países: España, Inglaterra, Italia y Alemania. Serán los tiempos modernos, pero una competición en la que se sabe de antemano de dónde va a salir el ganador (que a lo mejor ni siquiera ha hecho méritos para clasificarse) pierde todo su encanto y buena parte de su interés.