La victoria post mortem de Gino Bartali

En la Italia de los años cuarenta coronaba monasterios y las escarpadas paredes de la región toscana escondiendo un poderoso secreto en los tubos de su legendaria bicicleta. Gino Bartali el monje piadoso y ciclista del Partido Nacional Fascista, que utilizó su intachable imagen y su salvoconducto de símbolo nacional para enfundarse el maillot de agente secreto y burlarse de las tropas alemanas

La victoria post mortem de Gino Bartali
La victoria post mortem de Gino Bartali

En el número 177 de Via Chiantigiana, en Ponte a Ema (Florencia) una bicicleta amarilla y desvencijada por el tiempo materializa físicamente la leyenda. Por aquellos pasillos se adivina el eco de otro tiempo, otro ciclismo en el que la proeza se disfrazaba de normalidad por las rampas del recuerdo. Una nostalgia muda se desangra por aquellas paredes, por aquellos objetos que guardan en su interior un poderoso secreto y el verdadero rostro de su alma.

Maglias rosas y maillots amarillos visten la toscana inmortalidad de un mito del ciclismo que decidió un buen día aportar su valentía y solución a un mundo de quietud, miseria y rencores velados. Cuando todos miraban hacia otro lado, nuestro protagonista legendario se enfundó el maillot de agente secreto y demostró una vez más que los ciclistas y los héroes están hechos de la misma pasta. Mi mirada con ojos de ayer se pierde en la inmensidad de aquel lugar, en su luz encantada, aquella que ilumina las estancias mágicas del Ciclomuseo Gino Bartali.

Y paseando por pasillos salpicados de épica me topo de bruces con la historia de un toscano que, silenciosamente quiso cambiar el mundo subido a dos ruedas. Todo comenzó en un taller de reparación de bicicletas, en el que un joven llamado Gino trabajó gracias a la intervención de su padre y en el que quedó perdidamente prendido por el modestísimo arte mecánico de la bicicleta y aquella libertad que experimentaba subido a una frágil máquina.  

El dueño le regaló una de aquellas máquinas celestiales para unos, infernales para otros, y subido a ella dio comienzo la historia y leyenda de uno de los más grandes ciclistas de todos los tiempos. En sus piernas, sus maravillosas vísceras, media Italia pedaleaba, pues desde su irrupción en el mundo del ciclismo, y tal y como describió con majestuosa genialidad el maestro Gianni Brera, Italia quedó dividida en dos sentimientos, dos personalidades. En la personalidad de Gino Bartali, prototipo de un hombre en el sentido antiguo, clásico, metafísico también, de la palabra, muy creyente, amigo de los Papas y de misa casi diaria, de Acción Católica y Democracia Cristiana; y en la personalidad del venerado Fausto Coppi, prototipo de hombre moderno, agnóstico, fumador empedernido, de vida alegre y absolutamente contrapuesto.

Fray Cipollo (como le llamaba Brera que era confeso seguidor de Coppi) pedaleaba sin descanso, devoraba etapas y solo levantaba la cabeza para mirar el cielo. Considerado ciclista del régimen desde que en 1938 le dio a Italia y a Mussolini su primer Tour de Francia, se hizo dueño de la maglia rosa del Giro, hasta que en 1940 el instrumento del poder, el héroe consagrado del ciclismo nacional encontró en la figura del genial Fausto Coppi, a su máximo rival, su delfín, y al único que pudo superar su leyenda.

Curtido en mil batallas, veinte años en activo y una Guerra Mundial de por medio contemplaban  al viejo león, único doble campeón del Tour con 10 años de diferencia entre uno y otro. Aquel que evitó una Guerra Civil, cuando en 1948 su segunda y legendaria victoria en París, días después del atentado contra el líder comunista Palmiro Togliatti, ejerció como efecto balsámico y anestésico de un pueblo que se encontraba al borde del colapso. Desde 1940 y hasta 1954, año de su retirada, en la Italia de la lenta y convulsa posguerra, dos hombres sobre una bicicleta crearon un nuevo motivo de desencuentro nacional.

Un desencuentro que vivió su jornada más épica un 10 de junio de 1949, en aquella etapa del Giro que cubrió la distancia inmortal entre Cuneo y Pinerolo, con La Madeleine de por medio y 190 kilómetros de Coppi en eterna escapada. La pelea final, el crepúsculo de Bartali, que lanzado solo en persecución, a grandes golpes de pedal y manchado por el lodo, escenificó el ocaso de un hombre que no pudo dar alcance a un Dios vestido de ciclista. El final de una guerra y una discusión, la sentencia del ‘col’ de La Madeleine, en la majestuosa soledad de la montaña, un zigzag perdido en el fondo del valle de los recuerdos. El oso intratable, el hombre arisco, distante, antipático, el instrumento del poder, caía rendido ante Coppi, que cruzó la meta con rostro de Dios del Olimpo y las palabras de Mario Ferretti poniendo punto y final a una leyenda y su desencuentro eterno: "Un uomo solo è al comando; la sua maglia è bianco-celeste; il suo nome è Fausto Coppi".

Cuentan que aquel día fue el elegido por el toscano para regalar al público su único y primer gesto de complicidad, dicen que Bartali, aquel hombre de imperturbable rictus de lucha y contrariedad, regaló su primera sonrisa. Sabía que su reinado había acabado, que como escribió Dino Buzzati, en aquella etapa Héctor fue asesinado por Aquiles, pero oculta tras el imperturbable rictus de un ser ácido, aguardaba la sonrisa de un héroe y un gran campeón. Y es que pocos podían imaginar que Bartali, el monje piadoso y ciclista del Partido Nacional Fascista, había utilizado su intachable imagen y su salvoconducto de símbolo nacional para enfundarse el maillot de agente secreto y coronar su victoria más legendaria.

Aquella que cubrió por las carreteras de Italia en tiempos de guerra, cuando se convirtió en pieza clave de una organización encubierta que salvó a más de ochocientos judíos, a los que los alemanes querían enviar a sus hornos crematorios. Tiempos en los que el símbolo preparaba sobre las carreteras de la Toscana o Umbría, su próxima gesta nacional. Los soldados italianos le saludaban efusivamente y cuando una patrulla alemana le detenía la respuesta era sencilla: “Sigo trabajando para dedicaros mi próxima gesta”.

Utilizó su intachable imagen y su salvoconducto de símbolo nacional para enfundarse el maillot de agente secreto y burlarse de las tropas alemanas

Era el correo perfecto, el agente secreto idóneo para llevar a cabo una misión, La Misión: transportar vidas en el cuadro de su bicicleta. Bartali portaba las tipografías clandestinas, las fotografías y los papeles para fabricar los documentos de identidad falsos. Llegaba a los conventos donde los monjes realizaban la documentación, recogía el material, lo escondía en los tubos de su bicicleta y se marchaba a entregarlo a los interesados. Además sus vastos conocimientos de las carreteras secundarias de La Toscana servían a los fugitivos para mostrarles los caminos más seguros para escapar. Bartali, coronaba monasterios y las escarpadas paredes de la región con la preparación como excusa pero escondiendo un poderoso secreto en los tubos de su legendaria bicicleta.

Un secreto que dicen se marchó con él a la tumba, pues Bartali se retiró a su tierra, a Florencia, y durante cincuenta años no soltó palabra. No sería hasta el año 2003, (tres años después de su fallecimiento) cuando entre los archivos del judío Nissim se encontró un viejo diario en el que se especificaba de forma detallada el papel desempeñado por Bartali en el funcionamiento de aquella red clandestina, dedicada a arrancar judíos de las garras de la muerte.

Gino, que había sido un gran campeón y dividió a Italia, coronó post morten con el descubrimiento de su secreto su mayor puerto de montaña. Aquel que le convirtió en héroe y demostró que además de compartir el bidón de agua con Coppi, tras aquel rictus ácido y distante, la enorme sonrisa de un héroe se burlaba de las tropas alemanas.

Las luces del museo se apagan, su historia brilla en la noche y la olvidada bicicleta amarilla de Gino porta la documentación que demuestra  que los ciclistas están hechos de otra pasta.