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El Desván

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Roberto Carlos: “Un café con Dios y un Dios surgido del café”

Sus 100 metros en once segundos y sus disparos de 140 km/h. certifican la leyenda y el poderoso aura de su pierna izquierda, una aleación músculo tendinosa sobrenatural con la precisión de un cirujano y el devastador poder de destrucción de un tomahawck, que dominó con autoridad la banda izquierda del fútbol mundial de su época.

Roberto Carlos: “Un café con Dios y un Dios surgido del café”
Roberto Carlos: “Un café con Dios y un Dios surgido del café”

Cuenta la leyenda que allá por el año seiscientos un pastor etíope llamado Kaldi observó una conducta extraña en su rebaño, sus cabras iban y venían, subían y bajaban, en un estado de agitación que se prolongó durante el día y toda la noche. Preocupado, a la mañana siguiente siguió con recelo a su rebaño, que regresó a su mansedumbre habitual hasta que en las zonas de pastura unas tentadoras cerezas negras detuvieron su paso.

Tras mordisquearlas, sus cabras retomaron la agitada conducta del día anterior, Kaldi, intrigado observó las plantas y probó con cautela una hojita y un fruto. Aquello no eran cerezas, su amargo sabor le provocó rechazo en primera instancia, pero unos minutos después  sintió que el cansancio acumulado del día anterior se había desvanecido.

Una misteriosa energía le impulsaba a la acción, Kaldi llevó consigo unas ramas florecidas y encabezó la marcha hacia un monasterio. Y allá en el retiro espiritual de las almas perdidas, explicó al Abad las propiedades de aquel misterioso fruto. Este, atraído por aquella historia lo hirvió e hizo una infusión. Como sucedió con Kaldi su sabor le provocó rechazo inicial, pero el intenso aroma de aquel fruto tostado atrajo a la cocina a un grupo de monjes, que no tardaron en probar aquel amargo fruto tocado por los dioses, pues todo aquel que lo ingería experimentaba un extraño vigor que le impulsaba a trabajar.

Así nació la leyenda del café, una historia de cerezas negras y vigor sobrenatural, que hoy viaja por los crujidos de las centenarias maderas de nuestro Desván, en el que otra intensa historia de cerezas, vigor sobrenatural y café, descansa para rescatarla del baúl del olvido. Una crónica blanca que nació bajo el intenso aroma que destilaba la pobreza de una hacienda, una plantación de café de Garça, São Paulo, en la que una familia de labradores trabajó duro para combatir las penurias económicas.

Y un 10 de abril de 1973 en el seno de aquella familia nació y creció un chico del que cuentan llevaba en su sangre la vigorosa y mística energía de los granos de café que se cultivaban en aquella hacienda.  Un joven al que su padre Óscar da Silva puso por nombre Roberto Carlos en homenaje al admirado cantante brasileño.

Su infancia la de un pobre menino de interior que dribló las dificultades exhibiendo una exuberancia física impropia para un joven que creció entre la escasez, pero que encontró en el fútbol el motor vital que le impulsó a ser grande desde sus 1,68 m de estatura. Un chico que a los tres años de edad ya jugueteaba con su primer balón y que a los 8, ya exhibía su vigorosa carrera jugando entre adultos, en el mismo equipo en el que su padre se desempeñaba como volante. El pequeño Roberto, siempre fascinado por la pelota, jugaba como punta o medio izquierdo y aquellos primeros recuerdos quedan envueltos entre peladas e internadas que discurren por las bandas izquierdas imaginarias de Garça, ciudad del café, las cerezas y sus primeros recuerdos esféricos.

En 1981, con la mudanza de su familia a casa de su abuela en Cordeirópolis, hizo sus primeras apariciones en el fútbol, en los Juegos Abiertos del Interior, en las filas de un equipo de una fábrica de aguardientes. Con solo doce años ya contribuía a la economía familiar trabajando en la factoría Torsao Cordeiro. En 1985 mostró su talento en las filas del Club Atlético Juventus y un año más tarde Joao Carlos Campos, técnico suyo en el Flamenguinho, tuvo la feliz idea de colocarle en el lateral.

En 1988, ingresó en las inferiores de União São João de Araras, donde comenzó su carrera y jugó por espacio de cuatro años. El joven Roberto Carlos se mostraba entonces como un descollante talento que a su buen manejo de la pelota sumaba la contundencia física del que en su tren inferior, (aún en crecimiento y progresión) poseía un motor de gran cilindrada. En 1990 y fruto de ello le llegó la convocatoria para la selección brasileña junior, con la que fue subcampeón mundial de la categoría y campeón pre- olímpico. En 1992 dio el salto al fútbol profesional, su poderosa carrera y su letal pegada de izquierda le consolidaron como dueño y señor de la banda izquierda del primer equipo de Unión San Juan.

Roberto Carlos ya exhibía sus virtudes en la posición de lateral y ese mismo año fue vendido a Palmeiras por 500 mil dólares. Un meteoro se enfundaba la histórica camisa verde, aunque por un breve periodo de tiempo Parque Antártica, el gramado de Palmeiras, el Palestra Italia, vibró con las evoluciones de un emergente y poderoso  lateral zurdo. Aquel que en 1993 integró las filas de un equipo que con la conquista del Campeonato Paulista (ganando por 4-0 al Corinthians), puso fin a diecisiete años de sequía de la mano de Vanderlei Luxemburgo. Un conjunto repleto de estrellas entre las que además de Roberto Carlos, brillaron César Sampaio, Mazinho, Edilson, Evair, Zinho o Edmundo. Con la camiseta verde conquistó dos títulos brasileños, dos paulistas y fue testigo de la llegada al primer equipo de un talento de la grandeza de Rivaldo, con el que formó una de las mejores bandas izquierdas que se recuerdan.

Los misiles tierra aire de aquel chico de menguada estatura y vocecilla aflautada traspasaron las fronteras de su país. En 1995 fue vendido al Inter de Milán por siete millones de dólares, y aquellos que le seguíamos desde su paso por Palmeiras, fuimos testigos de sus imponentes lanzamientos a pelota parada por los campos de Italia. Un cañón que cargó y puso en funcionamiento en la serie A con la camiseta del Inter, donde sus subidas por banda recibieron el reconocimiento de muchos, pero no así la confianza de su entrenador, el inglés Roy Hodgson, que hizo un flaco favor a la entidad italiana cuando consideró alocadas las subidas del brasileño de Garça y dio vía libre a su traspaso al Real Madrid tan solo diez meses después.

Llegó a Madrid recomendado por Capello, sin hacer demasiado ruido, escogiendo voluntariamente un segundo plano tras el brillo de estrellas como Suker, Mijatovic, Seedorf y el propio técnico italiano, pero seguro de que se convertiría en pieza básica de aquel equipo. Algo que consiguió gracias a su arrolladora personalidad y al poderoso aura de su pierna izquierda, una aleación músculo tendinosa sobrenatural con la precisión de un cirujano y el devastador poder de destrucción de un tomahawck, pura dinamita.

Cierto es que en ocasiones abusaba de la potencia sin control, pero cuando Roberto encontraba el toque preciso, su pegada se convertía en impredecible e imparable para los guardametas. Jamás olvidare aquel misil inteligente con el que batió a Barthez en el Stade Gerland, en Lyon, ante Francia, con la camiseta de su selección. Un golpeo que desafío a la física, la curvatura perfecta de un balón que impulsado por su zurda obedeció a un efecto imposible, al borde de lo inimaginable y por el exterior de una barrera que fue testigo de la historia.

Durante once años fue dueño y señor del carril izquierdo del Bernabéu, donde la hierba dejó de crecer por la velocidad de su carrera y los aficionados de aquel sector de la grada vivieron felices gracias a su alegre concepción del fútbol. Una concepción unida de forma indisoluble al espectáculo. Para el recuerdo sus conexiones con un mago llamado Zidane, aquel pase elevado que precedió al mejor gol de la historia de la Copa de Europa.

Momentos únicos por los que el brasileño se convirtió en ídolo de la afición, entre ellos aquel gol en Huelva que le dio una Liga al Madrid. Una intensa relación que concluyó quizás demasiado en silencio para lo que correspondía su grandeza, pues son muchos los que aún recuerdan sus 100 metros en once segundos y sus disparos de 140 km/h.

Cuatro Campeonatos de Liga, cuatro Supercopas de España, tres Champions, una Supercopa de Europa y 2 Intercontinentales certifican sus once años de grandeza en el Real Madrid y abren paso a las dos Copas América y el Campeonato Mundial de 2002 que logró con su selección.

Cuando en 2007 dijo adiós no fuimos conscientes de que el mejor lateral del mundo ponía fin a su inolvidable ciclo para encauzar la etapa final de su carrera en las filas de Fenerbache, Corinthians y el conjunto ruso Anzhi Majachkalá, donde el más grande lateral zurdo  de su generación pone pies en polvorosa pensando en su retirada definitiva.

Una retirada en la que se escenificará el adiós de un pequeño gigante surgido del café y la cereza, conocedor desde niño de la leyenda de Kaldi, pues desde la cuna ya respiraba el intenso aroma que surgía del cafetal y que entraba en su torrente sanguíneo para modelar aquellas poderosas piernas tocadas por los dioses con las que estableció la diferencia.

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