La mentalidad de las máquinas

La mentalidad de las máquinas

Lo presenciado ayer en el Tour de Francia, camino de la estación de esquí de Peyragudes, tiene tantas lecturas posibles como un cuadro de Salvador Dalí. El ciclismo, a lo largo de la historia, ha podido servir como inspiración de las pinceladas del pintor de Figueras o de las obras de André Breton. El surrealismo ciclista sigue vivo y este mes de julio encuentra su apogeo en la ronda por etapas más prestigiosa.

Después de la llegada de los corredores a la meta, el helicóptero de la televisión francesa nos ofrece siempre bellísimos planos de las llegadas. Las imponentes imágenes nos invitan a reflexionar sobre lo acontecido, casi como si nos ofrecieran un escenario idílico y recóndito donde surgiera la inspiración y reconstruyéramos una historia, un cuento, a través de una mirada global. Y llega un momento en que te quedas con cara de tonto.

El aficionado ciclista cada vez es más imbécil al acabar una etapa, pero poco después vuelve en sí y ordena su mente, desordenada e impulsiva, como la de los artistas surrealistas. La confusión se vuelve incredulidad, y a la vez genera una incómoda sensación, mezcla de decepción y vacío, como si, rescatando sabias expresiones castizas, te hubieran dado gato por liebre.

Dejando de lado actitudes incomprensibles como la del equipo Liquigas en el día de ayer, que merecerían un estudio psicológico exhaustivo, el que un gregario del equipo del líder tenga más fuerza y credenciales que su propio jefe no es nuevo, ya hemos tenido casos muy similares a lo largo de la historia de este bello deporte: Greg Lemond y Bernard Hinault, Aitor González y Óscar Sevilla y, apurando y obviando matices, Jan Ullrich y Bjarne Riis. De esta manera, lo de Chris Froome y Bradley Wiggins en el día de ayer no debería provocar semblantes incrédulos e histerismo colectivo. El ciclismo es un deporte individual, a pesar del ‘equipismo’ que nos pretenden inculcar últimamente, y casos como éstos volverán a repetirse en el futuro.

Ante esta situación, Wiggins y Froome deberían haberse jugado el Tour en libre competencia

El verdadero problema de actuaciones como la de ayer, en la cual la armada británica de Sky parecía más bien el ejército de Pancho Villa, protagonizando, en plena ascensión final, escenas más propias de un patio de colegio que del ciclismo profesional, es la adulteración del espectáculo. Mientras aquellos dos discutían como críos, Alejandro Valverde ganaba una etapa, merecida, sí, pero no brillante, por todo lo que la rodeó. Podía, debía, haber ganado Froome perfectamente, pero la disciplina férrea que tanto publicita Sky, ese ciclismo de robots, ayer quedó retratado, debido al choque de dos egos bastante contradictorios, sobre todo por sí mismos, ya que mezclan ese espíritu de trabajo científico y seriedad con aspectos gamberros e inconformistas. Muy mod todo, como no podía ser menos. Las máquinas se transformaron en entes humanos y se rebelaron.

En condiciones normales, Froome y Wiggins debían haberse jugado el Tour entre los dos, en buena lid, sin presiones externas y sin seguir al pie de la letra las cláusulas de sus contratos. O uno u otro. Es algo que hubiéramos agradecido todos los aficionados. Pero teniendo en cuenta y llevando hasta las últimas consecuencias los roles que ostentan en su equipo, Wiggins, en vez de mencionar y alabar tanto a su ídolo Indurain, no hubiera estado nada mal si hubiera seguido algunos de sus principios en la carretera, como el de regalar etapas.

Ayer, los dos corredores quedaron en evidencia por su comportamiento

De todas formas, hay que poner de relevancia el choque de personalidades, en la cual el director de turno debería haber ejercido como árbitro, que para eso le pagan. Froome, con sus gestos, ha dejado en evidencia a su líder y a sí mismo, echando más leña al fuego, reavivando de nuevo el debate y el circo mediático que lo rodea, con discusión de cónyuges incluida. Wiggins quiere, por todos los medios, y esta actitud es comprensible, suavizar la polémica y no prostituir su casi sentenciada victoria en el Tour 2012. El actual maillot amarillo ha justificado el papel secundario de Froome, asegurando que en la Vuelta 2011 fue líder del equipo en los momentos decisivos y que, en esta temporada, se comprometió a ayudarle en el asalto a la ronda gala. "El plan era trabajar para Brad y proteger el amarillo", cofirmaba Froome. 

“Chris va a ser segundo en dos grandes vueltas yendo a rueda, pero el que está soportando la presión desde enero soy yo”, argumenta Wiggins, en declaraciones en la rueda de prensa de ayer, recogidas por El País. “Él está fresco como una lechuga, porque nadie le ha exigido nada. Soy el mejor ciclista de todo el año, desde febrero estoy ganándolo todo, y no es justo que aquí me pregunten todos los días si gano porque no están Contador y Schleck, si gano porque Froome está en mi equipo o si mi Tour se recordará más por los casos de dopaje”.

Con esta última justificación, muy razonada, ya que Wiggins ha arrasado esta temporada ganando París-Niza, Romandía y Dauphiné, quiso quitar hierro al asunto. Lo más probable es que dé un golpe de autoridad en la crono del sábado, queriendo callar bocas. No olvidemos que en contrarreloj no ha tenido rival y que esta especialidad forma parte del Tour tanto o más que la montaña. Dejando de lado los comportamientos surrealistas del ciclismo de máquinas y el vacío de la última jornada pirenaica, el Tour sigue teniendo un posible ganador digno. Peores cosas se han visto.