Fernando Redondo, la elegancia del príncipe guerrero
08/02/2012 - 10:15.Cuando era sólo un niño alguien dijo de él: "Será Gardel o artista". No andaban muy desencaminados. Fernando Carlos Redondo Neri sólo tranformó la atmósfera donde enamoraría al mundo. En lugar del suelo brillante de un escenario, el césped de un campo de fútbol; en vez de las luces de un tablado, los focos de un estadio ; en lugar de una voz prodigiosa, un talento innato para convertir el fútbol en una obra maestra. La perseverancia por conquistar la adversidad, la garra para darlo todo en ello y la firmeza inquebrantable por no doblegarse en caminos contrarios a sus principios quedarian reconocidos en la nobleza de un apelativo que no le hizo justicia al dejarle en príncipe. Para muchos Fernando Redondo fue un auténtico rey.
Dicen que no es más grande quien más sitio ocupa, sino quien más vacío deja cuando se va. Extrapolada al fútbol esta afirmación sería casi perfecta para ofrecer una idea de la magnitud de un jugador único, ya no sólo por sus dotes como maestro del balompié, sino por sus virtudes como ser humano. Y decimos "casi" porque el vacío que dejó Fernando Redondo tras su marcha del Real Madrid fue sólo comparable al espacio que ocupó mientras estuvo allí. A diferencia de otros grandes genios, el argentino no tuvo que esperar a alejarse de su gran pasión en los terrenos de juego para ver reconocida su grandeza. Una presencia tal, que aún a día de hoy, desde las más nostálgicas miradas de la grada del Bernabéu, sigue percibiéndose y añorándose.


Fernando Redondo fue capaz de encandilar, no sólo a los aficionados al deporte rey, sino a los 9 técnicos que tuvo en sus 10 años de estancia en España, adonde llegó tras un error en la gestión de Argentinos Juniors. Algunos de sus entrenadores ya habían sucumbido a su talento; a otros no les quedó más remedio que rendirse ante la evidencia. Javier Azkargorta, el 'Indio' Solari y Jorge Valdano en el Tenerife, y de nuevo Valdano, Fabio Capello, Jupp Heynckes, Guus Hiddink, John Benjamin Toshack y Vicente del Bosque en el Real Madrid. Todos ellos acabaron convirtiéndole en un imprescindible de sus alineaciones, rendidos como cayeron ante la elegancia de un fútbol ataviado con la armadura de un guerrero, de su carácter forjado en la ambición de los ganadores y el temple con el que fusionaba sus más contrapuestas virtudes en la perfecta coreografía de las batallas sin tregua.

La historia del fútbol es tan extensa como pródiga a la hora de grabar nombres a fuego en su particular Olimpo. Pero Fernando Redondo no sería uno más. Dicen que quien olvida sus orígenes pierde su identidad, y si la del argentino continúa hoy tan latente en el corazón y la memoria de todos aquellos que gozaron de la fortuna de verle jugar es precisamente porque Fernando portó en el estandarte de su grandeza los principios que sus padres le habían inculcado, unos principios fortalecidos por un carácter que le impidieron, según se cuenta, ceder a la banal exigencia de cortarse el pelo a cambio de un lugar en la todopoderosa selección de Argentina, donde tantos grandes dioses del balón han anhelado jugar y han jugado.
ensueño, con una muestra única e inolvidable de lo que Fernando Redondo fue, un momento mágico que el mundo del fútbol, con el madridismo a la cabeza, siempre recordará. Llegaba el Madrid a Old Trafford tras el empate cosechado a 0 en el partido de ida de los Cuartos de Final de una Champions League que acabaría conquistando. Pocos daban por posible el pase en el complicadísimo campo del Manchester United, vigente campeón por aquel entonces. Reinaba el 0-2 en el marcador, resultado que daba el pase a las Semifinales al Real Madrid. Pero en la mente de los ganadores, el conformismo no tiene cabida y Fernando Redondo paró el mundo futbolístico en unos segundos mágicos, que rindieron al Teatro de los Sueños a sus pies. Dando un paso al frente en su responsabilidad en el centro del campo madridista, el argentino gambeteó por la banda iquierda al encuentro del futbolista noruego, Henning Berg, de quien se deshizo con un soberbio autopase de tacón, ejecutado con una elegancia sólo al alcance de la realeza. El posterior pase de la muerte, lo aprovecharía Raúl en boca de gol para establecer el 2-3 definitivo, que cerró una de esas noches mágicas que sólo pueden conceder los genios.

