La impasible quietud de Anfield
Liverpool y Tottenham protagonizaron un irresoluto encuentro, en el que ninguno de los dos mereció ganar. Con el de ayer, los “reds” lograron su octavo empate en casa y ya han conseguido más victorias a domicilio que como locales.
El Tottenham se jugaba más de lo aparente contra el Liverpool. Siempre presente en la memoria de los "spurs" está la ambiciosa meta de la Premier, pero eso ayer fue irrelevante. En Anfield, el Tottenham se jugaba su leyenda.
Los "spurs" son el perfecto candidato a luchar contra los terribles ·'Manchesters', es cierto, pero las heridas del Tottenham se abren cada vez que pisan Mersey. Desde que se constituyó la presente Premier League, los pupilos de Redknapp solo han vencido una vez en las tierras rojas de Liverpool. Demasiado castigo para un club tan grande.
El partido comenzó como una fiera salvaje en reposo, esperando a despertarse. Con una calma prácticamente inhumana, ambos conjuntos controlaron los nervios y jugaron con paciencia para evitar desgracias. El Liverpool buscaba los tres puntos, pues la Champions está cerca; mientras que los visitantes no se podían permitir una derrota, ya que Manchester nunca perdona.
Ambos titántes empezaron tan impasibles, que se perdieron en la niebla. Mientras que el Tottenham era detenido con la sola presencia de Skrtel, los “reds” luchaban contra el sueño a base de chispa y fútbol directo. El toque de Gerrard iluminó al Liverpool en su batalla frente al destino. Encauzando el juego, el capitán y Charlie Adam mecieron la pelota de izquierda a derecha, cabalgando sobre el césped para llegar hasta Friedel. Sin embargo, el Tottenham estaba prevenido.
Los “spurs” se plantaron con rigor sobre el campo y ajustaron líneas para borrar cualquier espacio. Los visitantes cerraron filas. Agazapados a la espera, el Tottenham recurrió a Parker para salir controlando. Pero aunque el inglés tocó con cariño la bola, sus compañeros se sumieron en un abismo de errores; incapaces de crear juego. No es que recurrieran al pelotazo, todo lo contrario, pero sus mentes se disipaban mas allá de medio campo.
Embrujados por el hechizo de Anfield, el Tottenham reculó hacia su portero. La barrera de los treinta superaba el luminoso cuando el Liverpool dio un paso decisivo; o casi. Porque aunque los “reds” lo intentaron sin descanso, el meta americano apenas tuvo trabajo. Carroll, más que nunca, fue un irritado turista del área contraria y no fue porque su calidad errara el tanto, sino porque nadie le ayudó a encontrarlo. Apenas aparecieron balones con verdadero peligro, y tan sólo, un misil dirigido de Spearing, en el minuto 33, animó Anfield.
Hacia el final de la primera parte, el partido comenzó a desperezarse. Un par de centros y una esperanzadora contra de los “spurs” dieron alas a unos aficionados cuyas mentes estaban muy lejos de lo que acontecía sobre el terreno. Al fin se atisbaba al Tottenham, pero como un fantasma, los de Redhanapp desaparecieron al instante.
Cuando se reanudó el encuentro, la espesa niebla se implantó de nuevo. Incapaces de salir de la senda infructuosa, el Tottenham recurrió al pase para despertar del sueño, pero fue inútil. Todo Anfield, incluido el Liverpool, pareció caer en la terrible trampa del conformismo; y aunque Bellamy o Parker intentaron luchar, el destino fue sellado. La lucha de titanes se perdió en la nada.
Desde el banquillo, Dalglish leyó los devenires de un grisáceo futuro y arengado por su historia sacó algo de chipa. Downing y, sobre todo Suárez, salieron al campo para imprimir velocidad al tembloroso juego. El uruguayo regresaba al terreno tras ocho partidos en las gradas, Anfield aplaudió a su estrella y él correspondió con fuego.
Suárez cumplió su parte, pero nadie más lo hizo. Lo que al principio se presentaba como una verdadera batalla entre dos rivales ansiosos por la victoria, ahora, no significaba nada. Ni siquiera un gol cantado de Carroll, en el 74, embraveció a Anfield.
Solo hacía el final, cuando todos parecían satisfechos con las sombras presenciadas, las conformistas mentes visitantes derrotaron a la calma y recurrieron al orgullo para buscar el triunfo. Tanto, que en el 82, Bale bien pudo marcar el 0-1. El galés corrió como el rayo y atento Kranjar, apreció el esfuerzo. Con un pase realmente medido, el croata dejó solo al potente extremo, pero Reina, o mejor dicho su salvadora rodilla, evitó la debacle.
Cuando el encuentro finalizó, el graderío se marchó aliviado. El partido jamás tuvo ritmo, y aunque el Liverpool intentó aprovechar la decepcionante propuesta del Tottenham, el empate, una vez más, conquistó Anfield.




