No a los Juegos Olímpicos de Madrid 2020

El pasado 24 de mayo Madrid pasó el primer corte y se convirtió en candidata oficial para acoger los Juegos Olímpicos de 2020. Cayeron dos rivales (Bakú y Doha), así que sólo quedan otros dos (Estambul y Tokio), sobre los que la capital española parece tener una ligera ventaja. Sin embargo, debido a la nefasta situación económica actual, organizar un acto de tal envergadura sería un esfuerzo que la ciudad no está en condiciones de asumir y que no traería beneficios, sino más bien todo lo contrario.

No a los Juegos Olímpicos de Madrid 2020
Madrid quiere montar unos Juegos en este sitio. En serio.

Créanme, no lo digo por envidias regionalistas ni por ganas de fastidiar. Conozco bien la ciudad, tanto como si hubiera nacido y vivido allí toda la vida. Por eso, considero que la capital de España no puede permitirse la organización de unos Juegos Olímpicos, y que insistir con el empeño después de los dos fracasos anteriores es un derroche de recursos (porque las campañas publicitarias no salen gratis) y de energías que mejor destino tendrían en cualquier otra tarea.

En Madrid no debe arder la llama olímpica por varios motivos. El primero es evidente: no hay dónde. En la actualidad, los madrileños sólo disfrutamos de un puñado de instalaciones del nivel adecuado. Evidentemente lo mejor que tenemos son los campos de fútbol, deporte que suele derivarse a las subsedes de turno. También se puede jugar al tenis en la Caja Mágica, al baloncesto y al balonmano en el Palacio de los Deportes (si el carísimo coste de mantenimiento no lo impide), en el Madrid Arena o, a las malas, en Vistalegre (aunque no sé qué tal le parecerá al Comité Olímpico dar pelotazos en una plaza de toros), y las piscinas del Mundial 86 y el hipódromo de la Zarzuela, con algún que otro apaño de renovación, valdrían para acoger las pruebas de natación y equitación.

Pena de Peineta

Dirán que es mucho, que estamos sobrados, pero falta lo más importante: el estadio olímpico. Porque, como sabrán, lo de la Peineta no hay por dónde cogerlo. El presunto coliseo, que costó un buen dinero en su momento, se encuentra actualmente en un estado bastante cochambroso, y no precisamente por su desgaste como sede de competiciones deportivas: habría que hacer un esfuerzo de memoria para recordar algo más que el Atleti-Barça de la Supercopa de 1996. A las labores de adecuación añádanle hacer más cosas que no tenemos. Está pensado, por ejemplo, erigir un majestuoso pabellón de voleibol, que por lo visto iría en Coslada. No tenemos un río decente sin contaminar (báñense en el Tajo en Aranjuez si se atreven), por lo que se requiere, además, un canal para las pruebas de piragüismo y remo, que por lo visto iría en Getafe, no sin un importante coste ecológico. Sería necesario también un velódromo y algún sitio decente para jugar al hockey sobre hierba. Otras muchas pruebas, de esas de las que sólo nos acordamos cada cuatro años, tipo boxeo, bádminton, ping-pong o lucha, tendrían que buscar hueco en los pabellones del IFEMA a falta de un sitio mejor.

En Madrid los únicos deportes fomentados son fútbol, fútbol, un poco de baloncesto y más fútbolTirando por lo bajo, son tres o cuatro obras de muy grandes dimensiones. Y ya saben cómo se construye en este país, que se presupuesta por diez, cuesta veinticinco y alguien se lleva cuarenta. Tirando por lo bajo, la broma se pone en dos o tres centenares de millones de euros. En tiempos de recortes en educación y sanidad, parece casi obsceno siquiera plantearse la posibilidad. Imaginen la escena: abuela, si quiere ir al hospital a que le revisen esa prótesis de cadera cójase el autobús, que ya no hay ambulancias, y su nieto lo mismo tiene que pedir una hipoteca para pagarse la matrícula de la universidad, pero ya verá lo bien que se lo va a pasar dentro de ocho años cuando vea (o no, porque las entradas valdrán un pastón) a los mejores atletas del mundo trotando por la ciudad durante medio mes.

Más allá de que sean o no la solución adecuada, la razón, o la excusa oficial, de los recortes es que no hay un duro en la caja. Y no hay un duro porque durante los años de "bonanza” (pongan la cantidad de comillas que deseen) se derrochó a lo loco. No se trata ya de aeropuertos como el de Castellón o el de Ciudad Real; en la misma capital tenemos un caso sangrante, como es el de los túneles de la M-30. Un lustro con todo el sur de la ciudad colapsado para enterrar una autovía, montando un entramado subterráneo que se atasca igual, que no permite pasar de 70 por hora en condiciones de tráfico fluido so pena de ser retratado por alguno de los millones de radares, y que al poco de su inauguración ya está lleno de socavones. Se reconoce el mérito de que en superficie el parque lineal del río ha quedado muy bonito. Pero a cuento de esa zona de paseo, y de otras tantas faraonadas del anterior alcalde, el municipio sufre una deuda de, agárrense, más de seis mil millones de euros. Se lo pongo en números, que impresiona más: el dinero que debe Madrid supera los 6.000.000.000 euros. No intenten calcularlo en pesetas si no tienen provisiones de biodraminas.

Intentaron vendernos durante un tiempo la moto de que el estadio se iba a pagar solo, a cuento de un convenio con el Atlético de Madrid por el que el club rojiblanco pagaría la obra y se quedaría con el campo después de los Juegos, tras vender los terrenos del Vicente Calderón para que hicieran pisos. Por si aún se creen esa patraña, recuerden que según  los papeles firmados ya hace cuatro o cinco años que tendrían que haber empezado las obras. De todas formas, la operación no tiene demasiado sentido, ya que se basa en la venta de lo que se iba a edificar en el suelo del Manzanares... vendido a precios de antes de la crisis, impagables en la actualidad. Por si fuera poco, los jueces han puesto alguna que otra pega: en esa zona no se podría edificar más de cuatro alturas, con lo que habría aún menos inmuebles que vender y los números cuadrarían menos aún. Todo se viene abajo, como suele ocurrir cuando se hacen negocios con condenados por estafa como Miguel Ángel Gil Marín.

Madrid ¿2021, 2022…?

Supongamos, es un suponer, que al final el dinero apareciera de algún sitio y las pistas de todos estos deportes se construyen. ¿Qué se hace con ellas luego? La experiencia nos dice que ocurriría algo parecido que con el Estadio Presuntamente Olímpico de Sevilla, utilizado desde su construcción para un Mundial de atletismo, una final de UEFA, algún concierto y paren de contar. En Madrid los únicos deportes que se fomentan son fútbol, fútbol, fútbol, un poco de baloncesto, fútbol y más fútbol, y a veces fútbol sala, que ni siquiera es olímpico. Un equipo autóctono, no traído a golpe de talonario, de balonmano de élite que había en la región, el Alcobendas, y tuvo que cerrar el chiringuito por falta de apoyos y de patrocinadores. Se mediría en arrobas la cantidad de polvo que cogería un velódromo en esta nuestra Comunidad. No, mal que nos pese esto no es Cataluña, donde juegan hasta al hockey sobre patines si se lo proponen, y la gente va a verlo y todo.

Gestiones lamentables como la intervención policial en Neptuno con la Europa LeagueMe cuentan que serían muchos los turistas que vendrían a visitar la ciudad en esas dos semanas veraniegas de desenfreno deportivo. Bienvenidos serían, aunque como sabe cualquiera que haya pasado un verano aquí, no es que falten. En todo caso, si nos los dan en 2020, ¿nos habremos conseguido quitar para entonces la fama que tenemos en países como Japón de país de carteristas y atracadores? Me cuentan también que esos mismos turistas dejarían también bastantes beneficios en las arcas de los comerciantes locales, y que sería de tontos renunciar a ellos. Se conoce que la naturaleza de estos beneficios es positiva dependiendo de la conveniencia política de los líderes de turno; si fuera por Esperanza Aguirre, la final de Copa, que habría dejado en la ciudad hasta 9 millones de euros, se tendría que haber disputado a puerta cerrada.

Aun así, me da en la nariz que el balance no terminaría de equilibrarse. Dos semanas de competición, con los Paralímpicos un mes entero; siendo generosos, contando con que los espectadores vinieran un poco antes para aprovechar y ver la ciudad, mes y medio de gran afluencia de gente de medio mundo a la ciudad. Asumamos como cierto un incremento posterior de visitantes, aunque según algunos experto en el tema la cosa no está ni mucho menos tan clara; pongamos, por apuntar alto, un 10% más durante cinco años. Y ahora miremos hacia el otro lado. Construcción de infraestructuras, y no sólo estadios: habrá que ampliar la oferta hostelera, mejorar el transporte público (o al menos mantener en buen estado la red actual), crear o ampliar puntos de información turística, garantizar unos servicios de limpieza eficaces y todos los etcéteras que se les puedan ocurrir. Todo esto, naturalmente, a crédito, ya que, insisto, las cuentas municipales no andan en muy buen estado; reserven, por tanto, una partida importante para pagar los correspondientes intereses. Crédito que además, tal como está el patio (qué les voy a contar de Caja Madrid, digo Bankia, que no sepan), no tengo claro de dónde va a salir. No, definitivamente no cuadra.

La chapuza nacional

Para terminarlo de arreglar, la imagen que transmitimos al mundo no es precisamente la más adecuada. Ya se sabe que para el Comité Olímpico ese criterio tiene una importancia relativa, hasta el punto de que el último pebetero con el fuego sagrado estuvo en un país tan democrático como China. Pero los hechos ocurridos en los últimos tiempos en Madrid transmiten sensación de que las fuerzas de seguridad actúan de modo arbitrario, usando la violencia extrema como recurso demasiado frecuente; evidentemente no por responsabilidad de los agentes, que la mayoría de las veces no hacen más que obedecer, sino de las mentes pensantes que dictan órdenes. No me refiero a las manifestaciones del 15-M, que eso daría no para un artículo sino para una enciclopedia entera, sino a gestiones tan lamentables como por ejemplo la intervención policial en Neptuno la noche que el Atleti ganó la Europa League, o la muerte de un seguidor del Athletic de Bilbao por el impacto de una pelota de goma. Extranjeros aficionados al deporte, ya saben lo que les espera si vienen a España a ver competir a los suyos y se les ocurre festejar una victoria.

Que no caiga en sensacionalismos, me exigirán. Que son casos aislados y esporádicos y que, en todo caso, la forma de actuar de nuestros cuerpos de seguridad puede cambiar con la dirección adecuada. Otro esfuerzo mental puede hacerme aceptarlo. Lo malo es que la mala imagen va más allá y afecta directamente a nuestra capacidad de organización. Muy recientes están aún dos episodios vergonzosos: el último Masters 1000 con la pista azul que criticaron todos y cada uno de los tenistas de élite que participaron, y el numerito de la pitada al himno en la final de la Copa del Rey, con reacciones a cuál más bochornosas de uno y otro bando. Por no hablar, sin salirnos del mismo torneo futbolístico, del follón que es, año tras año y sin que consigamos escarmentar de una maldita vez, la elección de la sede y la fecha para la final de este torneo. O el jaleo cotidiano de los horarios de Liga; en cualquier país serio un aficionado sabe cuándo va a jugar su equipo con meses de antelación y puede planificarse el viaje, mientras que en España a veces se decide la misma semana del partido. No somos capaces de gestionar en condiciones el deporte que más nos gusta, como para hacerlo con otros de los que el 90% de la población no conoce ni el nombre.

En definitiva, parece más que evidente que Madrid no está preparada para organizar un acontecimiento de tal magnitud, que el coste de prepararse es inasumible y que los beneficios futuros son más bien una quimera. No obstante, ya va a ser la tercera vez que lo intentemos; lo mismo nos los acaban dando y todo, por cansinos. Llegado el caso, más nos vale que para entonces el panorama haya cambiado, en especial en el ámbito económico, para que no se conviertan en un trampolín para el desastre absoluto… igual que le ocurrió a Grecia tras Atenas 2004. La otra cuna de nuestra civilización, Roma, demostró algo más de sensatez y renunció a sus planes de competir por acogerlos. Lástima que, con tanta reforma y contrarreforma educativa, cada vez tomemos menos ejemplo de los clásicos.