Juanito, el séptimo arte

Cuando sus pies menudos prendían la pelota para crear poesía en los límites del adjetivo, en los límites de la imaginación, en los límites de la ficción y la realidad, el séptimo arte se colgaba del séptimo cielo en el minuto siete de la eternidad. Entonces aquellos treinta segundos de irascibilidad quedaban en el olvido y Juanito perduraba para siempre en el recuerdo.

Juanito, el séptimo arte
Juanito, el séptimo arte

Diez de noviembre de 1954, en el nº 16 del barrio pesquero de Los Boliches, en Fuengirola, el estridente llanto de un niño que llega al mundo para dar mucha guerra, deja sorda a la matrona que asiste a Carmen, que ya intuye en los vivos ojos de aquel pequeño al que llamará Juan, su desbordante y abrumadora energía vital. Un incontrolable polvorilla, travieso como él solo que con solo dos años ingirió un frasco de píldoras y tuvo que ser sometido a un lavado de estómago en un centro hospitalario de la localidad.

El pequeño Juan era un incontrolable polvorilla, travieso como él solo.

Aquella localidad, aquellas modestas calles de un humilde barrio pesquero en el que el hijo de un albañil comenzó a encauzar su hiperactividad peleando con todos, pero que encontró definitivamente su camino entre adoquines y solares, aquellos sobre los que perfiló los primeros trazos de su artística rebeldía con el incierto rodar de una pelota. Y en aquella calle tan grande y varia como aquel mundo, en el que no hay más de lo que puede encontrar en ella, un chico que soñaba con ser amo de la calle y aquel pequeño mundo, descubrió el fútbol para protagonizar la película de sus sueños blandiendo a su espalda el blasón de su número siete. Un número que ya lució con la casaca del Aspes (su primer equipo), con la que ya apuntó su intuitiva capacidad, listeza y habilidad en el manejo de los tempos del fútbol y la pelota.

Del Aspes pasó al juvenil del Fuengirola, donde comenzó a escribir el guion futbolístico de su carrera, el séptimo arte de un futbolista torero y menudo que en 1968 jugó en primera regional porque la categoría juvenil se quedaba pequeña para su desbordante talento, por ello jugó en una categoría superior falsificando su ficha federativa. Ante semejante talento el Atlético de Madrid comenzó a seguirle de cerca y formalizó a través de Víctor Martínez su fichaje por cinco temporadas. El de Fuengirola tenía quince años cuando ingresó en las inferiores del Atleti, donde encontró en la figura de Eugenio Leal a uno de sus mejores amigos. Con el conjunto colchonero experimentó una progresión espectacular hasta que subió del juvenil al filial de Tercera. Entonces le ofrecieron una cesión al Calvo Sotelo, una oferta que desestimó para regresar a su tierra natal.

Ante semejante talento el Atlético de Madrid formalizó su fichaje por cinco temporadas.

Cuando todo indicaba que su salida del conjunto colchonero era inminente, la aparición de Max Merkel cambió su destino. Juan firmó un nuevo contrato y se le abrieron las puertas del primer equipo, pero su sueño comenzó a desvanecerse. Perdió protagonismo en el equipo y cuando le dieron la oportunidad de demostrar su talento, la desgracia se cebó con él. En un partido contra el Benfica, a beneficio de los damnificados de Managua, en una jugada desafortunada se rompió la tibia y el peroné tras un choque con Henrique. Aquella lesión accidental pareció obedecer a los designios de un destino para el que parecía estar predestinado: no jugar en el Atlético de Madrid.

Tras su recuperación se encontró con la negativa de Juan Carlos Lorenzo, y el Atleti dejó escapar a uno de los jugadores más talentosos de su generación. El citado cúmulo de reveses y desgracias habría tumbado y minado la moral de cualquier chaval pero no la de Juan Gómez. Juanito iba a ser un grande y nada ni nadie se interpondría en su camino. El fino extremo fue ofrecido a varios equipos, el Sevilla rechazó su cesión, pero cuando todo parecía perdido, José María Negrillo, que le conocía bien del Madrileño, se lo llevó al Burgos. Y en el Burgos tras una temporada complicada (el equipo estuvo al borde del descenso) el mejor Juanito regresó para no marcharse jamás.

Junto a Naya y Muller, Juanito logró que el Burgos protagonizara portadas y estuviera en boca de todos por su talento. Un explosivo y fino extremo, que con el número siete a su espalda, logró que Ladislao Kubala (seleccionador), se fijara en él y le llevara a Montreal. Juanito codiciado por los poderosos, protagonizó la carrera de Madrid y Barcelona por hacerse con sus servicios. Ambos jugaron sus bazas, pero el chaval que tenía un sueño consiguió cumplir sus deseos al firmar por el Real Madrid por la cifra de 27 millones de las antiguas pesetas. El 19 de noviembre de 1976 vio cumplido, por fin, su gran sueño y nada más llegar expresó con sinceridad lo que sentía: “llegar a esta casa fue como tocar el cielo, pues prefería ante todo al Real Madrid como equipo y a Madrid como ciudad”.

Hipotecaba trozos de cielo e infierno cada vez que agarraba la pelota o se lanzaba al abismo a través de su irrefrenable temperamento.

Desde su llegada el genial futbolista de Fuengirola comenzó a generar debate, sus constantes paseos por el alambre le convertían en un futbolista de seguidores incondicionales y escandalizados detractores. Y es que Juanito, que inventaba por los extremos de la palabra y la genialidad, hipotecaba trozos de cielo e infierno cada vez que agarraba la pelota o se lanzaba al abismo a través de su irrefrenable temperamento. Un huracán atravesó  las puertas del vestuario blanco cuando se incorporó al equipo en la temporada 1977-78. Juan llegó con su arrolladora personalidad para no dejar indiferente a nadie. Heredó el mítico dorsal nº7 de Amancio, su dorsal, aquel con el que debutó en México ante el Guadalajara y dejó para la memoria del aficionado una imborrable y memorable actuación en el Camp Nou. Junto a Jensen y Santillana desarbolaron a la defensa azulgrana, que sufrió dos tantos del genial Juanito y acabó cayendo en su feudo 2 a 3. Aquella fue una temporada intensa, repleta de luces y salpicada de sombras, como la que protagonizó en aquel épico partido disputado en Yugoslavia, en el que España logró la clasificación para el Mundial tras doce años de ausencia. Un encuentro en el que Juanito recibió un tremendo botellazo al abandonar el césped tras obsequiar a la grada con un gesto de derrota.

El temperamento y talento de Juan Gómez generó dos corrientes de opinión, pues el de Fuengirola era como la gaseosa, tenía un pronto explosivo pero luego rectificaba y dejaba entrever la grandeza de su noble corazón. Un corazón que entregó en cuerpo y alma al Madrid, conjunto del que fue futbolista y seguidor al mil por cien. Quizás por ello aquel sector de corriente que no encajaba bien el racial temperamento del de Fuengirola, se rendía cuando sus pies menudos prendían la pelota para crear poesía en los límites del adjetivo, en los límites de la imaginación, en los límites de la ficción y la realidad. Interpretando con el número siete la película de su vida, lo más puro del séptimo arte, una forma de sentir, de jugar inimitable que no pudieron ensombrecer aquellos treinta segundos en los que bajaba a los infiernos para agredir a un juez de línea o pisarle la cabeza a Lothar Matthaus.

Pero Juanito, que siempre se mostró como un hombre agradecido, no quiso colgar las botas sin dejar su impronta de calidad en los confines de su tierra malagueña.

Goles memorables, tardes legendarias y remontadas épicas disputadas a bordo del espíritu de Juanito, al borde de la emoción y la motivación. Protagonista en 1980 de la eliminatoria ante el Celtic, pues tras caer 2-0 en Glasgow, un gol suyo (el tercero del equipo), en el partido de vuelta supuso el pase a la semifinal de la Copa de Europa. Veladas inolvidables que se repitieron, años más tarde, ante el Inter, Borussia y Anderlecht. Aquellos encuentros marcaron la leyenda y el epílogo de un maravilloso recuerdo, una época y forma de sentir que permanece inalterable en la memoria de la afición. Aquellos treinta segundos de irascibilidad quedaron en el olvido. Sus 389 partidos, 153 goles, diez títulos con la camiseta del Real Madrid y el sinfín de tardes y noches cargadas de pundonor, sentimiento y cariño hacia el club, perdurarán para siempre.

Pero Juanito, que siempre se mostró como un hombre agradecido, no quiso colgar las botas sin dejar su impronta de calidad en los confines de su tierra malagueña, aquellos en los que los malacitanos disfrutaron de sus últimas tardes de inspiración y genialidad. Dejando para la historia una vaselina maravillosa desde 25 metros a Paco Buyo y un histórico 6 a 2 en La Rosaleda al equipo de su vida. Un 27 de junio de 1989 colgaba definitivamente su temperamento y leyenda en el balcón del séptimo cielo, con un dios a la espalda y el maestro de Camas, (Curro Romero) cortándole la coleta en La Rosaleda. Su número siete quedaba entonces a un costado del recuerdo, allá en el que los extremos geniales sobreviven al olvido y a su propia existencia. Pues Juanito, inolvidable futbolista y prometedor entrenador, se convirtió en mito y leyenda cuando un 2 de abril de 1992, una jugada fatal del destino detuvo su camino en la carretera de Extremadura.

Aquella carretera en la que prematuramente encontró el punto y final a su séptimo arte. La vida de un futbolista de cine, el genio de Fuengirola, un artista bautizado por la calle y que hoy nombra aquella en la que se ubica la Galería de Arte Municipal de Fuengirola, en la que se exponen obras de artistas locales como él. La obra inmortal de un jugador de pequeña estatura, personalidad indomable y corazón grande. Un grande entre los grandes que seguro muestra la transparencia de sus vidriosos ojos, cuando su amigo Miguel Castillo le recuerda cada año en Puerto de la Torre. Aquel que desde el séptimo cielo se siente orgulloso al llegar el minuto siete, en el que la memoria de la afición blanca le tributa su eterno homenaje en el Bernabéu: ¡¡¡ Illa Illa Illa Juanito maravilla….!!!