Schuster, "la leyenda del Nibelungo"

Por las calles del barrio de Hammerschmiede del noreste Augsburgo, un pequeño de pelo rubio se aleja acera abajo con la pelota pegada a su zapato, y aunque lo suyo es dar salida a la pelota con su privilegiada concepción del juego o uno de sus geniales pases largos, tan de prisa como puede deja atrás a rivales y viviendas de las que siempre teme no saber salir, quedarse convertido en parte sus cimientos renacentistas, en un elemento más de la simetría de aquellas casas y aquel asimétrico partido improvisado en el que unos se apoyan sobre otros apiñados en derredor de una pelota que solo cobra sentido cuando entra en contacto con su desbordante talento. Al final de la calle tuerce a la derecha, sobrepasa la calzada y envía un pase medido de cuarenta metros con dirección al pie de su compañero.

Schuster, "la leyenda del Nibelungo"
Schuster, "la leyenda del Nibelungo"

El frío no parece afectarles a aquellos chicos que mitigan las heladas con improvisados partidos en los que se visten de Beckenbauer y Müller para construir sus sueños con un balón.  Aunque Diter y Guisela le trajeron al mundo un 22 de diciembre de 1959 en Ludwigshafen, a orillas del Rin, en la ciudad de la química –BASF-, por su carácter fuerte, serio y reservado, parece solo encontrar la citada química con un balón. Aún así, tras aquella coraza tan alemana que perfila la personalidad de un chico, un joven y un hombre peleado con el mundo, se esconde el torrente genial de un futbolista de motor alemán pero juego latino y carioca.  

En las filas del SV Hammerschmiede Augsburg a aquel jovenzuelo llamado Bernd Schuster, comienza a conocérsele como el “Ángel Rubio”, pues verle jugar constituye toda una aparición para el futuro del fútbol de su país. Bernd perfecciona en cada entrenamiento las acciones con las que pasará a la historia como un gran futbolista y que constituirán sus señas de juego e identidad. Una y otra vez lanza libres directos con enorme precisión y potencia al ángulo de los imposibles y envía balones de seda al compañero de juego, que aguarda confiado el milimétrico golpeo de Bernd.

Desoyendo los consejos de su padre Diter, que le recomendaba con gran sensatez y visión de futuro que se centrará en los estudios, prefirió dejar a un lado los libros de texto para practicar un fútbol de libro. Bernardo tuvo suerte, su talento le salvó y aunque nunca aprobaré este tipo de decisiones, acabó convirtiéndose en un excelso jugador de fútbol.

Un futbolista que en aquellos primeros años en el SV Hammerschmiede –al que llegó a la edad de once años- disfrutaba jugando en la posición de mediocampista y hacía sus pinitos como delantero. El FC Ausburg fue su siguiente destino, club en el que Bernd se proclamó campeón de Baviera y creció de forma exponencial, aunque desplegando su solvencia técnica y física en la posición de defensa libre.  Fruto de su progresión, la selección juvenil alemana le convocó y acabó consolidándose como una de las más firmes promesas del fútbol de su país. Bern destacó en el Torneo de Mónaco y en la Eurocopa juvenil del año 1978, precisamente en un partido disputado en Israel,  Hennes Weisweiler –técnico del Colonia-  se enamoró de las facultades de aquel rubio portentoso y decidió solicitar su contratación a Meter Weland – su presidente-. Será entonces cuando el Colonia le gane la carrera al Borussia MG y logre firmar a Schuster, aquel joven que había desestimado el Bayern Munich.

De esta forma iniciaba su fugaz pero tan intensa como tensa relación con el Colonia y su presidente, pues Schuster se convirtió en pieza fundamental de aquel Colonia que se proclamó campeón de la Bundesliga y la Copa Alemana en 1980. Ya en la posición de mediocentro se muestra como un jugador poderoso en lo físico y portentoso en lo técnico, que siempre la da la mejor salida al balón y tiene un virtuoso golpeo del mismo en todas las acciones del juego.

Su carrera rompe hacia el estrellato y un 22 de junio de 1980 integra de forma y manera brillante las filas de una selección que se corona en Italia campeona de Europa.  Schuster brilla junto a los Schumacher, Kaltz, Briegel, Stielike, Schuster, Hans Müller, Rummenigge y compañía.

Precisamente en aquel año de 1980 su fuerte personalidad escenifica la que sería un constante durante toda su carrera, Bernd es un futbolista extraordinario pero su relación con los directivos jamás logrará ser fluida. Fruto de ello se produce su salida del Colonia, que cierra su traspaso -Nicolás Cassaus mediante- al Barcelona por la importante cantidad de 140 millones de las antiguas pesetas. 

Llegaba así al fútbol español un jugador que sentaría cátedra en los estadios de la Liga durante trece temporadas.  En el Nou Camp descubren a un futbolista extraordinario que se convierte en su máxima estrella, es entonces cuando la literatura alemana proporciona a los locutores radiales la epopeya y la épica justa para apodar al futbolista alemán, que aún sin pertenecer al linaje mítico de enanos descendientes del rey Nibelung, hijo de la oscuridad, acaba siendo bautizado como el Nibelungo. Y es que en su peculiar carácter reside el reino de las sombras, y en sus cabellos dorados y sus botas, el tesoro de oro que protegieron los protagonistas de aquellos legendarios e históricos 39 cantares germanos de la Edad Media.

De su etapa azulgrana para la memoria histórica quedaron innumerables detalles y goles de genio, una inolvidable dupla con Diego Maradona, la conexión alquímica con Quini, sus peinetas de final de Copa. Un saldo de talento que arrojó tres Copas del Rey, la Recopa de 1982, el Campeonato de Liga de 1985 con Venables y la final de la Copa de Europa ante el Steaua, en una temporada de infausto recuerdo para el futbolista alemán, que fue apartado del equipo por sus insalvables diferencias con Josep LLuis Núñez. En esta etapa azulgrana vivió otro momento delicado, cuando a la edad de 23 años renunció a la selección por diferencias con el seleccionador. Alemania perdía posiblemente al mayor talento futbolístico de su generación y Schuster se quedaba con solo 21 internacionalidades con el mítico nº8 de su camiseta.

Bernd vivió ocho temporadas de azulgrana en las que indefectiblemente fue estrella de grandes proyectos deportivos que por una razón u otra –lesiones de Diego y él, secuestro de Quini, problemas con la directiva- en la mayoría de las ocasiones no cumplieron las expectativas creadas y equivalentes a su grandeza.

En 1988, con su relación rota con la directiva azulgrana se produce su salida hacia Madrid, donde la Quinta del Buitre” le espera con los brazos abiertos. Schuster llega para elevar al grado de excelencia un fútbol que de las botas de los Michel, Butragueño, Sanchís, Gordillo y Hugo, ya destilaba poderes mágicos y sobrenaturales.  En Madrid disfrutan con un futbolista más pausado, pero de un descomunal talento, firma goles y tardes de gran fútbol, tan solo una poderosa máquina que se cruza en su camino en la Copa de Europa, impide que Schuster se corone campeón de Europa con la camiseta del Real Madrid: el Milán de Sacchi.

Tras dos temporadas como futbolista blanco y habiendo participado de aquella histórica Liga de los 107 goles, más haberse coronado campeón de Copa, Mendoza le da la baja para dejar sitio a Prosinecki.  Schuster, al que le quedaba un año de contrato y cuenta con 30 años de edad, pone pies en polvorosa y firma por el Atlético de Madrid.

‘El Nibelungo’, aquel hijo de la oscuridad –por su difícil carácter- se enfunda la casaca rojiblanca y lidera la media de un equipo, que de la sapiencia de Luis y a golpe de contras mortales -de un cuchillo llamado Paulo Futre- vive tres grandes temporadas. Schuster dejó también su impronta de clase en la medular del conjunto colchonero, dando en muchas ocasiones clases de fútbol de salón. En 1991 se corona campeón de Copa del Rey con su tercera camiseta, pero para el recuerdo queda grabada a fuego aquella final de Copa del Rey del año 1992, en la que el Nibelungo a los seis minutos, firmó un golazo al transformar un magistral libre directo lanzado a unos 30 metros que limpió las telarañas de la escuadra de la portería defendida por Buyo. Aquel gol abrió la senda de la victoria atlética y quedó para los anales históricos de la Copa.

En 1993 regresa a su Alemania natal dejando tras de sí una brillante estela de 316 encuentros disputados en la Primera división española, marcando 87 goles. Bernd firma y vive tres buenas campañas en las filas del Bayern Leverkusen y va perfilando los últimos momentos de su carrera en las filas del Vitesse holandés y el San José Clash americano. Poniendo punto y final a su leyenda como futbolista en México, con la camiseta de los Pumas de la UNAM en 1997. Año en el que aquel “Ángel rubio” perdió las alas y escenificó el final de un sueño deportivo que nos tuvo embelesados a todos los que disfrutamos con aquellos centrocampistas de los años ochenta, pero también el inicio de una nueva vida que le llevó a convertirse en un muy buen entrenador.

La leyenda del Nibelungo, escribía así sus últimas estrofas, su fútbol dejaba de cantar y la pócima del olvido comenzaba a hacer mella en nuestros recuerdos, aquellos que hoy quise rescatar para vosotros de una de las polvorientas cajas de nuestro desván.