Chiapucci, el diablo de Uboldo

Claudio Chiapucci genio del ciclismo, el instinto y la pasión de un deportista que desde el equilibrio de dos ruedas estableció la paradoja del desequilibrio y la diferencia. Un deportista que construyó su morfología de escalador a orillas del Lago Maggiore, rodeado de montañas alpinas en las que comenzó a quemar las rampas que le consagraron como uno de los mejores ciclistas de su generación.

Chiapucci, el diablo de Uboldo
Chiapucci, el diablo de Uboldo

“La estructura morfológica de Coppi, si me lo permiten, parece un invento de la naturaleza para completar el modestísimo arte mecánico de la bicicleta”. Con esta brillante frase y haciendo uso del lenguaje con precisión de cirujano, el incomparable giornalista sportivo, Gianni Brera definió la leyenda de uno de los más grandes ciclistas de la historia de Italia.

 Y en aquella mirada y aquellos ojos de ayer que se inundan hoy de nostalgia, os invito a situaros a rueda de la historia para golpear vuestro pretérito corazón con un devastador ataque en el impenitente desnivel de un puerto de montaña. Una estela de fuego que nos sitúa en el rastro diabólico de un diavolo italiano que con sus hachazos a golpe de pedal, pintó de pasión, instinto, espectáculo y emoción, el asfalto de nuestros recuerdos.

Decía Albert Einstein: “La vida es como andar en bicicleta, para conservar el equilibrio hay que mantenerse en movimiento”.  Y en la calle del agua de Uboldo, en Varese (Italia), hay un vecino ilustre que jamás dejó de dar pedales, pues a golpe de arrancadas eternas, que permanecen inalteradas en nuestra memoria, sigue atacando la noria del tiempo.

Su nombre Claudio Chiapucci genio del ciclismo, y haciendo paráfrasis de Brera, la extensión corpórea del modesto arte mecánico de la bicicleta, el instinto y la pasión de un deportista que desde el equilibrio de dos ruedas estableció la paradoja del desequilibrio y la diferencia. Su leyenda, nuestra leyenda, puesto que se erigió en gran animador de tardes sobre ruedas y sobremesa en las que fue el gran azote de Indurain en la montaña del Giro y el Tour durante la primera mitad del reinado del navarro.

Un deportista que construyó su morfología de escalador a orillas del Lago Maggiore, rodeado de montañas alpinas en las que comenzó a quemar las rampas que le consagraron como uno de los mejores ciclistas de su generación y uno de los grandes de la historia del ciclismo italiano. Aquel que creció colgado de un sueño alpino sobre ruedas y teniendo como máximo ídolo al francés Bernard Hinault. Apodado el Diablo en sus primeras competiciones en el sur de América, donde los aficionados descubrieron la bravura y explosividad de un ciclista que dejaba una estela de fuego tras sus arrancadas, en su sentir tradicional del ciclismo, el de toda la vida, el del poder de las piernas y el fondo de su corazón.

Viajando siempre en pendiente continua, en primera especial, donde los desniveles dejan pájaras esparcidas por las cunetas de las paredes de un puerto de montaña. Un ciclista incontrolable, tremendamente inconformista. Jamás le vimos alzarse con la victoria en una gran vuelta pero Chiappa era un ciclista para cada instante del año, para los 365 días, para la historia, para las épicas y memorables etapas. Aún así conquistó la Milán-San Remo, el Giro del Trentino, la Vuelta al País Vasco, la San Sebastián-San Sebastián, la Volta, el Giro del Piamonte, y etapas para la historia tanto en el Giro como en el Tour.

Para los pasajes de la historia del ciclismo instantes como los vividos en el Tour del año 90,  una carrera marcada desde el inicio por la escapada de Futuroscope, del segundo día, en la que Pensec, Bauer, Maassen y Chiapucci sacaron 10 minutos al pelotón. Parecía que lo iban a perder con facilidad, pero Pensec primero y Chiapucci después aguantaron por delante de los favoritos: Lemond, Bugno, Perico, Breukin, que poco a poco fueron recortando distancias.

Aquel ataque permitió a Chiappa portar su mejor recuerdo, su primera camiseta amarilla del Tour. Y portando aquel preciado maillot amarillo, atacó camino de Luz Ardiden, con el Tourmalet de por medio, con la clara y valiente intención de sacar más tiempo a Lemond.

Memorable, posiblemente si no hubiera atacado no se le habría escapado aquel Tour, pero existen hombres que se crecen ante los desafíos y ciclistas que acaso nacieron ya con el desafío interiorizado en el fondo de sus almas. Y Chiappa era de estos, llegó de amarillo a la crono final, aunque sólo con 5 segundos de ventaja sobre Lemond, que le pasó como un avión, disipando todo atisbo de esperanza de victoria.  

Un año más tarde, en el 91, confirmó que había llegado para instalarse y protagonizar los duelos legendarios de los grandes del pelotón. Logró la victoria en la Milán-San Remo, y en abril se impuso en la Vuelta al País Vasco. En el Giro no pudo con Coppino y acabó en segundo lugar, mientras que en el campeonato italiano que ganó Bugno, acabó tercero.

Dejó para el Tour lo más puro de su condición ciclista, de su personalidad rebelde e inconformista. El Diablo atacó en el Tourmalet y fue testigo directo de la eclosión de Indurain en aquella etapa camino de Val Louron. Atacó pensando en Gianni Bugno, su rival, no pensaba aún en el ciclista navarro, por eso se fue en el descenso. Subiendo el Aspin, le dijeron que venía Miguel. Le esperó pensando que eran mejor dos que uno. Quedaba un tramo de llano antes de Val Louron, Indurain iba mejor en la general y se ponía de líder. Chiapucci se quedaba con la etapa, la leyenda de aquel que derretía glaciares a su paso seguía creciendo, pero a su lado se abría paso una roca de hielo navarra a la que solo en contadas ocasiones pudo doblegar. Al final sería tercero en aquel Tour, por detrás de Indurain y su compatriota Gianni Bugno.

Para el 92 reservó uno de los mejores y más épicos momentos de ciclismo de toda la década. Fue segundo en el Giro y en el Tour tras Miguel Indurain, pero aquella etapa mítica de Sestriere del 18 de julio, quedó grabada a fuego en nuestros corazones. Aquel día Chiappucci  se mostró en toda su pureza y genialidad, el Diablo de Uboldo encontró en la figura eterna de Miguel Indurain, a su principal motivo de inspiración. Su gran meta era destronar al rey y a fe que lo intentó con todas sus fuerzas e instinto. Pocas veces lo consiguió, pero Setriere fue testigo de ello.

Fue la única etapa del Tour que pisó suelo italiano, las carreteras estaban plagadas de tiffossi, que habían escrito su nombre sobre el asfalto, además, llegaba a Sestriere, donde 40 años antes había ganado Coppi. El Diablo salió a dejarse y jugarse la piel en la carretera, atacó como los grandes de antaño, a más de 100 km, desde los tiempos de Eddy Mercx, no se veía nada igual. Fue en el segundo puerto de un maratón alpino junto a otros 30 ciclistas, a los que dejó carbonizados en la cuneta uno tras otro. Lo tildaron de loco, se hacían apuestas sobre el momento en el que llegaría la pájara de Chiappa, pero el italiano siguió pedaleando con la cadencia del que lleva en su cadena las llaves de las mismísimas puertas del infierno.

Se quedó solo, e Indurain junto a Banesto, escenificaron la increíble batalla de un equipo ante el endemoniado pedaleo de un excelso escalador. Miguel apretó los dientes y recortó diferencias, pero en el último km de la subida, entró en una pájara que consolidó la épica victoria de etapa de Chiapucci, pero no evitó la victoria final en la general del inmenso ciclista navarro. Chiapucci ‘il Diavolo’ cruzó la meta exhausto, llorando, con el público puesto en pié y la ingrávida sensación de haber sucedido a Coppi al menos por un día en la leyenda del ciclismo de su país.

Las carreteras, las rampas y los puertos de Europa siguieron acogiendo hasta 1998, la rebeldía, el inconformismo y corazón del italiano, pero nada volvió a ser como aquella tarde de julio del 92, en la que un ciclista de otro planeta se vio superado por el diabólico pedaleo de Claudio Chiapucci. La historia de un ciclismo que nos dejó para siempre y abrazarse a un deporte excesivamente tecnológico, demasiados equipos profesionales, demasiados corredores y ciclistas automatizados, que solo reaccionan y obedecen a la voz que les llega del auricular. Ciclistas centrados únicamente en un solo objetivo anual, lejanos a la rebeldía diabólica de Claudio, que con la maglia del Carrera nos hizo vibrar y temer por la caída de un mito frente a nuestro televisor.