Manny Pacquiao, la sonrisa del guerrero

La sonrisa que muestra Manny Pacquiao cuando es presentado antes de cualquiera de sus combates se extiende a los millones de espectadores que le ven por todo el mundo. Saben que van a ver pelear al mejor. Aunque, como la del todo el mundo, su sonrisa es un gesto implícito a la felicidad provocada por variables que se escapan a lo que uno puede controlar. Un boxeador que sonríe gracias a su esfuerzo, al apoyo de una nación, y a la redención de un gran actor.

Manny Pacquiao, la sonrisa del guerrero
Manny Pacquiao, la sonrisa del guerrero

Once de enero de 2009. El actor Mickey Rourke se levanta de una de las mesas del Hotel Beverly Hilton de Los Ángeles para recoger el Globo de Oro al mejor actor dramático por la película ‘The Wrestler’. Mientras sube las escaleras hacia el escenario, el actor se coloca sus gafas moradas al tiempo que destierra aquellos demonios que tanto le pesaban.

Apenas un mes antes, un pequeño filipino retiraba a uno de los mejores boxeadores de los años noventa y los primeros dos mil, El 'Golden Boy' Oscar de la Hoya. Después de los primeros ocho asaltos de la llamada ‘Pelea de ensueño’, la esquina de De la Hoya tiraba la toalla ante la apabullante superioridad del tagalo, tras el abandono, el oro olímpico de Barcelona 92 anunciaría su retirada. Ese pequeño hombre con bigote que había tenido enfrente era Manny Pacquiao, que por aquel entonces ya contaba con cuatro títulos mundiales.

En 1990, después de grandes éxitos de público y crítica como ‘Nueve Semanas y Media’ o ‘Burfly’, Mickey Rourke sufre un gran varapalo con la película ‘Orquídea Salvaje’, una copia barata de ‘Nueves Semanas y Media’ que  derribó el castillo de arena sobre el que se construye la carrera de un joven sex-symbol ‘hollywoodiense’ como era Rourke. Desorientado tras el fracaso, decidió cumplir un sueño que guardaba desde pequeño, al igual quizá que cualquier aficionado al boxeo, y se metió entre las 16 cuerdas. El desencanto que le había producido la actuación  lo empujaba hacia su deseo más interno.

Con la idea se ser profesional, Rourke pasó por un par de entrenadores que lo desdeñaron, hasta que conoció por casualidad a un emergente y prometedor entrenador llamado Freddie Roach. Tras seis peleas dentro del circuito profesional  –que incluso le llevaron a disputar un combate en Oviedo- Rourke tuvo que dejar los rings cuando los médicos le avisaron de que si seguía peleando corría el riesgo de sufrir daños neurológicos severos motivados por unas lesiones que tuvo en su juventud.. Pese a la frustración, aquel boxeador que actuaba le cedió todo su equipamiento a Freddie Roach, con el que acondicionaría su gimnasio, el Wild Card de Los Ángeles.Imagen de Mike Guatella

Rourke nunca dejó de compaginar la actuación con el boxeo durante el tiempo que estuvo en activo -hasta 1994- pero se vio relegado a aceptar pequeños papeles tanto en cine como en televisión. Después de varios litros de alcohol, un par de arrestos, y unas cuantas operaciones de cirugía estética, Mickey Rourke volvía a subirse a un ring, pero esta vez para interpretar al personaje que le traería de vuelta el reconocimiento que perdió. “Una de las cosas que me faltaban como actor eran  la concentración y la disciplina. Eso es algo que Freddie Roach me inculcó con el boxeo, y que he sido capaz de tener conmigo de un tiempo a esta parte. No creo que fuera el mismo actor que soy hoy en día, volviendo de nuevo, sin las lecciones que aprendí de él” comentaba el propio Rourke en una entrevista para la ESPN.

Diez años después del primer encuentro entre Roach y Rourke, un joven filipino entraba al gimnasio Wild Card de Los Ángeles tras bajarse de un avión procedente de Manila e ir de San Francisco a la capital angelina en bus. Otros diez años más tarde, y con casi 12 kilos más de peso, ese pequeño filipino llamado Emmanuel Dapidran Pacquiao  ha ganado seis títulos mundiales en seis categorías distintas y es un ídolo en su país, donde desde la primavera de 2010, es diputado por el congreso.

La dualidad es el motor de las historias que merecen ser contadas, e incluso del pensamiento. El Ying y el Yang, el héroe contra el villano, el ángel y el demonio, la locura coherente del Quijote, o la crueldad justificada de Hamlet. La misma dualidad que presenta un actor que se construye a partir de sus jirones, o la de un boxeador que sonríe ilusionado al entrar al ring, para después apretar sus puños reconociendo que solo va a quedar uno en pie.

“El hombre que lo cambió todo”.

A su llegada a América, Pacquiao había logrado ostentar el cinturón de campeón mosca durante unos meses. Ávido de combates importantes, la suerte le sonrió como sonríe a los campeones alguna vez en su vida. Lehlohonolo Ledwaba, el campeón mundial de supergallo, se quedó sin oponente pocos días antes de la velada en la que rellenaba el cartel de la espectacular pelea entre De la Hoya y nuestro ‘Lince’ Castillejo. Cosas del destino, De la Hoya vería esa misma noche como en el combate secundario del programa, Pacquiao hacía con Ledwaba lo mismo que haría con él dentro de unos años.

Desde entonces, el tándem Pacquiao-Roach se erigiría como la esquina más letal de los últimos años. El trabajo de Freddie Roach y sus asistentes consiguieron convertir la mano derecha de un zurdo como Pacquiao en una bomba igual de potente que su puño izquierdo, además de mantener la agresividad y la velocidad de un peso mosca conforme el tagalo fue ganando kilos.

Freddie Roach, un boxeador mediocre en su juventud, tiene ahora un sitio dentro del Salón de la Fama del boxeo. Es una relación recíproca y extraña, aquel hombre dañado por el parkinson que padece desde hace años, que aparenta esconderse detrás de sus gafas de pasta y al que cuesta entender, es el mismo que aporta el carácter que necesita un campeón de boxeo. El que dice que su chico va a tumbar a Margarito en seis asaltos delante del oponente, mientras Manny se tapa la cara como diciendo ‘esto no va conmigo’.

El ‘devorador’ de mexicanos.

Marco Antonio Barrera, Juan Manuel Márquez, Erick ‘El terrible’ Morales, Solís, Larios, Velázquez, Margarito…  La lista de boxeadores mexicanos que han caído frente a Pacquiao es infinita. Todo arrancaría a finales de 2003, cuando la esquina de Marco Antonio Barrera -considerado el mejor boxeador mexicano del momento, y que acabó con la leyenda del mismísimo Prince Naseem- se levantaba poco antes de finalizar el undécimo round deteniendo su voluntad por continuar.

Después llegarían los dos únicos boxeadores que han conseguido poner en apuros al PacMan, el gran Erick Morales, último hombre capaz de vencer al filipino allá por 2005, y que vería como al año siguiente este le ganaría por K.O. en dos ocasiones. Y su gran oponente: Juan Manuel Márquez, que después de enfrentarse en 2004 y 2008, con resultado de empate y victoria por una polémica decisión dividida para Pacquiao, cerrarán su historia el próximo 12 de noviembre en el MGM de Las Vegas.

Con su victoria de 2008 frente a Márquez, Pacquiao consigue el título de campeón mundial superpluma, que le impulsaría a cerrar ese mismo año con otro título más, el logrado tras noquear a David Díaz por la corona de los ligeros. De este modo, Pacquiao se convierte en el único boxeador filipino y asiático en ganar cuatro títulos importantes en cuatro niveles de peso y en el primer peleador filipino en ganar un título mundial de peso ligero.

Pero el círculo no se cerraría ahí. En 2009, Pacquiao vence a Miguel Ángel Cotto y se abrocha el cinturón de la categoría welter. Ante la falta de registros por batir, llega el momento de inventárselos, y es entonces cuando el PacMan decide enfrentarse al conocido como ‘El Tornado de Tijuana’, Antonio Margarito. Con una difencia de 16 libras entre ambos boxeadores y más de diez centímetros de altura para el mexicano, tan solo el corazón de Margarito lo mantuvo en pie hasta el tañido final de la campana, pese a la fractura ocular que sufrió durante el combate. Pacquiao se llevaba así su sexto título mundial, imponiéndose ahora en la categoría de los superwelter.

Casi un año más tarde, el destino volvía a juntar por el mismo cable de unión la historia de dos auténticos boxeadores de la vida. El pasado uno de octubre, a la entrada del Teatro Chino de Los Ángeles, Mickey Rourke inmortalizaba sus manos en el cemento fresco, peleando una vez más, pero esta vez por contener las lágrimas, mientras que, entre medio de los flashes, un viejo amigo suyo observaba la ceremonia: El entrenador del actual campeón del mundo en seis categoría distintas.