Raúl González Blanco, "la máquina del tiempo"

La esfera del reloj siempre ha ejercido sobre mí un poder de fascinación tan grande que cada vez que observo la hora en su maravillosa y elegante faz tengo la percepción e inquietante sensación de que en aquel pequeño universo de doce números que Breguet convirtió en arte exquisito, sus manecillas, sus agujas permanecen inmóviles mientras la esfera gira constantemente haciendo volar al tiempo.

Raúl González Blanco, "la máquina del tiempo"
Raúl González Blanco, "la máquina del tiempo"
Y es que la esfera es para la máquina de medir el tiempo lo que el rostro para las personas, en ella queda todo reflejado y en ella se puede medir todo lo vivido. Es más diría que experimento una sensación parecida a la que percibo cuando piso la calle, miro el Sol y pienso que mientras nuestras vidas vuelan como agujas y manecillas del reloj sobre un suelo aparentemente inmóvil, la Tierra sigue girando, aquella maravillosa esfera azul en la que todos gozamos, sufrimos y vivimos con la muy humana necesidad de dejar el sutil halo de nuestra presencia. 

Y hablando de esferas, halos, estrellas y el devastador  transitar del tiempo, quisiera hoy detener su sabio e imparable caminar para reabrir de nuevo nuestro desván un instante antes de que su volatilidad convierta esta historia en una de las incontables y bellas pero viejas crónicas olvidadas de un tiempo huido del deporte esférico. Para evitarlo retraso las manillas del reloj del tiempo hasta un 27 de junio de 1977, fecha en la que en el barrio madrileño de Villaverde alto llegó al mundo un joven al que se puso por nombre Raúl. Un chico apellidado González por parte de padre y Blanco por su madre, sin duda por causalidad –que no casualidad- como así lo quiso el destino y el tiempo unos años después. Un chico que muy pronto encontró su gran pasión en la esfericidad de un objeto con el que consiguió perdurar de forma eterna y romper numerosas barreras y registros temporales de la historia del fútbol europeo y español.

Con aquel balón comenzó a crear su pequeño pero maravilloso universo de la ilusión en el humilde barrio de San Cristóbal de los ángeles, donde cuentan que aquel chaval paraba las manecillas del tiempo para mentir sobre su edad y poder jugar, y para que aquella esfera mágica siguiera girando más allá del ocaso. Y entre las doce horas de reloj que dividen orto y ocaso Raúl gastó con tanto talento sus zapatos que las puertas de las categorías inferiores del Atlético de Madrid, se abrieron de par en par para él.  En su primera temporada en el equipo infantil rojiblanco, marcó la impactante cifra de 65 goles, una cifra que en cambio no sirvió para que al presidente del club, Jesús Gil, -más preocupado por el negocio y la cartera que la cantera- no le temblara el pulso a la hora de eliminar las divisiones inferiores, colocando en bandeja de plata al Real Madrid al más valioso "diamante en bruto" del fútbol español de la época.

Llegó al club en 1992, incorporándose al conjunto cadete, cuentan que sus pies volaban con destino al gol y al ritmo de su inquebrantable voluntad e ilusión por ser futbolista. Para aquel joven el tiempo parecía no guardar secretos, sino el espacio justo para llegar a su objetivo final. Así, como un vendaval, pasó del juvenil B, al juvenil A y en 1994 al Madrid C, poco antes de cumplir su gran sueño en la Romareda, histórico escenario que entre otras muchas tardes de leyenda tuvo el privilegio de ser testigo del debut un 29 de octubre de 1994 de Raúl González Blanco, que tomó la alternativa esférica de manos de Jorge Valdano.

Una semana más tarde aquel chaval escenificaba ante el Atlético de Madrid y en su primer derbi en el Santiago Bernabéu, aquello que constituyó una constante durante toda su carrera. Una actuación rebosante de entrega, inteligencia, osadía  y talento, que culminó con su primer gol en Primera División. Comenzaba así la imparable carrera de un grande de nuestro fútbol que no hizo otra cosa que romper barreras y récords, acallando a cada momento las voces que surgían para poner en duda su grandeza, la de aquel chico que si heredó el mítico nº7 del Real Madrid no fue por casualidad, sino por causalidad.

Y es que pocas veces he visto a un futbolista tan inteligente y arrojado en un terreno de juego, aunque podía improvisar con una finalización de la jugada ‘marca de la casa’, sus movimientos jamás surgían de la improvisación sino de la inteligencia táctica y la intuición natural de los grandes jugadores de fútbol, acciones ejecutadas primero en beneficio del equipo y por extensión en beneficio propio.

Una sucesión de goles, partidos y momentos únicos del que para mí ha sido el jugador bandera del Real Madrid durante más de una década. Aquel que fue máximo goleador en dos ocasiones de la Liga –en 1999, cuando anotó 25 dianas en 37 partidos y en 2001, en la que consiguió marcar 24 tantos en 36 encuentros-. Un futbolista que cada temporada tenía que parar el tiempo para comenzar de cero, pues todos los años le traían a un futbolista que presuntamente le iba a retirar y mandar al banco de suplentes. Raúl se limitaba a jugar y tapar bocas con sus goles y sus inalcanzables números, llegando incluso a reinventarse cuando Capello le pidió otro tipo de aportaciones que el de Villaverde cumplió de forma ejemplar.

Para el recuerdo muchos momentos, muchas cucharas geniales, muchos goles, pero para la memoria hablada del aficionado quedara por siempre el tercer gol al Valencia en la final de la octava Copa de Europa, también su gol de pillo al B.Leverkusen en la final de la novena Copa de Europa, y de forma especial aquella jugada mítica del ‘aguanís’ con la que dejó impresionado al mundo en la final de la Intercontinental  ante Vasco: un control sutil de zurda a un buen balón llovido del cielo, un regate con amago mágico, un rival al suelo, otro amago casi intangible de disparo y la segunda pasada de frenada de un defensor de Vasco, que observa vencido la finalización de derecha con la que aquel nº7 deja su sello de grandeza. Arte puro, el toreo natural de José Tomás llevado a un terreno de juego.

Seis Ligas, 4 Supercopas de España, 3 Copas de Europa, 2 Intercontinentales y una Supercopa de Europa, bastan para certificar la inmensidad de un futbolista que con sus números firma y sella el perfil de un futbolista que solo puede ser recordado como una leyenda. Con 71 goles máximo goleador de la historia de la Champions, con 323 goles y 741 partidos, máximo goleador y futbolista con más partidos disputados de la historia del Real Madrid, superando a otra leyenda como Di Stéfano. Y además segundo máximo goleador de la historia de la selección con 44 goles en 102 partidos.

Un futbolista que jugó a todo tren y pulverizó registros cada domingo, pero al que también le tocó vivir la cara compleja del deporte, pues como la vida el fútbol no es ajeno a ese tipo de situaciones que te desvían de la trayectoria y la senda del triunfo. Situaciones que por un motivo u otro provocaron que Raúl no recibiera el Balón de oro en 2001 en beneficio de Owen, o que tras 102 partidos con la roja y tres Mundiales a su espalda, fuera apeado del mejor tren y más exitoso viaje de la selección. Un desencuentro con Luis en el que ambos tuvieron parte de culpa y razón, pero que posiblemente privó a uno de los mejores futbolistas españoles de todos los tiempos experimentar la gloria y el comienzo de una generación con la que fuimos felices.

Una generación que admira profundamente al nº7 madridista, que ciertamente bajó un poco su rendimiento en sus últimas temporadas como jugador blanco, pero que jamás se dejó en el camino un ápice de entrega y amor por el club. Aquel que en el verano de 2010 dijo adiós al Real Madrid tras dieciséis temporadas de pura leyenda para comenzar una nueva aventura en la Cuenca minera del Rhur, en Gelsenkirchen –Alemania-. En las filas del Schalke 04, conjunto que le recibió haciéndole entrega de un trozo de carbón, posiblemente para hacerle ver la tradición histórica y minera que había tras aquel club y en el seno de su gran afición, pero que Raúl transformó en oro pocos meses después con su exponencial rendimiento, pues como Quini siempre fue portador de los secretos de la Alquimia para convertir todo lo que tocaba en gol.

Hoy en su rostro, como en la esfera del reloj, queda reflejado lo vivido en cada partido, cada gol, cada genialidad. Las manecillas permanecen quietas y su leyenda inamovible, la máquina a un solo paso de parar sigue brillando y dejando el sutil e inolvidable halo de su presencia. El tiempo vuela, Raúl pronto será un bello e imparable recuerdo, la esfera sigue girando eternamente...

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