Murray se hace hombre

El escocés logra al fin su primera victoria de postín al derrotar con todas las de la ley a Roger Federer por 6-2, 6-1 y 6-4 - Federer se queda sin la medalla de oro en los Juegos Olímpicos, único galardón ausente en su palmarés.

Murray se hace hombre
El escocés Andy Murray posa con la medalla de oro.

Al fin llegó el día tan ansiado por Andy Murray. El tenista escocés logró la mayor victoria de su carrera deportiva al proclamarse campeón de los Juegos Olímpicos tras derrotar con una inusitada contundencia, 6-2, 6-1 y 6-4, al número 1 mundial Roger Federer. En la pista central de Wimbledon, el mismo escenario que para él fuera en otras ocasiones losa e infierno, ha logrado el triunfo de relumbrón que le faltaba para reafirmarse como un tenista capaz de aspirar a todo.

Frente a todo un Roger Federer, Andy Murray mostró su mejor versión. Sólido en todas las facetas del juego como en él es habitual, subió los escalones que le hacían falta a nivel mental, el hándicap con el que llevaba luchando en vano durante años. Desde la primera pelota del encuentro, y apoyado por una hinchada entregada como pocas veces se ha visto, se erigió en total dominador del encuentro. Con un alto nivel de agresividad, sin dejar de lado sus mecanismos defensivos las pocas veces en que la cosa pintó fea, pilló a contrapie a un Federer que en ningún momento fue rival.

El escocés pronto cobró ventaja en el cuarto juego (3-1 con break) y no dejaría ya de dominar en el marcador. Federer empezó a acusar el cansancio de su infinito encuentro de semifinales ante Juan Martín del Potro, y confirmó que el sufrimiento y la poca lucidez de rondas anteriores no habían sido casuales. Apenas pudo luchar cuando no le acompañó el servicio, y rápidamente dejó escapar la primera manga por un contundente 6-2 sin tener la posibilidad de responder y mostrándose demasiado errático. 

En un partido a cinco sets el tropezón inicial podía quedar en anécdota y Federer tenía suficiente margen de maniobra, pero no encontró la manera de dar la vuelta a la tortilla. Lejos de ello, empezó cediendo nuevamente su saque a las primeras de cambio, y fue estéril en las múltiples ocasiones que tuvo para equilibrar el marcador -desperdició hasta siete bolas de rotura en el séptimo juego-. Murray se crecía conforme el marcador se inclinaba de su lado, y Federer caía en un pozo que parecía no tener fondo. Cinco juegos consecutivos encajados hirieron sus opciones pero no su orgullo, que le ayudó a evitar el rosco pero no la derrota segura en esta segunda manga.

Ya en el momento definitivo, tampoco el mejor Roger volvió. Muy lejos del tenista que hace tres semanas conquistara Wimbledon, tampoco resistió en el a la postre definitivo tercer set. Apenas algún destello aislado nos recordaba que en la pista estaba el número 1 y leyenda viva del deporte de la raqueta, que no rindió como tal. Quien sí daba lo mejor de sí era un Murray osado, aguerrido y coraginoso que hería a su contrincante a la menor oportunidad. Antes del ecuador del set, el británico ya había cosechado un break que defendió con uñas y dientes y terminó haciendo bueno para llevarse, dando una lección de tenis, la medalla de oro.

La victoria de Andy supone para él mucho más que un trofeo cualquiera. Rompe de golpe y porrazo todos los fantasmas que le atormentaban -4 finales de Grand Slam perdidas, dos de ellas en este mismo escenario- y le etiquetaban como el eterno segundón, siempre a la sombra del triunvirato formado por Rafa Nadal, Novak Djokovic y el propio Roger Federer. El helvético, por su parte, dejaba escapar la ocasión de conquistar el Golden Slam -los cuatro grandes y los Juegos Olímpicos-, que tendrá que esperar hasta Río de Janeiro si el físico se lo permite.