Romario, el pequeño genio de Jacarezinho

Romario siempre fue un futbolista excelso, quizás excesivo, pues tanto su carrera como su vida fueron como un Carnaval. ‘O Baixinho’ fue de batucada en batucada, de gol en gol, un genio de contrastes enormemente acuciados entre la plástica de su explosivo arranque, la belleza visual de su frenada, su toque sutil con el exterior del pie a cámara superlenta y la frialdad de su mirada, su celebración. Características por las cuales Valdano le definió como un personaje de animación surgido de una favela de Río.

Romario, el pequeño genio de Jacarezinho
Romario, el pequeño genio de Jacarezinho

No debe ser fácil perfilar en bronce a un dibujo animado, más aún cuando este animado personaje muestra contrastes tan acuciados entre la plástica  de su explosivo arranque, la belleza visual de su frenada, su toque sutil con el exterior del pie a cámara superlenta y la frialdad de su mirada, su celebración. Características que han adornado a este futbolista y goleador excelso al que el escultor Osorio Correa inmortalizó en bronce con la camiseta de Vasco. Palabras mayores porque hablamos de Romario, un futbolista que nos regaló más de mil goles y aunque los últimos los fabricó pasando las cuatro décadas y en momentos de su carrera de menor exigencia y nivel, no creo que exista un solo aficionado al fútbol al que no haya generado admiración esa forma única de hacer goles que le caracterizó y, por la que Valdano le definió como un personaje de animación surgido de una favela de Río.

La infancia de Romario transcurrió en una de la mayores favelas de la ciudad de Río: Jacarezinho y, como lo suyo fue crear en la superficie de una baldosa, no vino al mundo a lo grande sino a lo pequeño, pesando 1,800 kilos De cuerpo tan menino que según Lita, su madre, podría haber entrado perfectamente  en una caja de zapatos. Aquel recuerdo, aquella frase rescatada de la memoria de la Sra. Manuela definió a la perfección a uno de los mejores delanteros de la historia del fútbol mundial, pues Romario hizo del área su caja de zapatos, aquella sobre la que derramó el tarro perfumado de su diminuta pero inigualable esencia.

Como suele suceder los seres humanos incentivan mucho más su ingenio y creatividad cuando las penurias les acucian. Cuando construyen sus sueños y cultivan tanto su imaginación como su felicidad en la simplicidad de un palo de madera, una pelota de trapo o una cancha de tierra. Y 'O Baixinho' como sus hermanos, fue feliz en aquella favela, en esa pequeña casa sin luz ni agua en la que creyó vivir la historia del increíble hombre menguante, pues fueron las reducidas dimensiones de una vida moldeada por la escasez, las que realmente le mostraron la verdadera medida de su fútbol, en el que menos era más y lo verdaderamente grande estaba reservado para un pequeño al que Edevair (su padre) le dejaba una pelota para ayudarlo a dormir cuando todavía era un bebé de cuna.

Aquella escasez  incentivó su creatividad, la imaginación de un niño que soñaba a lo grande corriendo tras una pelota. Cuentan que corriendo tras ella fue a caer a una alcantarilla en la que tan solo su tío pudo salvarle la vida. Y es que en la pelota y el fútbol  a Romario le fue la vida, su vehículo de expresión, la alegría y diversión, pues como la vida, el fútbol fue para Baixinho un carnaval continuo.

Su padre ‘Seu Edevair’ (como era conocido), fue el principal impulsor de la carrera de Baixinho, que al cumplir seis años de edad, integró el Estrelinha (estrellita), club aficionado fundado por él para que el niño comenzase a jugar en las canchas de tierra del humilde barrio Vila da Penha, ubicado en la zona norte de la metrópoli carioca. Y en el Estrelinha comenzó a brillar sobremanera, por lo que Edevair le llevó a hacer una prueba en el Vasco da Gama, que paradójicamente le rechazó por su menguada estatura. No sabían entonces que en su interior ardía latente la llama del increíble hombre menguante, aquel que pudo seguir inventando y creciendo en el club Olaria.

Y como no podía ser de otra manera, Vasco de Gama anduvo sobre sus pasos y resarció aquel error incorporando a ‘O Baixinho’. Y en pleno carnaval en febrero de 1985 Antonio Lopes, técnico de Vasco recurrió a un menudo joven de 19 años y  1,68 m de estatura. En un encuentro ante Coritiba, mediada la segunda mitad entró al terreno de juego en sustitución de Mario Tilico, delantero al que conocemos bien en España por su paso por el Atlético y por aquellos goles decisivos que salvaron al Cádiz. Aquel joven de rictus inexpresivo, al que se le recordaba por haber anotado dieciséis goles en un partido en la liga juvenil con el Vasco da Gama, dejó algún qiue otro detalle en su debut, pero lo verdaderamente grande estaba por llegar.

Acabó segundo máximo anotador del torneo y a la campaña siguiente se consolidó como killer del área junto a Roberto Dinamita. Vasco recobró en cierta medida el brillo perdido de un equipo que en la década de los cuarenta mostró su grandeza en Brasil con el "Expresso da Vitória" y su maquinista Ademir Menezes. Romario les hizo recordar aquellos tiempos, Vasco peleó nuevamente con Flamengo por el título carioca y ‘O Baixinho’ comenzó a deslumbrar. Especialmente tras la llegada del técnico Joel Santana y la consolidación de socios en el terreno de juego de la calidad de Mazinho, Donato, Dunga, Tita… Romario conquistó el Campeonato de Río de Janeiro en 1987 y 1988, además de consagrarse en dos ocasiones como máximo goleador del Campeonato Brasileño en 1986 y 1987.

Su debut  con la canarinha se produjo en 1987, ante Finlandia, marcando dos goles en su estreno. Fiel creyente de la pelota para Baixinho solo existió un Dios: Pelé y, a O’rey quiso retar cuando a la edad de 22 años afirmó que marcaría más de mil goles a lo largo de su carrera. Una carrera a la que dio continuidad dando el salto a Europa, firmando en 1988 por el PSV de Guus Hiddink, por entonces vigente Campeón de Liga, Copa y Copa de Europa.

Aquel año de 1988 fue especial para Romario, pues brilló en la selección brasileña que logró la plata en los JJOO de Seúl.  En Eindhoven disfrutaron del mejor Romario, un futbolista que surtido por el talento de Vanenburg y la calidad de otros compañeros como Koeman, Lerby, Kieft… se consagró como uno de los goleadores históricos del club holandés. Tres veces campeón de Liga en 1989, 1991 y 1992; máximo goleador de tres campeonatos: 1989, 1991 y 1993; dos ediciones de la Copa de los Países Bajos, en 1989 y en 1991, adornan su palmarés en Holanda, pero serían los 165 goles anotados en tan solo 163 partidos, los que quedarían grabados para siempre en la memoria de bronce de los Boeren (granjeros) de Eindhoven.

Romario siempre fue un futbolista excelso, quizás excesivo, pues tanto su carrera como su vida fueron como un Carnaval. ‘O Baixinho’ fue de batucada en batucada, de gol en gol, también de espantada en espantada. Johan Cruyff era conocedor de todo ello cuando en 1993 le contrató para poner la guinda al pastel de su Dream Team.  Y en su primera temporada en Barcelona fue puro carnaval, tanto en un sentido como en el otro, en el futbolístico porque nos dejó momentos inolvidables perfilados con colas de vacas, vaselinas imposibles sin dejarla caer a pases inmortales de Guardiola y Laudrup. Y en el sentido personal porque el brasileño demostró ser de aquellos futbolistas que aparecen y desaparecen como el Guadiana.

Romario siempre fue un futbolista excelso, quizás excesivo, pues tanto su carrera como su vida fueron como un Carnaval.

Cruyff le conocía bien y sabía que cuando llegaba animado con ganas de apostar por un número determinado de goles a marcar, tenía perdida la apuesta con el pequeño jugador carioca. En cambio cuando llegaba sin ánimo de apostar, Cruyff sabía que no haría acto de presencia durante el partido. Y así nos dejó una impresionante primera temporada y dos posteriores en las que fue decreciendo paulatinamente su nivel.

El año de 1994 fue crucial para el brasileño, pues si con el Barça sufrió el varapalo de la derrota en la final de la Copa de Europa ante el Milan, con la camiseta de la selección brasileña logró paliar la sensación de frustración que le dejó el Mundial de Italia 90, donde una lesión le relegó al banquillo. Pese a que su relación con Parreira no era nada buena, la lesión de Muller le abrió la posibilidad de ser protagonista con la seleçao. Baixinho jugó su único partido de clasificación ante Uruguay en el Maracaná, en el que firmó dos goles que clasificaron a su equipo in extremis. Y en USA la ‘seleçao’ de Parreira que no enamoró por su juego, basó en gran medida su avance y triunfo final gracias a la extraordinaria dupla atacante formada por Bebeto y Romario. Especialmente por este último, que pese a que no brilló en la final disputada ante Italia, fue elegido mejor jugador del torneo.

Tras aquel Mundial, Romario regresó a Barcelona con saudade de Río, hartazgo de Cruyff y su cabeza puesta en Copacabana. No volvió a ser el mismo y aunque nos dejó el lujo de una actuación brillante ante el Manchester United, ‘O Baixinho’ reservó su magia y talento para Flamengo, club al que llegó en 1995. Para los torcedores de Vasco fue un acto de alta traición y, para los de Flamengo el maná de los dioses. 59 goles en 59 partidos, certificaron su regreso al gol y consolidación como máximo goleador del torneo brasileño en 1996. En esa temporada protagonizó un efímero regreso a España fichando por el Valencia. Club en el que Luis Aragonés se topó con la versión de un Romario acomodado en el exceso extradeportivo, al que retó en un cara a cara recordado como uno de los más sonados de nuestra Liga. 

Valencia constituyó la anécdota de un futbolista que regresó a Flamengo para golear al borde del Carnaval, aquel que fue testigo de su resurrección en Vasco de Gama en la temporada 99/00. Romario siguió acumulando goles y equipos, (Fluminense, Al Saad y de nuevo Vasco de Gama) para cumplir un objetivo: el gol nº 1000. Una obsesión para un futbolista de dibujos animados al que ya acuciaban los problemas físicos. Para una leyenda, un genio, que según sus cuentas alcanzó su gol nº1.000 el domingo 20 de mayo de 2007, a las 19 horas y 19 minutos en el estadio Sao Januario del Vasco da Gama y ante Sport Recife. Un gol que para la FIFA no fue el número mil de ‘Baixinho’ puesto que solo contabilizaría los goles en partidos oficiales, con lo que el citado gol sería el número 928. Una cifra de goles en todo caso impresionante, la historia de una obsesión quizás innecesaria, puesto que lo verdaderamente trascendente fue cómo y dónde los convirtió.

Miami FC.,  el Adelaide United australiano y una breve y última etapa como jugador/entrenador de Vasco en 2008, pusieron el epílogo legendario a un jugador que puso fin a su carnaval goleador a la edad de 42 años. Aquel día en una careta de Carnaval, se dibujó  un imborrable recuerdo: la inexpresividad de su rostro, su forma fría y calculadora de celebrar sus ‘obras de arte’, esas que para nada coincidían con la estética y desbordante expresividad que atesoraba en sus potentes veinte metros de arrancada explosiva, de pausa activa ante los guardametas, ante los que el pequeño genio de Jacarezinho sacó a relucir su fuente inagotable de recursos y aquella puntera divina con la que tantos goles rubricó.