Paco Buyo: "el gato de Betanzos"

Buyo, portero de altos vuelos, especialmente estético de ver por la forma de ejecutar sus acciones, desempeñar su profesión. Uno de aquellos tipos que en el fútbol pertenecen a otra estirpe, pues en este apasionante juego están los porteros y luego todos los demás. Entrenan diferente, piensan diferente, sufren diferente, encajan los goles de forma diferente, celebran los goles de forma diferente y visten diferente.

Paco Buyo: "el gato de Betanzos"
Paco Buyo: "el gato de Betanzos"

Dijo en una ocasión Luis Arconada que la clave para convertirse en un buen portero radica en tener siempre una referencia. Un portero al que imitar, al que admirar, un espejo en el que mirarse. Y para Paco Buyo además de en las figuras de Miguel Ángel, Urruti, Iribar, “Superpaco y, Seoane, encontró en el legendario portero de la Real Sociedad a su mayor referente. Y eso que entre Buyo y Arconada solo existe una diferencia de edad de tan solo cuatro años, pero como siempre reconoció, Luis fue un gran referente para los porteros españoles de aquella época.

El mayor referente de un chico nacido un 13 de enero de 1958 en Betanzos (La Coruña) cuya pasión y vocación por el fútbol germinó en las calles de su barrio de La Ribera. Aquel chaval que en sus humildes inicios encontró la docencia  y los buenos consejos de Freire, su primer entrenador, técnico al que siempre guardó especial cariño y admiración. Su hermano Antonio compartió con él la pasión futbolística, pero solo Paco logró labrarse una carrera profesional en la posición más dramática e ingrata del fútbol, en la que tras años de heroicidades un segundo de oscuridad pueden convertirte en villano.  Quizás por ello el pequeño Paco se debatió en sus inicios entre ser portero o goleador, en confinar su talento solitario en la cárcel de cal y enredado en la línea de la verdad o desplegar su torrente ofensivo por el extremo derecho amargándole la vida a ese ser que posteriormente dignificaría.

Y es que cuenta su historia, la de su infancia, que cuando llegó al Ural con catorce años llegó a ser el portero menos batido y a su vez el máximo goleador del equipo, pero en la personalidad de Paco, en su carácter y su destino, residía un portero de leyenda, el alma del guardameta, del atleta solitario, de un ser diferente que con el poder de usar sus manos marcó época en el fútbol español. Posteriormente cuando pasó al Betanzos, donde permanecería hasta su fichaje por el CD Lugo, el joven Buyo logró captar la atención de los ojeadores de los grandes equipos gallegos (Depor, Celta, Pontevedra...), pero finalmente se marchó a Palma para jugar en el Mallorca en 1975.

En ese año en Mallorca juega 16 partidos y sigue acumulando pretendientes como Atlético de Madrid, Las Palmas y Málaga. Cuando el acuerdo con el Málaga parecía cerrado, una diferencia de 1 millón de pesetas desbarató la operación y giró su destino hacia su tierra natal. Buyo firmó por el Deportivo, equipo en el que permaneció durante cuatro temporadas en Segunda División. En su debut en la categoría de plata mantuvo su portería a cero contra el Castellón, en Castalia. En la temporada 78-79 jugó cedido en el Huesca mientras hacía el servicio militar en Jaca. Se pasó tres cuartas partes de temporada en Huesca, y el final de Liga lo disputó con el Deportivo. El entrenador le reclamó para un momento crucial de la temporada y cada fin de semana viajaba de Huesca a La Coruña como buenamente podía.

En 1980 firmó por el Sevilla por mediación de su presidente, que le conocía bien de las categorías inferiores de la selección. Llegó al Sevilla en la temporada 80/81 y allí en la parcela técnica le recibió el legendario Miguel Muñoz. También el que sería su compañero, maestro y duro competidor en la portería sevillista: Super Paco. Su debut como portero del Sevilla se produjo en La Romareda frente al Zaragoza, que ganó 2-0. De Paco a Paco la portería del Sevilla encontró el relevo generacional perfecto, el gallego logró hacerse con la titularidad y en su primera temporada jugó nada más y nada menos que 33 partidos.

Para entonces la afición sevillista descubriría que en Paco Buyo “el gato de Betanzos” había encontrado a un portero cuyo estilo, carácter, y personalidad se ajustaban al tradicional cliché que defiende que todo portero debe poseer un punto de locura, de genialidad, una personalidad diferente al resto de compañeros. Un atleta con algo de héroe, de villano, de salvador. Buyo era un portero de estatura media (1,79), no muy alto pero dotado de unos fabulosos reflejos, un guardameta de una personalidad y un carácter fuerte, más espectacular que sobrio, pero igualmente eficaz y regular. Un portero de altos vuelos, especialmente estético de ver por la forma de ejecutar sus acciones, desempeñar su profesión.

Uno de aquellos tipos que en el fútbol pertenecen a otra estirpe, pues en este apasionante juego están los porteros y luego todos los demás. Entrenan diferente, piensan diferente, sufren diferente, encajan los goles de forma diferente, celebran los goles de forma diferente y visten diferente. Buyo era así, ya en el Sevilla cuentan que su esposa se encargaba de tejerle los jerséis a colores con los que dejaba patente su personalidad en una época en la que se llevaban los colores oscuros para los guardametas.

En su segunda temporada Paco Buyo jugó 34 partidos, y en la 82-83 jugó 33, Buyo ya se había consolidado como uno de los mejores porteros de la época. Asiduo a las inferiores de la selección española debutó como internacional con la sub-21 con Jesús Pereda en el banquillo para jugar el Mundial de dicha categoría en Túnez. Debuta contra Francia, con 2-1 a favor de España. En 1979 fue llamado por la selección olímpica, y formó parte del primer combinado español que jugaba en Israel. Fue el 26 de septiembre y España venció 3-0. Precisamente y aunque el destino le depararía una carrera quizás no del todo justa a nivel internacional, vistiendo la casaca de la selección vivió uno de los momentos más intensos de su carrera, pues Buyo debutó con la absoluta de mano de Miguel Muñoz en 1983 en el famoso e histórico partido ante Malta en el que España ganó a Malta por 12-1 y dejando en la suplencia a Andoni Zubizarreta. Luego fue subcampeón de Europa en la Eurocopa de 1984 en Francia, donde fue suplente del gran Luis Arconada.

Fichaje por el Real Madrid

Su enorme seguridad y eficacia bajo los palos, hacen que el Real Madrid se fije en él, fichando por el equipo de Chamartín en el verano de 1986. Paco Buyo llega junto a Leo Beenhakker, técnico que le tenía gran estima y valoraba profundamente sus cualidades como portero: “Con Buyo el fútbol español tenía la portería bien cubierta” dijo el holandés. Pronto sus reflejos y sus vuelos al ángulo relegaron a la suplencia a dos grandes porteros como Agustín y Ochotorena. Aquel era un gran equipo, en su debut en La Condomina, donde el Madrid venció 3 a 1, formó con Buyo; Chendo, Gallego, Solana, Gordillo; Míchel, Martín Vázquez, Juanito, Valdano; Hugo Sánchez y Pardeza.

De la citada alineación podemos extraer varias lecturas, de un lado la presencia de la que Hugo Sanchez denominó como “La Quinta de los Machos”, del otro la incipiente aparición de algunos de los componentes de “La Quinta del Buitre”, y por último, la presencia de Juanito, vinculado siempre a momentos legendarios, como la recordada etapa de las remontadas, consolidada en la memoria del siete blanco y en la de su afición como “el espíritu de Juanito”. Aunque para Buyo el éxito de aquel equipo, además de en el genio de Fuengirola, se basó igualmente en lo que el recuerda como el espíritu de Santillana, Valdano, Hugo, Camacho…

Aquella temporada dio inicio a su leyenda, a sus espectaculares paradas como portero madridista, sus guantes Uhlsport volaron decididos hacia la ingrávida inmortalidad del “Gato de Betanzos”. Para el recuerdo once temporadas vistiendo la camiseta del Madrid, memorables instantes para ser héroe, paradas inolvidables, vuelos y blocajes al ángulo a disparo de Donato, partidos inolvidables como la vuelta de octavos de final de la Copa de Europa de 1987, contra la Juventus. En la ida, los blancos habían ganado 1-0 a la Vecchia Signora en Chamartín, y en la vuelta, la Juve de Platini ganó 1-0. En la tanda de penalties, Buyo fue el héroe al detener tres. También, como todo portero con segundos de oscuridad, como la Liga perdida en Tenerife con aquella pelota alta cedida por Sanchís. O una tarde de 1989 en Pamplona, en la que sufrió un impacto en la cabeza además de recibir varios petardazos a su alrededor, motivos por los que el árbitro, Socorro González suspendió el partido.  

Once temporadas defendiendo la portería del Madrid dan para mucho y solo un grande como Buyo podía hacerlo con tanta regularidad. Seis Ligas, 2 Copas del Rey y 3 Supercopas. Primer jugador en llegar a los 500 partidos en Primera, jugó nada más y nada menos que 542 partidos en Primera División repartidos entre el Madrid y el Sevilla. Grandes alegrías y decepciones, en un equipo que en la Liga española arrasó y al que sólo pudo hacer sombra el Dream Team de Cruyff.  Aquel que en Europa se topó con el mejor Milán, el PSV, y algunos otros que cerraron la posibilidad al excelente portero español de alzarse con algún título europeo.

Un portero que pudo ser más internacional pero nos dejó una sensación que bien podría resolverse con la siguiente reflexión, pues reconociendo en Zubi a un portero inmenso y tan sobrio y eficaz como extraordinario, hubo momentos en los que Paco Buyo llegó a estar a mejor nivel que el vasco, pero las clásicas filias y fobias del fútbol, de sus entrenadores le relegaron a un injusto segundo y tercer plano del panorama histórico de la selección. Luis Suárez prefirió confiar en otros y Clemente, que no disimuló sus preferencias por otro tipo, otro estilo de porteros, se obcecó en una decisión personal que cada día situó más lejos al de Betanzos de la casaca de la selección española.

En cualquier caso Buyo fue un porterazo, como dije con un punto de locura e inconsciencia que, en una de las muchas entrevistas que concedió, al ser cuestionado por cual era su película preferida, no dudó un instante: “Alguien voló sobre el nido del cuco” respondió. Maravillosa película en la que Nicholson interpretó de forma genial a un delincuente que finge estar loco para evitar una condena y comienza a reflexionar sobre su vida y la vida de los confinados en aquel manicomio. Paradoja que muestra el corolario de nuestra sociedad, el pequeño gran manicomio en el que vivimos. Una película que elegida por un portero, por este portero, le viene como anillo al dedo, pues en el manicomio del fútbol el portero es el loco más cuerdo que existe. Y Buyo voló incesantemente sobre el nido del cuco, sobre los tres palos y la línea de cal tras la que aguardó el abismo del gol, un segundo de luz para la heroicidad y uno de oscuridad para la villanía. Enredado y atrapado en una red de la que surgieron aplausos, admiración y una cascada de insultos, ofensas y burlas, que el público rival vociferó a sus espaldas.

Ese que conociendo su carácter complejo y su adhesión incondicional al Real Madrid, no puede permanecer ajeno a la leyenda inagotable de un gallego que colgó sus guantes Uhlsport en 1997, a la edad de 39 años, tras un año en la suplencia con Fabio Capello (que prefería porteros más altos de 1’90) y la promesa incumplida de Lorenzo Sanz de renovarle un año más. El “Gato de Betanzos”, un trazo ingrávido de nuestra memoria, aquel que seguirá por y para siempre volando sobre el nido del cuco.