Atlanta 1996: el pebetero olímpico, el último combate de Muhammad Alí

Entre el crepitar del fuego en su comienzo y la paz que otorga la ceniza una vez extinguido, Muhammad Alí domó las llamas en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996 haciendo frente a temblores que obstaculizaban su encendido.

Atlanta 1996: el pebetero olímpico, el último combate de Muhammad Alí
Atlanta 1996: el pebetero olímpico, el último combate de Muhammad Alí

La levedad y ligereza de sus movimientos, el simple aleteo de las alas de una mariposa puede cambiar el mundo. Flotaba sobre el cuadrilátero como una mariposa, pero picaba como una avispa. Fue una de las frases que hizo famoso el particular estilo con el que Mohammed Alí boxeaba en un ring. A la edad de 12 años, el robo de su bicicleta Schwin, de color rojo y blanco, afligió al pequeño Cassius Clay. Con las lágrimas derramándose por sus mejillas, recurrió a Joe Martin, un policía de origen irlandés que regentaba un gimnasio de boxeo en Louisville, la pequeña localidad de Kentucky. En esa sala, llena de cuerdas, combas, rings y sacos de boxeo, encontró el consuelo a la pérdida de su Schwin. Aquél policía le guió en la senda para marcar una época histórica en el mundo del deporte.

En 1979, Muhammad Alí anunciaba su retirada del boxeo profesional. La vida de Cassius Clay, como era conocido antes de convertirse al Islam, ha estado bordada siempre de retos que completar. Su reputación de temperamental, con un carácter ostentoso e irrefrenable, que le valió el apodo de “Bocazas” por calentar los combates en televisión antes de subirse al ring, le impidió colgar los guantes sin antes derrotar un año después de su comunicado a Larry Holmes, hasta ese momento campeón mundial.

Enséñame un héroe y te escribiré una tragedia. Los efectos del boxeo de Alí dejaron marcas en su organismo. En 1984 un médico de Columbia le diagnosticaba el mal de Parkinson, un síndrome neurológico que se caracteriza por temblores, rigidez de los músculos y lentitud del habla y de los movimientos. Stanley Fahn, reputado médico en la materia, adoleció que la causa era por encajar tantos golpes en su cuerpo durante toda su carrera. Tanto amor profesaba Alí al boxeo que suplicó a Fahn que no relacionase en voz alta las razones de su parkinsonismo a la práctica deportiva. "Dudo mucho que el boxeo sea el causante. Siempre pensé en un parkinsonismo postraumático, originado por los golpes recibidos en la cabeza. Pero ya han transcurrido veinte años y la progresión de sus síntomas es continua. Sin duda se asemeja más a la enfermedad de Parkinson clásica", restaba importancia Alí en una entrevista a “Neurology Now”.

Un viejo enemigo desafía a la antorcha olímpica

Atlanta, la capital del estado de Georgia en Estados Unidos, acogió la representación de los Juegos Olímpicos de 1996. Las Olimpiadas transformaron la ciudad más poblada de Georgia, con una modernización asombrosa de infraestructuras y con la creación de nuevas y desarrolladas instalaciones deportivas. Al igual que en Los Ángeles 1984, Atlanta no empleó dinero público para financiar los Juegos Olímpicos. La venta de entradas, la publicidad, los patrocinios y las inversiones privadas costeaban los gastos.

El Centennial Olympic Stadium abría la puesta en escena de Atlanta 1996 el 19 de julio. Teresa Edwards, baloncestista de la selección nacional, y Hobbie Billingsley, como juez, iniciaron el juramento olímpico, a la espera de que los voluntarios a portar la antorcha olímpica hasta el estadio llegaran al punto de encuentro.

La atleta Janet Evans fue la encargada de ser el lazo de unión entre el último voluntario en llevar la antorcha olímpica y el paso que enciende el pebetero. Allí esperaba un Muhammad Alí de 54 años de edad y con un Parkinson excesivamente avanzado. El pugilista recogía el testigo de Evans, con el viejo enemigo que le detectaron doce años atrás. Los flashes recogían el momento. Alí intercambiaba movimientos para suavizar el sempiterno  traqueteo de sus manos. Con la mano derecha alzando la antorcha olímpica, casi 3,5 millones de personas veían desde la televisión como la mano izquierda se zarandeaba por sí sola a un ritmo endiablado, entorpeciendo sus movimientos y haciendo lento su camino.

Alí apresaba la antorcha olímpica con las dos manos, haciendo desaparecer la sacudida por instantes, para volver a ofrecer la llama ante los 80.000 espectadores presentes en el estadio. Un paso a su izquierda para flexionar levemente su cuerpo y hacer arder la montura, sostenida con dos manos para minimizar los efectos de la enfermedad, que haría encender el pebetero. De esta manera, Alí noqueaba al último enemigo, los temblores, que osaba interponerse a su espíritu incansable de superación, uno de los momentos más heroicos y triunfantes de su vida.

Una hamburguesa, una medalla

En 1960 y tras proclamarse campeón del mundo en Roma, Alí estaba de paso en su pequeña y placentera villa donde creció en su infancia, Louisville. Era la hora de comer y el boxeador decidió darse un homenaje en un conocido restaurante de la zona. “No están permitidos los negros”, le dijeron a su entrada. “Quiero dos hamburguesas”, contestó. Una vez más, la misma respuesta: “No están permitidos los negros”.

El restaurante tan solo permitía la entrada a blancos. Reservado el derecho de admisión. "Yo soy Cassius Clay, el campeón olímpico", clamaba, deseando entrar e ingerir la hamburguesa que estaba imaginando en su cabeza. Los dueños del restaurante negaron por tercera vez la entrada y le vetaron el acceso al grito de “¡sal de aquí chico!”. Furioso, frenético y poseído por la rabia, arrojó la medalla de oro con la que se proclamó campeón en Roma al río Ohio, borrando cualquier recuerdo material de aquella etapa de su carrera profesional. “Yo llevaba mi medalla de oro que representaba a mi pequeña ciudad y no podía comer una hamburguesa”, recordaba Alí en una entrevista.

El encendido del pebetero no fue el único momento donde se rendía pleitesía a la carrera de Muhammad Alí. Durante un intermedio de un partido de baloncesto de aquellos Juegos Olímpicos de Atlanta, Juan Antonio Samaranch entregó al boxeador una medalla conmemorativa que reemplazaba aquella que yace en las aguas de un río de Ohio. Alí miraba la medalla de oro que pendía sobre su cuello. La besaba mientras los temblores de sus dos manos se hacían visibles, al mismo tiempo que jugadores como Miller, Divac o Charles Barkley se acercaban a él para darle un abrazo y se hacían una foto con toda la plantilla que integraba la selección de Estados Unidos y Yugoslavia.

56 victorias, 36 de ellas por knock-out, y tan solo 5 derrotas, son el palmarés de Muhammad Alí como boxeador. Considerado uno de los deportistas del Siglo XX, el mejor púgil que se conozca, “The Greatest”. Es en aquellos momentos de fragilidad que Alí vivió en Atlanta 1996 donde demuestra haber sido el más fuerte, impidiendo que el Parkinson dominara su ánimo, su valor, su coraje y su grandeza, luchando contra él, por amor al boxeo e impidiendo que se sobreponga a su figura inquebrantable.