Gianfranco Zola, el hechicero de Oliena

Por ser un loco bajito, por esculpir desde la calle, desde una portería pintada en la pared de su casa, por no parar de joder con la pelota, por ser discípulo y heredero de un D10S, por pelearle una generación de italianos a un nueve y medio (Roberto Baggio) y, por ser un creativo surgido de un fútbol que sacó tradicionalmente el máximo partido al trabajo táctico, dejo estas líneas en homenaje al pequeño hechicero de Oliena, al increíble hombre menguante surgido de la tierra sarda.

Gianfranco Zola, el hechicero de Oliena
Foto: http://www.mirrorfootball.co.uk

En un paraje en el que el Supramonte explosiona su naturaleza salvaje, a los pies del monte Ortobene, abrazado al candor suave de un valle atravesado de parte a parte por el río Cedrino, nació Merendina, hechicero del fútbol que cocinó en el caldero mágico de su minúscula grandeza, la pócima secreta de su grandiosa creatividad.

Merendina muere por el dulce, por los pasteles del bar de su padre, pero encuentra los ingredientes  para su inspiración poética en la portería que pintó bajo su casa, papiro de unos sueños esféricos que trazaron líneas de genialidad por las anguladas calles de Oliena, por la embriagadora esencia de un maravilloso pueblo que a los pies de un castillo eleva su inmortal belleza.

Todos le conocen como Merendina, pero para el fútbol es Gianfranco Zola, el genial y menudo perdigón que rompe cinturas en el modesto Nuorese de la Serie C2, ese mismo que quiebra quimeras por el precipicio de la poesía, en las filas del Torres de Sassari, equipo más antiguo de Sardinia, donde su físico menguante permanece equidistante a la inmensidad de su talento.

Y en la C2 de Italia, a los pies del Supramonte, fue descubierto por Luciano Moggi, por entonces director deportivo de un Nápoles presidido por Corrado Ferlaino y liderado espiritualmente por un nuevo San Genaro: Diego Armando Maradona. Extraído del caldero mágico del fútbol, el hechicero sardo,  el increíble hombre menguante de Oliena, pasó de la serie C2 a la serie A, a las filas del Nápoles del D10S de Villa Fiorito.

"Estoy convencido de que si Diego Armando Maradona no se hubiera cruzado en mi vida yo no habría sido el futbolista que fui. Aprendí mucho de él"

No debe ser fácil tocar el sur de Italia con las manos, entrar en el cielo azul de Nápoles y toparse con un D10S. Sentirse un creativo, escultor del fútbol y ver esculpir al napolitano Bernini, ver a Diego jugar, entrenar, dominar el fútbol mundial. Sentirse discípulo cercano de Diego es abrumadoramente influyente en la inspiración futbolística de todo aquel que se precie por el gusto estético y la rebeldía de un genio. "Estoy convencido de que si Diego Armando Maradona no se hubiera cruzado en mi vida yo no habría sido el futbolista que fui. Aprendí mucho de él" llegó a decir. Pues el diez argentino además de San Genaro era el nuevo Bernini napolitano y, San Paolo el taller verde en el que crecieron y aprendieron sus discípulos. Unos discípulos entre los que destacó especialmente un alumno aventajado, el hechicero de Oliena, que esculpió el mármol de la genialidad al borde del precipicio de una montaña llamada Diego. Que encontró también los trazos y el cincel del buen juego junto a futbolistas como Careca.

Y en la escultura que componen sus recuerdos, la zurda de Diego es veta de inspiración para una carrera en la que llegó a brillar el soliloquio de su también talentosa y magistral pierna derecha. Pues como dije no debe ser fácil heredar el diez de un D10S sin acabar como un ángel caído del fútbol y la estética, tampoco ser coetáneo de Roberto Baggio y pelearle el nueve y medio de su grandeza.  Pues Gianfranco Zola superó todo aquello, el guante de su pierna derecha se sobrepuso, encontrando en la estela del diez el camino hacia su interpretación personal, su concepción y expresión individual del juego.

Aunque encontró en Roberto Baggio al Borromini que le hizo sombra, el fútbol italiano jamás olvidará a aquel jovencito que osó querer esculpir sobre la alfombra verde del San Paolo, los trazos de grandeza de un ser que pasó de leyenda a divinidad. Lo hizo en el Nápoles, donde fue campeón de la serie A, así como de la Supercopa italiana de 1991. Cuando el club sureño entró en declive deportivo y financiero, se marchó al Parma, donde brilló con luz propia. El Ennio Tardini gozó con la magia sarda del pequeño hechicero de Oliena, compañeros como Dino Baggio, Thomas Brolin, Néstor Sensini o el “Tino” Asprilla, bailaron al son de su pierna derecha y el Parma vivió sus días de gloria. Con la creatividad de un pequeño genio la pequeña Parma conquistó corazones y el prestigio internacional que ansiaba con la consecución de la Supercopa europea del año 1993 y la Copa de la UEFA de la temporada 1994/95, además de ser finalista de la Coppa d’Italia y de la extinta Recopa de Europa.

Con las hojas caídas del otoño de 1996 el caldero de la magia, la pócima de su talento cocinó un nuevo sueño en Londres, en el barrio de Chelsea, en Stamford Bridge, donde su magia sarda edificó su Stonehenge particular, el templo dedicado a sus antiguos dioses. Un estilo, una creatividad y forma de concebir el juego que tuvo crucial y vital importancia en el desarrollo futuro de la Premier. Pues Zola con sus escasos 1,68 metros de estatura llegó a portar el cetro dorado de un fútbol frenético y eminentemente físico. Aquel que encontró en su bajo centro de gravedad, en su eléctrico motor de explosión y la milimétrica precisión de su pierna derecha, el mestizaje de un fútbol que se abrió definitivamente al mundo.

Zola compartió vestuario con futbolistas como sus compatriotas Gianluca Vialli y Roberto Di Matteo, el lateral rumano Dan Petrescu, el uruguayo Gustavo Poyet o el francés Franck Leboeuf.  Aquel Chelsea quedó como un gran recuerdo, un equipo con gran virtud a la hora de construir el juego, bonito de ver y Zola como nuevo dios blue. El talento y la clase de aquel que al llegar al Chelsea tuvo que cortar sus camisetas porque le iban demasiado grandes, ese mismo que incentivó su intelecto para suplir sus carencias físicas con la desbordante evolución de su creatividad.

Por todo ello, por ser un loco bajito, por esculpir desde la calle, desde una portería pintada en la pared de su casa, por no parar de joder con la pelota, por ser discípulo y heredero de un D10S, por pelearle una generación de italianos a un nueve y medio (Roberto Baggio) y, por ser un creativo surgido de un fútbol que sacó tradicionalmente el máximo partido al trabajo táctico, dejo estas líneas en homenaje al pequeño hechicero de Oliena.  Al increíble hombre menguante surgido de la tierra sarda que puso punto y final a su carrera en 2005, en el Cagliari, a pocos kilómetros de donde todo comenzó: en la pila bautismal de una iglesia de Oliena, donde el párroco, tras librarle con la lluvia del agua sagrada del pecado original, le dejó un balón como regalo.