Un sueño imposible de olvidar

El CDB Manzanares Fútbol Sala cierra la mejor temporada de su historia. Subcampeón de la Segunda División, el conjunto manchego ha ido superando las barreras que aparecían en el camino. Terminada una campaña memorable, es momento de decidir qué pasará con el equipo.

Un sueño imposible de olvidar
La ciudad de Manzanares nunca dio la espalda a su equipo / Foto: Roque J. Cuesta
Érase una vez la historia de un club humilde, guerrero e inconformista. De una entidad que más allá de pensar en la rendición, quiso convertir un sueño en la historia más mágica que vivir y disfrutar. El reto era sobrevivir, mantener viva la ilusión aun sabiendo que los recursos escaseaban en tiempos flagelados y adormecidos por una crisis económica que ha golpeado más fuerte a los humildes que a los poderosos. A veces, la dificultad era tan extrema que resultaba un reto peligroso seguir recorriendo un camino repleto de obstáculos. Era preferible caer y levantarse que no sentirse derrotado sin haberlo intentado.  El CDB Manzanares Fútbol Sala siempre dio la cara, aunque la incertidumbre y la preocupación fueran las principales antagonistas. La ciudad fue creyendo, fue sintiendo la obligación de acompañar al equipo en el éxito y en el fracaso, en la victoria y en la derrota. Convirtió el Pabellón de la calle Maestro Villatoro en un fortín donde ningún equipo fue capaz de ganar en Liga (14 victorias y 1 empate). La unión del equipo con la afición se fue convirtiendo en un matrimonio perfecto, en ese amor verdadero en el que una persona vive y cuida de la otra sin esperar nada a cambio. 
 
Estar en Segunda División era un premio, una recompensa al trabajo bien hecho durante estos años. Y se optó por dar continuidad a un proyecto brillante en lo deportivo pero débil en lo institucional. Incluso, se exprimió la imaginación para ahogar las incapacidades y los malos presagios. Pero cuando se lograba una solución, aparecían más problemas e inquietudes que hacían más vulnerable el empeño de continuar. Cualquier idea era motivo para creer, para tener esperanza y llenar un vacío monetario que pronto fue un continuo quebradero de cabeza. Se lanzaron voces de socorro, palabras de auxilio que resultaron desconocidas, desatendidas o ineficaces. Y aunque la herida era cada vez más dolorosa, el inconformismo era el antídoto para dormir la agonía y prolongar una realidad distinta pero merecida.  De ser un ascendido, a ser la revelación de un campeonato que ha terminado por admirar la grandeza y la honradez de un grupo humano que ha escrito los mejores renglones en forma de goles, carisma y afán de superación. De ser un rival más en la Copa del Rey, a superar a equipos como el Extremadura Cáceres 2016 (4-5) o el Puertollano FS (4-1) y poner en aprietos al mismísimo Caja Segovia en los octavos de final (1-2). Incluso, fue campeón de la Copa Diputación (5-2) tras voltear un resultado adverso (3-1) en la ida a los de David Ramos. De ser un club que luchaba por la permanencia, a quedar segundo en la Liga -a sólo tres puntos del Oxipharma- y aspirar a jugar en la Primera División.  
 
Jugadores, cuerpo técnico y junta directiva siempre se armaron de valor, de ese atrevimiento que también inducía miedo y tanto riesgo. Como aquella rueda de bicicleta que sufre un inesperado pinchazo, los parches sirvieron para reparar y poder proseguir, pero no para sobrevivir a base de meros arreglos de urgencia. La temporada avanzaba mientras el tiempo y los apuros amenazaban con destruir una utopía que fue de todos hasta el final. Incluso se resistió como aquel enfermo que aunque siente la decadencia, es capaz de agarrarse a cualquier ápice de esperanza.  Los 'playoffs' eran un escaparate, una razón más para justificar que el éxito reside en la humildad y en el sacrificio. Enfrentarse al Burela Fútbol Sala era un desafío, una forma de medir el entusiasmo con la experiencia. Tras la derrota en el primer partido (3-1), únicamente valía ganar para forzar un tercer encuentro. Con el factor cancha a favor de los ciudadrealeños, el conjunto gallego se puso el traje de peor enemigo y se convirtió en esa pesadilla que iba a despertar -de la quimera- al conjunto manchego de un sobresalto extraño y amargo. 
 

Con el empate en el segundo asalto (2-2), era necesario jugar una prórroga que iba a ser la génesis de un desenlace áspero y cruel. Caprichos del destino, los penaltis castigaban a un CDB Manzanares Fútbol Sala que creyó más que nunca en sí mismo. Tanto la grada como la pista fueron un laberinto de corazones golpeados, de almas sin consuelo que divagaban y se preguntaba por qué así. Voces y almas quebrantadas, una hinchada que aún tuvo valor para abrazar y despedir a sus jugadores como héroes, como ese valioso ejemplo que han sido para el deporte y para la propia vida.  Ahora el futuro es una incógnita, una encrucijada en la que abundan las preguntas pero escasean las respuestas. Perdurar por encima de las posibilidades es imposible. Ya no basta con pagar sueldos con el dinero de las taquillas, con raquíticas subvenciones o con cantidades que han ido llegando a cuentagotas. Es necesario, durante este mes de junio, sentarse a hablar y a reflexionar con la cabeza más allá que con el corazón. Haya o no milagro, estas líneas no bastarán para recordar un año irrepetible.