Murray encuentra la paz

El escocés, impecable, olvida sus complejos, vence (7-5 y 7-5) a Djokovic y garantiza la tercera medalla de la historia del tenis británico. Sólo Federer le separa del oro.

Murray encuentra la paz
Murray celebra su pase hacia su primera final olímpica ante Djokovic.

En las semifinales de los Juegos, un hombre desafía su leyenda: Andy Murray supera (doble 7-5) al serbio Novak Djokovic para luchar este domingo por el oro olímpico ante Roger Federer (3-6, 7-6(5) y 19-17 en la primera semifinal a Juan Martín del Potro). Y lo hace en la hierba del All England Club, allí donde sus miedos cogían forma. Porque en Wimbledon el tenista escocés carga con la herencia del orgullo británico. Son muchos los años desde que Fred Perry (1936), el último local en ganar un grande, se coronara en este escenario legendario. Muchos los pasos en falso y los golpes recibidos. Pero hoy Murray no nota el peso de este fardo. Ya no se ahoga con la presión que siempre se le ha auto-impuesto desde las Islas. Ahora, el número 4 del mundo ve ángeles en vez de demonios cuando juega en casa. Incluso percibe este apoyo en cada uno de sus golpes, en los peloteos eternos y en las cuatro bolas de ‘break’ que salva. Al final, cuando alza los brazos se extingue su psicosis: nunca venció antes a un jugador del ‘Top-3’ bajo su propio techo.

Pues los precedentes ante los mejores (0-4) no invitaban al optimismo. El último, hace unas semanas, fue en su primera gran final sobre césped ante Federer. La cuarta de Grand Slam que termina en mueca y tirón de orejas. Sin embargo, la cita sirvió para despejar estos fantasmas del pasado. Había dado la cara ganando su primer set (1-12 de balance) en un partido de enjundia. Eso contribuyó para que Wimbledon ya no se levantara como un castillo de Transilvania. Por fin había hallado la paz perdida. Así, calmado, se presentó ante Djokovic, una bestia cuando se compite con banderas de por medio. Arrancó con pólvora en su raqueta, discutiendo cada bola entre mandobles y toques de genio. Con las defensas inamovibles (6-5), los puntos pasaron a decidirse desde la cabeza. Y ahí, liberado de cualquier cadena, Murray mordió al resto para cerrar la primera manga con un ‘drive’ paralelo desconocido en su imaginario.

“C’mon Andy!”, ruge la grada. Aunque en pleno éxtasis, Djokovic recuerda su fortaleza. Los saques ya no vuelan, se discuten a cara de perro. Tanto como para procurarse el ex número uno del mundo hasta cuatro bolas de ‘break’ en el undécimo juego (5-5). Pero muere en el intento. Al otro lado de la red, Murray empuña una varita. Le sirve para protegerse al servicio (100% de puntos con segundos) y para intimidar desde la línea de fondo. A la primera oportunidad que se le presenta cierra el partido con la tranquilidad de los elegidos. Con esa experiencia que antes le hubiera reservado un desenlace funesto.

De este modo, Murray dispondrá de una oportunidad única este domingo (15.00 horas) para grabar su nombre en la historia. Podría ser el primer jugador anglosajón en alcanzar el oro olímpico después de las platas de Charles Dixon en Estocolmo 1912 y de la pareja formada por Tim Henman y Neil Broad en Atlanta 1996. Para ello deberá superar a Federer en una final, la cual altera el orden al disputarse al mejor de cinco mangas. Es un último paso que podría definirle en el futuro. Uno que distingue la derrota del escocés de la victoria del británico.