La primera estrella nació lejos de Sudáfrica
Hubo un tiempo en el que el Sol no acariciaba el horizonte del éxito español. Una elipsis temporal donde el fracaso abanderaba cualquier tentativa hispana de saborear la espléndida miel de la gloria. El pesimismo campaba a sus anchas por las malas hierbas del jardín trasero sin ánimos serenos para dilucidar el digno sendero que daba paso al triunfo. Algunos, ingenuos, apuntan a Austria y Suiza como epicentros de la victoria balompédica; se equivocan, el mástil que fija tal proeza se levantó en España allá por 1996 y se rubricó en Guatemala cuatro años después.
El éxito, al igual que el fracaso, son esferas contenidas en un reloj de arena. La esfera superior siempre es propensa a dejar abandonar la arena hacia la esfera inferior. Escasos son los instantes en los que la grava aglomera la mayor proporción en el primer fragmento, como también efímeros son los momentos que acompañan a la gloria. La esfera inferior representa lo antagónico de su antecesora, la derrota, como lapso eterno que no admite cambios. Una vez cesa la cascada, no hay opción al retorno.
El fútbol español ha estado marginado por el axiomático bastón de la dicha durante la mayor parte del rastro dejado por Cronos. La didáctica de la victoria rehuía una y otra vez como prueba evidente de no encontrar huésped idóneo en la vetusta Hispania. No supimos ganar, ni aprendimos a hacerlo. Nuestras miradas aspiraban a obviar las victorias ajenas, pero el corazón, barómetro inequívoco de la vida, viraba los pensamientos hacia la impotencia y rabia.
Un período secular trajo consigo un único triunfo ensombrecido por el manto del franquismo en el 64. Añejo regusto casi olvidado e irreconocible por el paso del tiempo. La huella temporal recordaba un campeonato que difícilmente serviría de orgullo para generaciones posteriores. Casi cinco décadas después, los herederos de aquél grisáceo triunfo colorearon el fútbol con exquisito pincel en las galerías de Austria, Suiza y Sudáfrica. A la vez que el muro de la inferioridad se derrumbaba, emergía un cambio social, como si la losa del pasado se desprendiera a peso sobre la ineptitud deportiva.
Lo que no muchos saben es que tal recorrido no acababa de empezar, sino que llevaba construido más de una década. Aislado por un barullo mediático que dotaba de mayor importancia a la insistencia en el fracaso que a la constancia de lo empíreo, el 'hermano menor’ del fútbol empedraba el camino con tenacidad y paciencia. Las primeras piedras fueron colocadas en el lugar idóneo para emprender un desafío: desde casa. España presenció desde primera fila cómo un equipo nacía sin el reconfortante afecto materno que desprende el reconocimiento. En el 96, España se proclamaba campeona de Europa y subcampeona del Mundo de fútbol sala.
Sin embargo, la poca relevancia de la cosecha –para algunos- apenas dignificó el guiño de un país que vivía por y para el césped. El ‘verde’ de fastuosos estadios mandaba sobre el parquet de recatados pabellones. No importaba, Guatemala contribuiría a la decoración del glorioso camino construido, tornando las frías piedras en doradas baldosas que acreditaban el Campeonato del Mundo a orillas del nuevo milenio. Una vez más, la casualidad quedaba excluida del Olimpo futsalístico cuyos dioses vestían de rojo y gualda.
El siguiente éxito no se demoró más allá de un año con la segunda corona continental. El viaje a Rusia no pudo más que confirmar la hegemonía ibérica en las antiguas estepas soviéticas como si de la División Azul se tratase. Durante dos años, España acaparó los dos trofeos de máxima prevalencia en el planeta. Sin más armas que la ilusión y el afán, la eficacia acusó resentimiento con la visita a tierras transalpinas. El empuje del levante mediterráneo imprimió mayor impulso a una selección italiana que acabaría alzando el trofeo aún impregnado con el aroma español. Una espina digna de desvanecer el sueño que permaneció intacto durante 7 años.
Dicen que sin riesgo en la lucha, no hay gloria en la victoria. España arriesgó su propio ego y quedó retratada. El mal sueño duró un año, lo necesario para encontrar en el segundo título mundial el remedio perfecto contra el insomnio. Taiwán era testigo de que el pecho español luciera las dos estrellas por las que se conoce a esta ‘Roja’. Dos estrellas que no significaron el freno a una generación formidable que en los 6 años posteriores sumaron tres nuevas Eurocopas (República Checa, Portugal y Hungría), nada que envidiar a los que adoran las líneas de cal por las que la pelota mancha su existencia.
Y llegamos a 2012 con la oportunidad de hacer converger a ambas dominadoras de sus disciplinas en una misma izada de bandera. El inminente Europeo de Croacia, antesala de la Eurocopa de Polonia y Ucrania, servirá para enlazar los dos fútbol en un mismo culmen. No es más que un corazón futbolístico que busca unión en torno al trato de la pelota, una pelota que se muestra inalcanzable para adversarios. El camino, guiado por tres estrellas que custodian el devenir, observa la caída de la arena deseoso de que el tiempo se congele en esa primera esfera.


