Incomprendido corazón

Los flujos de la gloria circulan tan rápidamente como la sangre bombea el impulso que hace latir al corazón, al igual que la efervescencia de un éxito efímero cuyo retenimiento en el recuerdo apenas dura unos instantes. No hay mayor tortura que la del insípido reconocimiento tras la conquista da la cima más escabrosa, agudo entierro de la esperanza. Aun así, el fútbol sala sigue vivo.

Incomprendido corazón
Incomprendido corazón

La fe en el éxito, inversamente proporcional al agua en desierto, se concibe como piedra base en la construcción de la identidad ganadora, más si hablamos de España, cuyo ADN muta en cepas hostigadoras de inferioridad y vigoriza el alma guerrera de la victoria. Uno de los principales huéspedes de la mutación que convierte en satisfacción las ilusiones primerizas, el fútbol sala, acunó el polímero del sacrificio desde la más remota cuna, aquella que es cómoda y confortable, pero que, desterrada en el ostracismo, no vio la luz mediática en su gestación.

Pese a no crecer entre acogedoras manos que le guiaran hacia un camino, el futbito –como se le conoce en el terreno coloquial- labró desde su nacimiento una trayectoria exenta de ludópatas influencias por el negocio, una visión acorde con la personalidad que le caracteriza: la humildad. No es hogar para vuvuzelas que pregonen sin pausa el entusiasmo, sino que, arropados por el invisible calor que desprende el amor por un deporte, el esfuerzo gratifica la siembra del bisoño pasto con dos Mundiales y seis Eurocopas.

No es casualidad. La magia que acontece sobre el parqué rectangular no es comparable, quizá, a la magnificencia del césped, como tampoco es equiparable la repercusión del juez que comparten, el esférico, en sus respectivas hinchadas parroquiales. Y es que el tamaño de sus acciones –no sólo del cuero- dista de forma tan descarada como la distancia que separa los extremos de los cabos de Gata y Finisterre. Una lucha que, entre hojas de periódico, nunca logrará vencer, pero que, auspiciado por la frialdad de los resultados cosechados, alimenta el fuego de la superioridad.

Fue Guatemala, epicentro de la eclosión, la que vislumbró por primera vez una estrella en el pecho. Corría el año 2000 y España, desde su primer partido como Selección Nacional de fútbol sala (año 82), apenas dio muestras hasta aquella fecha de su potencial (sólo la Eurocopa que regentaba en 1996). Picotazo a la historia del quiero y no puedo, cuya niebla quedó disipada en el momento que Javi Rodríguez, mito de esta grandiosa epopeya, caligrafió por vez primera el nombre de la vetusta Hispania en un trofeo únicamente reservado para los campeones del planeta.

Después, acompañado por más soledad que caterva, el manto bordado ya con hilos rojigualdas se extendió por territorios donde antes el miedo aterraba la estancia. Rusia, Taiwán, República Checa, Portugal, Hungría y, más recientemente, Croacia, contribuyeron como espectadores a que las vitrinas de los sueños despertaran repletas de satisfacción. Similar al reinado de Felipe II, donde el Sol no se ponía en el Imperio, España conquistó territorios con Javier LozanoJosé Venancio López como particulares monarcas.

Trayectoria sin reconocimiento

Preludio de la más bella canción, una melodía que enamora en pequeños teatros, pero con la suntuosidad de las más hermosas obras de arte. A lo largo de los 30 años que acumula la Selección en su lomo (desconocido para muchos), han transcurrido jugadores de todos los cortes posibles sobre una cancha, unos hombres que contaban cada victoria cosechada como una confirmación de los valores más que como un azote al resto. Encontramos, sin incidir en exceso, auténticas insignias mundiales en la disciplina: Julio García, Paulo Roberto o Luis Amado, estiletes responsables del ensalce futsalístico.

Sin embargo, el exitoso rastro dejado parece no tener asignado un lugar fijo en la élite deportiva española, justo el lugar donde sólo ocupa el asiento durante la época d bonanza. Este exclusivo club en el que fútbol, tenis obaloncesto poseen entrada VIP vitalicia, no alaba con acordes de permanencia su presencia. Una muestra de ello la localizamos en el ‘Príncipe de Asturias de los Deportes’, galardón por excelencia que premia unos valores morales (no sólo competitivos) en el deseo de fomentar diversos aspectos del deporte; curiosamente, las tres disciplinas mencionadas con anterioridad recibieron, en mayor o menor medida, su reconocimiento. Es el caso de tenistas como Martina Navrátilová (1994), Arantxa Sánchez-Vicario (1998), Steffi Graf (1999) o Rafa Nadal (2008), seguidos de la selección española de baloncesto tras su conquista del Mundial de Japón (2006) y las selecciones nacionales de España y Brasil, ambas ganadoras del Mundial de fútbol (2010 y 2002, respectivamente).

Dudas difuminadas, merecedores idóneos del premio. Sin embargo, utilizando un rasero con idéntica métrica, observamos que, en cierta manera, los éxitos del fútbol sala están devaluados. Quizá sea por la cotidianeidad con la que llegan los trofeos del futbito o por premiar el eco de la miel nunca probada, pero el hecho inequívoco es que la ponderación del seleccionado dista de lo promulgado.

En cualquier caso, existen posibilidades de que se borde la tercera estrella este mismo año en el campeonato mundial de Tailandia. Punto de inflexión o no, el corazón seguirá latiendo sin atisbo de taquicardia y, pese a espasmos irrisorios, “somos fútbol sala”.