Eric Cantona, "el último forajido"

Con el enésimo cartel de WANTED pidiendo precio por su cabeza y su revólver Schofield siempre a punto para disparar, Eric Cantona paseó su carácter por los límites de la marginalidad, tan puro, viejo y lejano como el Oeste, pero tan vívido y mágico como la chispeante mirada de un futbolista de barrio vocacional, que siempre interpretó el juego desde la concepción estética y artística de un genio.

Eric Cantona, "el último forajido"
Licuadito de VAVEL.com dedicado a Eric Cantona

Al este de la frontera de Idaho, Oregon, en el Valle del Jordán se erige como sombra afilada del recuerdo Silver City, pueblo fantasma de calles de tierra y desvencijados edificios en cuyas maderas crepitan las más puras reminiscencias del viejo oeste. Paseando por la aridez, por su poderosa sensación de ausencia, el aire silba en el silencio cual proyectil de un revólver Schofield y nuestra mente viaja a galope hacia otro tiempo. El peso de la ley trota desafiante en la figura de Wyatt Earp, de su caballo y aquel Colt 45 peacemaker con el que persigue forajidos de leyenda. Los carteles de WANTED se diseminan por aquellas maderas centenarias y los nombres de Jesse James, de Billy el niño, abrazan la búsqueda y huida de recompensas monetarias ciertamente elevadas.

Aquel pueblo abandonado me ha trasladado al viejo oeste,  a un tiempo fuera de la ley en el que los silbidos de las balas sorteaban trajes de madera. Tiempos de forajidos de leyenda, que en el rodar de la memoria de un viejo caza recompensas del recuerdo como yo, encuentra en los viejos archivos del fútbol, aquellos carteles de WANTED que sirvieron para poner precio a la cabeza y leyenda de los forajidos de la pelota.

Y entre los archivos de un fútbol añejo, que se eleva y erige en mi memoria cual pueblo fantasma, un cartel de WANTED me sitúa sobre la pista y el recuerdo del que para mí fue sin ningún género de duda el último forajido de la pelota: Eric Daniel Pierre Cantona

Nacido un 24 de mayo de 1966 en Marsella, en una casa cueva enclavada en las colinas marsellesas de Caillols, creció al cobijo de Albert Cantona y Ėléonore Raurich, padres de ascendencia sarda y catalana. Y allá en la ladera de una colina comenzó a forjarse la leyenda de Eric Cantona, uno de aquellos futbolistas que jamás perdieron la chispa de sus ojos, aquella que portó desde niño, cuando el fútbol callejero le convirtió en forajido de la pelota.

En el barrio de Caillols descubrió el fútbol, su atracción por la portería, tan inusitada que en sus inicios jugaba como guardameta. Una coyuntura meramente transitoria, hasta que sus compañeros de juegos se percataron de que cuando el pequeño Eric tomaba contacto con la pelota, su mirada se transfiguraba y sus pies adquirían la letalidad del revólver Schofield que hizo célebre a Jesse James. Así fue como entró a formar parte de las filas del SO Caillolais, conjunto en el que otro genio como Jean Tigana comenzó a dar sus primeros pasos y en el que Eric jugó más de 200 partidos.

Los que le disfrutaron y tuvieron el privilegio de compartir con él aquellos años recuerdan que a los nueve años jugaba como un niño de quince, con una superioridad insultante y un sentido estético del fútbol fuera de lo común. Tan fuera de lo común que pronto el Auxerre detectó en aquel joven de 1,88m de estatura el talento en ciernes del excelso futbolista que luego demostró ser. Cuando llegó al Auxerre, tenía 15 años, dejó el colegio y se dedicó por completo al fútbol dejando tan solo hueco en su vida para la pintura, arte que había heredado de su padre, enfermero psiquiátrico y pintor. Dos años después de su llegada debutó con el primer equipo, un 5 de noviembre de 1983 en una goleada ante el Nancy por 4-0 el legendario Guy Roux abrió camino a su leyenda.

En las filas del Auxerre fue perfilando su genialidad, su particularísima concepción del juego, siempre una cuestión artística, estética, emocional. Tan emocional, tan pasional, que Eric jamás concibió el fútbol fuera de los límites la emoción, aquella en la que residía su compulsivo carácter, el alma de forajido que llevaba en su interior. Cedido por una temporada en el Martigues, a su regreso a Auxerre firmó su primer contrato profesional. Comenzó entonces a pasear su talento y aquel incontrolable pronto de forajido de leyenda que le definió. Tenía veinte años, era titular indiscutible en el equipo de la Borgoña y la más firme promesa de la selección francesa, cuando protagonizó su primer sonado incidente disciplinario al golpear en un ojo a su compañero Bruno Martini, portero del equipo. El carácter de Eric el terrible salió a la luz, entre luces y sombras el último forajido siguió perfilando su mundo de todo o nada, su fútbol poético y sus huidas temerarias.

Debutó con la selección ante Alemania anotando el único gol de Francia, en la derrota en Berlín (2-1).  Fijo en las convocatorias de la sub21 formó parte de la selección que se proclamó campeona de Europa de 1988, pero nuevamente su indomable carácter le hizo perderse la final, pues ya tuvo su primer encontronazo con Henri Michel (seleccionador absoluto). Cantona siguió mostrando su grandeza mitológica en una baldosa, también su carácter incontrolable, siempre fuera de la ley, dejando para su extensa nómina negra una dura entrada a Michel Der Zakarian, futbolista del Nantes por la que fue duramente sancionado. Aunque fue campeón con el Auxerre, el viejo sabio Roux no pudo con él y, en uno de sus habituales arrebatos puso los pies en polvorosa. Se marchó tras una eliminación en cuartos de final de Copa; corría el año 1988 y Cantona firmaba por una cifra récord por el Olympique de Marsella, conjunto del que había sido seguidor de pequeño.

En Marsella pronto conocieron la doble vertiente emocional de Eric, en un amistoso ante el Torpedo de Moscú lanzó un pelotazo a su propia afición, se quitó la camiseta y se marchó jurando en hebreo. Fue suspendido por un mes y en ese tiempo a Eric se le ocurrió comentar que Henri Michel (seleccionador absoluto) era el peor entrenador que había conocido. Estuvo fuera de la selección durante un año, la afición marsellesa apreciaba su calibre como jugador, quedaba colgada de la yema de sus sueños cuando el aura de inspiración rodeaba el fútbol de Cantona, pero su instinto salvaje le impedía echar raíces en un club.

Fue cedido al Burdeos y luego al Montpellier, donde le tiró las botas a la cabeza a su compañero Jean-Claude Lemoult, que le supuso diez días más de sanción. Llevó al Montpellier a la conquista de la Copa de Francia, y regresó a Marsella, pero Cantona seguía acumulando muescas en su revólver Schofield.  Estuvo a la órdenes de Bekenbauer y Goethlas, que tuvo varios encontronazos con Eric, por lo que fue cedido de nuevo al Nimes, donde protagonizó su enésima trifulca. Los árbitros también sufrieron su irascibilidad, tras lanzarle la pelota a un colegiado fue sancionado por un mes y, Eric remató la faena con las siguientes declaraciones al conocer la resolución: “Me han sancionado unos idiotas".

En 1991, con el cartel de WANTED circulando por los campos galos, en busca y captura, al borde del precipicio, decidió rescindir su contrato y retirarse del futbol. Platini que tenía en alta consideración su talento le aconsejo marcharse a Inglaterra, estuvo a prueba en el Sheffield Wednesday, donde solo la falta de liquidez impidió su fichaje, pues Trevor Francis confiaba en él. Finalmente acabó recalando en el Leeds United, conjunto que peleaba la primera plaza con el Manchester. Elland Road acogió entonces a un fuera de la ley que pronto dejó su sello de forajido escupiendo a un aficionado, pero en tan solo 15 partidos (en los que en su mayoría salió desde el banquillo por diferencia de criterio futbolístico con el entrenador Howard Wilkinson) dejó un repertorio inolvidable de asistencias magistrales. Aquellas que convirtieron a Lee Chapman, en máximo goleador, que aprovechó la inagotable creatividad Eric Cantona para hacer al Leeds campeón de liga. Para el recuerdo de los aficionados del Leeds un partido memorable en una Charity Shield cuando le anotó tres goles al Liverpool en 1992 en el viejo y lejano Wembley.  

Fue entonces cuando Alex Ferguson, un duro escocés con tanto carácter como el mítico Wyatt Earp, sacó su Colt 45 para controlar y contratar a aquel incontrolable forajido que tanto le había impresionado. El Manchester United compró su pase en 1.2 millones de libras y Cantona alzó su cuello para echar raíces en la leyenda del mítico club mancuniano.  Cantona necesitaba a un Wyatt Earp que lo controlara y el United al forajido de leyenda capaz de hacerles despegar. Con el número siete a su espalda los diablos rojos descubrieron a Eric The King, al mejor Cantona,  a su máxima dimensión como jugador. Un torrente de atributos y el despliegue absoluto del inagotable talento de un genio que dejó como legado para la memoria de la afición 185 partidos y 82 inolvidables goles.

El recuerdo del último forajido, la desafiante figura de un símbolo, un genio de cuellos alzados, toque sutil y carácter explosivo que anidó intensamente en los rojos corazones mancunianos. El marsellés demostró entonces lo que siempre había defendido, ser un jugador vocacional, incesante creador de fútbol de barrio. Un futbolista con su revólver Schofield siempre a punto para disparar que acumuló 9 títulos e innumerables distinciones individuales. Aquel que como no podía ser de otra manera también tuvo tiempo para dejarse ver fuera de los márgenes de la ley:

Un 25 de enero de 1995 el United jugaba ante el Crystal Palace como visitante y tras una dura entrada al defensor Shaw, fue expulsado con roja directa. En el camino hacia los vestuarios recibió todo tipo de improperios, hasta que su irascibilidad estalló propinándole una patada en el pecho a un aficionado llamado Matthew Simmons. Fue condenado a siete días de cárcel, cumpliendo tan solo 24 horas de encierro. La sanción en esta ocasión fue de 10 meses, aquel incidente, además, le costó no volver a la selección francesa, con la que puso punto y final a su carrera blue con tan solo 45 partidos disputados. La prensa le citó incesantemente a una pública rueda de prensa, compareció y tras arquear una ceja hizo la siguiente declaración: "Cuando las gaviotas (el periodismo) persiguen al pesquero (o sea, él), es porque piensan que las sardinas serán lanzadas al mar". Se levantó de la silla con sus cuellos alzados y dejó a todos con un palmo de narices.

Genio y figura con el enésimo cartel de WANTED pidiendo precio por su cabeza regresó convencido por Ferguson. Eric completó su forajida leyenda hasta el año 1997, con cinco ligas inglesas (una de ellas con el Leeds), dos Copas y cuatro supercopas inglesas como muescas en su legendario revólver Schofield, aquel con el que Jesse James asoló e hizo trajes de madera en el lejano oeste. Idéntico revolver con el que Cantona nos dejó para el recuerdo un futbolista que vivió de forma única cada instante y cada emoción, un genio sobre el que George Best dijo: “Daría todo el champán que me he bebido por jugar con él un buen partido europeo en Old Trafford”.

Y de entre aquellos instantes, aunque Cantona declaró irónicamente en una ocasión, que el mejor momento de su carrera lo había vivido al darle aquella patada al aficionado, desecharé sus sombras para quedarme eternamente con sus luces, con la memorable acción del 21 de diciembre de 1996 en un partido de Premier entre el Manchester United y el Sunderland:

 Cantona recibe el balón en el centro del campo, hace una pared, regatea sobre baldosas, mira al portero y le lanza una vaselina deliciosa. Un gol soberbio, para enmarcar, pero mucho mejor la celebración: sus cuellos alzados, su mirada desafiante, sus brazos arqueados, las balas silban por Old Trafford, el cadáver del portero Lionel Pérez yace junto a su traje de madera, la emoción se vive a flor de piel. Tan puro, viejo y lejano como el Oeste, pero tan vívido y mágico como aquel pueblo fantasma llamado Silver City que hoy me hizo recordar la figura del que para mí es y siempre será Eric Cantona “El último forajido de la pelota”.