Armando Ufarte, el espanhol

José Armando Ufarte Ventoso, aquel que junto a Luis Aragonés y Paredes, conformó la mejor selección de nuestra historia, un futbolista en cuya mirada de ojos de ayer reside la escasez de la posguerra gallega, la magia de Copacabana y la sangre de una leyenda colchonera.

Armando Ufarte, el espanhol
Armando Ufarte, el espanhol

En las cercanías del viejo estadio de Pasarón de Pontevedra uno de aquellos niños de la posguerra mitiga las penurias y el hambre con pelotas de trapo sin tener consciencia de que a la vuelta de la esquina le aguarda la Cidade Maravilhosa. Mientras aquel balonazo del destino se produce, el joven José Armando disfruta viendo a su Pontevedra en el Pasarón e intenta emular a la imponente delantera del Athlétic de los Zarra, Panizo, Gaínza… en las filas del Petil Lérez y el infantil del Pontevedra.

Un balonazo del destino que se produjo en 1954, cuando aquel niño gallego de la posguerra vivió en primera persona el desgarro de la emigración, su padre mecánico de profesión encontró la mejor salida a la escasez en la invitación de un compañero radicado como mecánico en Río de Janeiro, la Cidade Maravilhosa.

Nada más llegar a Río, su padre compró un local que transformó en taller eléctrico para reparación de automóviles en el que José Armando tuvo que colaborar a la vez que cursaba estudios de dibujo, pero aguardaba ansiosamente aquellos momentos en los que la crudeza de la vida le dejaba en libertad para marcharse a la playa a jugar al fútbol. Y allá en la atardecida Copacabana, en aquella cálida alfombra dorada en la que los más grandes maestros del balón descubrieron los secretos de la pelota, el joven Armando descubrió una nueva concepción del fútbol en la que la creatividad estaba por encima de la táctica. Y en el medio que definió el genial Ortega y Gasset como fuente esencial para el estímulo individual, un ‘espanhol’ soñó descalzo sintiendo en su veloz carrera y sobre su rostro la brisa quieta, el rumor de melodía que solo conocen los genios que perfilaron los inicios de su leyenda en las playas de Ipanema y Copacabana.

Ufarte encontró en aquellas sensaciones el ginga brasileiro y las intangibles proyecciones esféricas que le llevaron a la firme convicción de que o sería futbolista o nada. También perfiló y afinó su técnica jugando al fútbol sala, comenzó entonces a llamar la atención de técnicos que siguieron con interés las aptitudes de aquel gallego que había adoptado como suya la identidad nacional del brasileño. A los quince años de edad el histórico Flamengo le propuso hacer una prueba de la que salió convertido en un garoto de Fla y con su primera ficha juvenil bajo su brazo.

Su sueño estaba cercano, y en dos años se convirtió en una de las grandes promesas del fútbol carioca, fruto de ello entró a formar parte del conjunto reserva del Flamengo, que competía en Segunda División, y en el que compartió vestuario con futbolistas de la talla de Gerson y Germano. Ufarte tocaba con la yema de los dedos la camiseta legendaria del primer equipo de Río, pero el fútbol no le daba para seguir subsistiendo, por lo que cuando en 1961, Corinthians le ofreció la posibilidad de firmar su primer contrato profesional, no lo dudó y llegó a un acuerdo con Flamengo para marcharse cedido al conjunto paulista y crecer allí futbolísticamente.

Aquel veloz y genial extremo derecho que rompía cintura con dribilings infernales y fintas al borde del abismo pasó a ser conocido como el "Espanhol"

Para entonces Armando Ufarte había renunciado obligatoriamente a su nombre, pues tras cada exhibición declaraba con especial orgullo que era español, una circunstancia que acabó bautizándole como futbolista. Y es que aquel veloz y genial extremo derecho que rompía cinturas con driblings infernales y fintas al borde del abismo, pasó a ser conocido como el “Espanhol” e integró a su regreso a Flamengo una de las mejores delanteras de la historia del club. La integrada por Espanhol, Moacyr, Henrique, Dida y Zagalo, con la que conquistó un Campeonato carioca entre 1962 y 1964.

En Río encontró la esencia de su fútbol y el sentido de su vida, también a Palmira, ‘su garota de Ipanema’ y con ella trajo a España y al Metropolitano su genialidad, donde cuentan que como en los toros, los sombreros llovían sobre el césped ante sus fintas, aquellas fintas de Copacabana e Ipanema que había contemplado hacer a Mané Garrincha, “la alegría do povo”, ese que Ufarte definía como el genio de las rodillas bizcas, la derecha mirando hacia fuera y la izquierda hacia dentro, con las que al final acababan bizcos los defensas.

Y así conquistó los corazones rojiblancos, desde aquel año 1964 en el que Atlético se hizo con los servicios de un futbolista que llegó al Metropolitano con la vitola de ser considerado como un segundo Garrincha. Ufarte que había llegado a ser suplente del ‘ángel de las piernas torcidas’ en la selección carioca, dejó claro que escondía en su carrera el susurro del Dios del viento. En sus dos primeras temporadas, las del viejo Metropolitano, sus endiablados e imprevisibles regates saliendo hacia dentro y hacia afuera, para centrar indistintamente con el pie derecho o el izquierdo, trasladaron a la afición rojiblanca de Madrid a Copacabana.

En el Manzanares también cuajó grandes temporadas pero quizás perdió un poco la espectacularidad de aquellos dos primeros años. Cuando Collar se marchó, el Atleti dejó libre el extremo izquierdo, posición en la que se dejaba caer a veces el inolvidable ingeniero del área, Gárate, para construir sus goles silenciosos y en otras Ufarte, que con su número siete a la espalda dio lecciones de cómo desbordar, volar y asistir al filo del abismo de la línea de cal. Justo en aquel lugar en el que la confluencia de su fútbol carioca entroncaba con la tierra de meigas en la que nació para mostrar a uno de los mejores extremos de su generación.

Con la selección, marcó ante Irlanda el gol decisivo que llevó a la roja al Mundial de Inglaterra 1966, que también disputó. Ufarte formó una sociedad ilimitada en banda derecha junto a Luis Aragonés y una de las líneas de ataque más recordadas de la historia del Atleti junto a Luis Aragonés, Irureta y Gárate. Ganó tres Ligas y dos Copas del Rey como rojiblanco, y desde su debut en Liga ante el Betis en el 64 hasta el año 74, en el que se marchó al Racing, fue pieza básica para la mayoría de sus entrenadores.

Y en aquel año 1974, tras 246 partidos de liga y 25 goles anotados con la camiseta del Atleti, se marchó al Racing para agotar su excelencia por la banda derecha del Sardinero, donde sus últimas internadas y explosivos regates propiciaron un ascenso a Primera división. Tras dos temporadas en Santander, y con 273 partidos en Primera a su espalda, colgó las botas para seguir desplegando su tesis sobre el fútbol ofensivo desde el cargo de entrenador.

Una nueva etapa en la que realizó un trabajo de valor incalculable en las categorías inferiores del Atletico y de la selección. No en vano más de media selección española trabajó con él desde los quince años y cuentan que la primera vez que tuvo a sus órdenes a un tal Andrés Iniesta se acercó a él y le dijo lo siguiente: “Chaval, mejora y prepárate en el aspecto físico porque tú con la edad que tienes juegas más al fútbol que otros que llevan quince años haciéndolo en Primera”.

Ese fue y es José Armando Ufarte Ventoso, aquel que junto a Luis Aragonés y Paredes, conformó la mejor selección de nuestra historia, un futbolista en cuya mirada de ojos de ayer reside la escasez de la posguerra gallega, la magia de Copacabana y la sangre de una leyenda colchonera. Un genio al que quizás el mundo del fútbol no ha reconocido la grandeza que le corresponde, pero al que desde estas líneas que bordean la cal del recuerdo, abro de par en par las puertas de nuestro Desván. Una buhardilla digital en la que desde hoy un extremo puro hace cortes y quebradas con sabor carioca y el sobrenombre de “El Espanhol”.