Dennis Rodman, perro callejero

Rodman fue conocido como “Bad Boy” pero en mi opinión fue el perro callejero de la NBA, en sus saltos, sus palos, su pelea por el balón, la decisión y las ganas, quedó radiografiada su vida, las enésimas peleas callejeras en las que se vio envuelto. Su vida, desde aquel año 61 en el que vino al mundo en Trenton, no fue otra cosa que un balón dividido, el grito de un niño que utilizó el baloncesto como altavoz, blandiendo la dolorosa espada de la rebeldía, la excentricidad y la insumisión.

Dennis Rodman, perro callejero
Fotomontaje: Jaime del Campo

En una calle perdida de Dallas, un niño de apenas siete años calienta sus manos junto a un bidón de basura que arde dando calor y lumbre a un corrillo de yonkis, prostitutas y jóvenes, tan desarraigados socialmente como arraigados a aquel combate diario que se disputa en el asfalto de la nada. Pese a ser un niño, la picaresca ya surca su rostro y, de su mirada desprende el kilometraje de las siete vidas de aquel que llegó al mundo envuelto en la bandera de la rebeldía y pisó la calle por primera vez para pelear y gritar con fuerza, que la ruleta de la vida se detuvo en su caso en la casilla de la marginación y en la realidad de aquel que siente que su infancia es y ha sido una mierda.

Aunque nació en Trenton (New Jersey) un 13 de mayo de 1961, los bajos fondos de Dallas  cartografiaron el doloroso mapa de su niñez, para Dennis Keith Rodman la vida fue una guerra de guerrillas desde que con cuatro años su padre les abandonó. Acostumbrado al pillaje y la carrera, el son que marca la escasez y la banda sonora de las sirenas moldearon la personalidad de un joven que sabía muy bien como ganarse unos pavos y al que conocían con el apelativo de “The Worm” (El Gusano), por la forma que tenía de retorcerse cuando jugaba a las máquinas de pinball.

Ficha policial de Rodman - Año 1979Como canta Manolo García la  infancia de este niño, este personaje al que dirijo mi recuerdo fue el brocal del pozo, el fondo con su negrura, la sombra de la sombra de la sombra de tú sombrero. Su grito de rebeldía rodó por calles de aceras robadas, donde las vidas de los hombres arden como velas aisladas, y la marginación, la delincuencia, la droga, construyen castillos en el aire, Gólgotas en la noche que se confunden con las mil y una lunas que se reflejan en la dureza negrura del asfalto. Así creció Dennis y así acostumbró a dirigir la guerrilla de su vida, blandiendo la dolorosa espada de la rebeldía, la insumisión, ladrando gritos como perro callejero, no siendo ejemplo de nada sino todo lo contrario. Utilizando el deporte como arma para dejar claro que no se inclinaba ante nada, sino que respondía únicamente a la anarquía de sus pasos. Los pasos de un joven nada modélico al que detuvieron en 1979, cuando en su segundo trabajo honrado, como portero en el aeropuerto de Dallas, le pillaron con 50 relojes que había robado para sus amigos.

Como él mismo definió pasó de ser “nadie de ningún lado”, de dormir entre cartones y poseer todos los números para convertirse en “camello”, a vislumbrar un rayo de luz y convertirse en una estrella gracias al baloncesto. Deporte para el que no parecía haber nacido, pues Dennis jamás fue un joven alto, tampoco destacó por la habilidad, la técnica individual, con el balón en sus manos. En cambio sí que tuvo la destreza para utilizar el citado deporte como altavoz de su obligado aislamiento, como bandera de su rebeldía, como molde de su pétrea musculatura, cultivada en los gimnasios y las canchas perdidas de los peores barrios de Dallas.

Dennis utilizó el baloncesto y quiso dejar claro en todo momento que no se dejaría utilizar por la NBA, “Quería que ellos pensaran que yo era un tipo importante”, escribió en su autobiografía “ Bad as I wanna be” (“Tan malo como quiero ser”). Y tan malo como quiso ser fue este chico que vivió sus primeros pasos en etapa universitaria en los Savage Storm, donde promedió 25,7 puntos y 15,7 rebotes por partido, pero en una universidad de segunda categoría. A los 17 años poco futuro en el baloncesto podía tener un chico de 1,75 m de estatura que trabajaba en un supermercado y veía lejano el sueño americano de la NBA. Su juego a años luz de la técnica y los fundamentos básicos del baloncesto, no invitaba al optimismo, pero Dennis tenía todo lo demás. Cuentan los que tuvieron que vérselas con “El Gusano”, que pelear por un balón con el de Trenton fue como echar un pulso con el diablo. Un pequeño diablo que en su último año de adolescencia, creció los 27 cm decisivos con los que logró dejar su techo de altura en los dos exiguos metros, que fueron suficientes para sacar el máximo rendimiento a su privilegiada capacidad para rebotear.

Por una vez la suerte estuvo de su lado y el destino le deparó el rayo de luz que había estado aguardado durante toda su vida: Rodman entró a formar parte de un equipo de Bad Boys que marcaría época en la NBA. Rodman cayó de pie junto a los Isiah Thomas, Joe Dumars, Bill Laimbeer , Dantley, Vinnie Johnson, John Salley, y Rick Mahorn. Además Chuck Daily, entrenador de los 'Bad Boys' de Detroit, vio en Rodman algo que no había visto en ningún jugador: además del punto de locura y excentricidad, traía de serie la mala leche y el juego del dolor que se siente en la marginalidad de la vida. Rodman jugaba como había vivido y cada rebote, cada salto, cada acción, era un reto personal en el que le iba la existencia.

Pasó desapercibido entre ellos al inicio, pero pronto fue cobrando protagonismo por su excentricidad y sobretodo por su tremenda evolución defensiva. De aquella época se recuerda, a un ala pivot de Detroit Pistons, pésimo tirador, que fue el único que con sus rudimentarias armas  intimidó a Larry Bird. El protagonismo de “El Gusano” fue in crescendo y pronto se consolidó como el mejor defensor de la NBA, su aportación fue vital para la consecución de los títulos de 1989 y 1990. Pasó de perro callejero de los suburbios de Dallas a perro de presa de la NBA. Al ser designado jugador defensivo del año por primera vez, en la verdad de sus lágrimas viajaba el esfuerzo y la eterna rebeldía del que iniciando su camino desde puntos de partida muy complicados, había conseguido el reconocimiento unánime del mundo. De los 12,5 de media en 1991, pasó a más de 18 rebotes en 1992, cifra con la que dio comienzo a su reinado, el primero de los 7 títulos consecutivos de máximo reboteador de la NBA con los que marcó una época.

Rodman era un coloso en la cancha, aunque saltaba mucho y era capaz de cansar a todos sus rivales, más que saltar era un genio, un maestro cogiendo la posición. Un tipo con una morfología física privilegiada para el ejercicio del rebote y la defensa, con mucha más inteligencia táctica de la que muchos puedan pensar. Un ala pivot con un desplazamiento lateral velocísimo, una pesadilla para el atacante. Como muy bien le definió el gran Andrés Montes “Adivina quien viene esta noche”, tu peor pesadilla, míticos emparejamientos y duelos de la historia de la NBA, con Malone, O'neal, Ewing o Mourning. El baloncesto llevado al límite del reglamento, la vida llevada al límite de la excentricidad. Rodman sufría con pivots más bajos pero anchos como Mourning o Malone, en sus saltos, sus palos, su pelea por el balón, la decisión y las ganas, quedó radiografiada su vida, las enésimas peleas callejeras en las que se vio envuelto. Rodman fue conocido como “Bad Boy” pero en mi opinión fue el perro callejero de la NBA.

En 1992 el desequilibrio emocional y personal de Dennis vivió un suceso límite cuando Chuck Daily, al que consideró como un verdadero padre, dejó los Pistons para ingresar en las filas de los Nets. Además a nivel personal sufrió el divorcio y la separación de sus hijas, sucesos que le llevaron a sumirse en una profunda depresión que cuentan vivió su momento culminante en el parking de Auburn Hills dentro de su pick-up, donde fue encontrado con un arma cargada y argumentando que aquella noche había matado al viejo Dennis para alumbrar el nacimiento de un nuevo Rodman.

Y el nuevo Rodman llegó a los San Antonio Spurs, donde sus cifras de rebotes llegaron a promediar por encima de 20. Junto a grandes jugadores como Robinson, Dale Ellis, Vinnie del Negro, Avery Johnson, Sean Elliott formó parte integrante de un gran equipo que se quedó sin anillo precisamente porque al Gusano se le cruzaron los cables en mitad de los playoffs. El viejo Dennis no había muerto, la indisciplina y los asuntos extradeportivos dejaban ver la cara rebelde de Mr.Hyde. Recibió más de treinta técnicas y su imagen se hizo universal cuando su casamiento con Madonna dio la vuelta al mundo, sus días como jugador parecían haber tocado a su fin.

Entonces cuando pocos apostaban por la reaparición del Rodman ganador, los Chicago Bulls, le dieron la oportunidad y las herramientas que necesitaba para volver a ser grande de la NBA. Rodman que había sido una bomba de relojería, un tipo incontrolable, encontró en la figura legendaria de Phill Jackson, al técnico y consejero capaz de controlarlo, de sacarle posiblemente el mayor rendimiento de su carrera. Jackson que también acabó cansándose de Dennis, tuvo la sensibilidad de sentarse con él, de comprenderlo, de conocer realmente su vida, su personalidad moldeada por la adversidad, por una infancia vivida con un cuchillo entre los dientes. Le hizo hueco en un equipo temible y las dudas que generaron su contratación, se fueron disipando gracias su rendimiento. Encontró su lugar entre las estrellas y aportó mucho para que Chicago consiguiera tres anillos de la NBA con un equipo que flota en la ingrávida inmortalidad de la historia del baloncesto. Lo hizo como siempre, planteándose un nuevo reto en cada salto, una pelea callejera en cada balón, con su cuerpo agujereado como boceto de tatuajes vitales y su cabeza como llamativa bandera de la rebeldía y la excentricidad. The New York Times le definió como el “hombre con la envergadura de un saurio volador”.

Esto fue así hasta que situó en la leyenda sus siete temporadas como máximo reboteador de la NBA, algo nunca visto e inaudito para un tipo de 2 metros de estatura. Entonces las sombras nuevamente se apoderaron de su vida personal, el personaje devoró al excelso jugador, la droga y los excesos atraparon a la persona. Poco después inició un gris viaje y desempeño por Lakers, Mavericks y posteriormente por varios equipos de la liga mejicana, donde mitigó sus ansias y adictiva necesidad por ganar balones divididos. Pues su vida, desde aquel año 61 en el que vino al mundo en Trenton, no fue otra cosa que eso: un balón dividido.

El balón dividido de un showman que gritó con fuerza la infancia de mierda que vivió, aquel que en la cancha escenificó el papel de perro de presa, el mejor de la historia en la citada función, pero que en la vida no fue más que un perro callejero que escapó de la miseria y equivocadamente encontró en las drogas su único y fantasioso hogar.  Un hogar en el que sigue lapidando su existencia y regresa peligrosamente a las sombras que le devolverán nuevamente a aquella calle perdida de Dallas, en la que un niño de apenas siete años calienta sus manos junto a un bidón de basura que arde dando calor y lumbre a un corrillo de yonkis, prostitutas y jóvenes tan desarraigados socialmente como arraigados a aquel combate diario que se disputa en el asfalto de la nada.