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El foco de las envidias

Pongámonos en situación: el deporte español arrasa allá por donde va. Despierta tantos elogios como desprestigios en un mundo en el que todo se mira con lupa y se busca el momento más propicio para desacreditar un fruto cuidado desde hace años.

El foco de las envidias
El foco de las envidias.

A lo largo de la historia del deporte siempre han existido los vencedores y, en contraposición, los derrotados. Un triunfo despierta orgullo y satisfacción para el que lo consigue, mientras que la decepción inunda las mentes de los vencidos. La consecución de un éxito deportivo ofrece una puerta fácil de abrir, pero difícil de cerrar cuando llega la hora de sucumbir ante un rival más preparado. No en vano, no es baladí dejar crecer en nuestro interior sentimientos de admiración y entereza ante lo logrado, siempre y cuando el mantenimiento de esa época feliz no quede ensombrecido por el desprestigio y la envidia –insana- en el momento del abatimiento.

Como bien sabemos todos, desde hace ya una década –incluso más-, el deporte español ha sufrido una transformación repentina, aunque cuidada y regada durante los años con perseverancia y paciencia. Muchas son las semillas que se depositaron en tierra húmeda durante la historia de España, sin embargo, pocas fueron las que germinaron hacia la gloria final. Estoy hablando de ejemplos puntuales que maravillaron al mundo como los Santana, Bahamontes, Ballesteros, Nieto, Fernández Ochoa…primeras muestras de dominio español, aun en deportes minoritarios para la población ibérica.

Cada poderío español significaba una ola de moda en el territorio nacional. Los jóvenes comenzaban a empuñar raquetas, a pedalear sin temor o a coger un palo de escoba y cavar un agujero en la tierra. La fiebre por poseer un referente español invitaba a practicar más y más deporte, a preguntarnos por qué no seríamos capaces de competir al máximo nivel con potencias abastecidas ingentemente de medallas, trofeos y títulos. Los sueños de nuestros primeros agraciados representaban el nacimiento de miles de nuevos sueños destilados por el aroma de la victoria.

Toda conversión tiene un punto de reflexión, un instante espacio-temporal que confirma los hechos precedentes para explosoniar definitivamente. Corría el año 1992 y Barcelona preparaba la gran prueba de fuego para el país: los Juegos Olímpicos. Los ojos del planeta se centraban en la capital barcelonesa expectantes ante la magnificencia del evento. Organización, estructuras y deportistas rindieron a un nivel espléndido para dar a conocer el cambio de la mentalidad española.

Hijos del olimpismo son los que hoy dominan el deporte a nivel planetario. Como ya adelantaba en el inicio de estas líneas, las derrotas van acompañadas de decepción y, lamentablemente, también –en ocasiones- van escoltadas por la envidia. Yannick Noah es el último ejemplo de impotencia, de intentar justificar por cualquier medio por qué su país no rinde al nivel que él desea o, simplemente, de acusar al éxito español por ser precisamente eso: español.

Llevar 28 torneos sin que un tenista galo consiga alzar el torneo por antonomasia de Francia, 26 años sin que un ciclista de la tierra de la fraternité circule de amarillo por los Campos Elíseos o que unos señores vestidos de rojo ganen casi todo en fútbol, baloncesto o hockey patines (da igual la disciplina) pueden ser una de las causas por las que el extenista francés haya decidido dedicar unas palabras de su columna a vincular al deporte español con el dopaje. Acusar sin fundamentos no es muy elegante.

Quizá fue esa sensación de no superar a los adversarios lo que llevó a Savanovic (ex de Power Electronics Valencia) a acusar a los españoles de ser “lo más vago que hay” apenas unas semanas después de que España se adjudicara el Eurobasket: ¿coincidencia? Maradona tampoco quiso dejar pasar la ocasión (durante el Mundial de Sudáfrica) de desmerecer el mérito español y nos deleitó con perlas como: “Parecía que había que dar la Copa a España y jugar los demás por el segundo puesto”.

Es cierto que estamos experimentando la mejor época del deporte español en su historia, que nos enorgullece que seamos enaltecidos en los países adversarios, que nos hayamos acostumbrado a ganar; en cambio, en algún momento –próximo o no- el nivel decrecerá sustancialmente. Si queremos seguir siendo campeones, tendremos que serlo dentro y fuera de la cancha. Así, alejaremos el foco de las envidias de nuestro punto de mira; así, continuaremos ganando.

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