Chris 'Magic' Waddle: “Mr.Extravagancia”

En la calle de la excentricidad, en la plaza de la extravagancia y la genialidad, el fútbol encuentra a una de sus más insignes figuras arquetípicas en la figura de Chris 'Magic' Waddle, acróbata, payaso, poeta y mago inglés del balón.

Chris 'Magic' Waddle: “Mr.Extravagancia”

Cual primavera tarda sembró su fútbol tardío un chico nacido un 14 de diciembre de 1960 en Feelling, al este de Gateshead, en el condado metropolitano de Tyne and Wear, allá donde el fútbol además de religión es región, pues en aquella faja de tierra tocada por los dioses del balón nacieron figuras notables del fútbol inglés como Raich Carter, Bob Paisley, Jackie Milburn, Norman Hunter, Bryan Robson, Peter Beardsley, Paul Gascoigne,  Alan Shearer y Chris “Magic” Waddle.

Aquel que zigzagueó entre el anonimato del fútbol amateur antes de ser identificado el ADN de los dioses en su maravillosa condición ambidiestra. Pelaw Juniors, Whitehouse SC, Mount Pleasant SC, HMH Printing, Pelaw SC, Leam Lane SC y Clarke Chapman, testificaron y documentaron su anónima presencia. Y tardaron en identificar en Waddle lo genes del hacedor del universo, aquel que delegó en su genial extravagancia la estirpe real de un fútbol británico que de cuando en cuando entre tradición, rudeza y purasangres dejó resquicios para la seda púrpura de la elegancia.

La elegancia de Waddle, que vistió de extravagancia el fútbol con sus regates, peinados, y canciones.

 La elegancia de Waddle, que vistió de extravagancia el fútbol con sus regates, peinados, y canciones. También con las celebraciones de sus goles, sobre las que se podría escribir todo un tratado de humor. El humor de aquel que tras ser rechazado por Sunderland y Conventry, encontró hueco en la élite a la edad de 20 años, cuando en 1980 el Newcastle pagó por él 1.000 libras al Tow Law Town, conjunto en el que jugaba desde 1978.

Y con “Las Urracas” debutó en la Segunda División inglesa un 22 de octubre de 1980, en la victoria 1-0 sobre el Shrewsbury Town. En la posición de medio ofensivo comenzó a consolidar su grandeza junto a un joven Peter Beardsley y a Kevin Keegan, un veterano con galones de leyenda. Junto a ellos logró en la temporada 83/84 el ascenso a Primera y puso las bases para que St. James Park abriera en el tomo histórico de la década de los ochenta la acotación genial de un volante ofensivo que les dejó en el recuerdo magpie 31 goles en 78 partidos en primera.

Así fue hasta que en 1985 protagonizó el primer traspaso record de su carrera, al ser firmado por el club londinense del Tottenham Hotspur por casi 600.000 libras de la época. Chris cambió el misticismo y el mágico ambiente de St. James Park por las cuatro verticales paredes de White Hart Lane, donde durante cinco temporadas disfrutaron de su juego con tan solo el intervalo de interrupción de una lesión que le dejó varios meses en el dique seco. Como sucedió con “Las Urracas”, “Los Spurs” le guardan un sincero sentimiento de profunda admiración y recuerdo.

Un recuerdo que comenzó a desvanecerse en 1989, tras 138 partidos y 33 goles con la camiseta spurs, cuando el controvertido Bernard Tapie pagó 4,5 millones de libras por sus servicios, protagonizando el segundo traspaso record de su carrera. Acogió la Ligue por aquel entonces a un futbolista tan peculiar como genial, aquel que con la zamarra del Olympique no solo paseó su espantoso y extravagante peinado mullet (cabello largo en la parte trasera, y la parte superior muy corta, que en aquella época era de auténtico culto) sino la majestuosa elegancia de su fútbol, motivo por el cual los aficionados franceses le rindieron tal grado de pleitesía y adoración, que fue elegido segundo mejor jugador de la historia del Olympique junto a Jean Pierre Papin.  

Chris fue de aquellos tipos que jamás dejaron indiferente a nadie, como anécdota curiosa hay que destacar que incursionó en el mundo de la canción y la música en dos ocasiones, primero en 1987, junto a su compañero y también legendario futbolista inglés Glen Hoddle en "Diamond Lights", disco en el que demostró que en su caso la música era solo una cuestión de fútbol y no de oído, pues lo suyo no era la afinación vocal sino levantar tribunas con un balón pegado a su bota. Y en una segunda ocasión, en la que martirizó los oídos de media Europa junto a Basile Boli, compañero del Marsella junto al que reincidió en el desastre con un videoclip titulado: We've got a feeling.

Aquel fue uno de sus fracasos más sonados, equiparable quizás (aunque en menor medida) a las decepciones y frustraciones sufridas con la camiseta nacional de los Pross. Y es que desde que Bobby Robson le hizo debutar en 1985, acumuló 62 internacionalidades y dos mundiales en los que la excentricidad de su fútbol amalgamó con generaciones tremendamente talentosas del fútbol inglés de las que se esperaba mucho más. Nombres como los de John Barnes, Peter Beardsley, Glenn Hoddle, Gary Lineker o Brian Robson quedan en la historia de una gran selección que compartió reveses junto a Waddle y un enemigo tan implacable como genial: Diego Maradona.

Retomando su carrera en Francia nos adentramos en el arco generacional de la primera mitad de la década de los noventa, en la que se abrió camino a los días de gloria del Marsella, un conjunto que encontró en el triunvirato ofensivo y letal que conformaron Papin, Waddle y Abédi Pelé, una de las muchas razones por las que dominaron en Francia y brillaron en Europa. En cuanto a los turbios asuntos que rodearon a la figura de Tapie, solo queda decir que empañaron el recuerdo imborrable de aquellos gloriosos años, pero no opacaron el brillo de un señor equipo que en 1991 solo pudo ser engullido por el poderoso campo magnético de una Estrella Roja serbia (Estrella Roja de Belgrado).

Fueron tres años de éxitos con la camiseta del Olympique, de los que se conservan documentos gráficos que son objeto de culto para los aficionados al fútbol y a la magia (entre los que me encuentro), tres años a los que puso punto y final en 1992, cuando regresó a las Islas para enfundarse la casaca de los búhos del Sheffield Wednesday, donde siguió granjeándose la admiración de una nueva afición por espacio de cuatro temporadas en las que llegó a disputar más de cien partidos.

Posteriormente y al filo de los 36 años, la lógica decadencia física del transitar del tiempo le llevó a enfilar una vertiginosa carrera final hacia la retirada, pasando por innumerables equipos como el Bradford City, Sunderland, y el Burneley, conjunto en el que protagonizó una fugaz experiencia como entrenador/jugador. Y aunque se resistió a dejarlo definitivamente lastrando el epitafio de su fútbol en las filas del Torquay United, el Worksop Town y el Glapwell, el acróbata, payaso, poeta y mago del fútbol, Chris Waddle, que creó un mundo de invención infinita, colgó su disfraz de clown y enganche eterno, con alma de funambulista de la raya de cal, en las filas del Stocksbridge Park Steels, donde en 2002 dejó la última y testimonial presencia de su leyenda.

Aquella que con una nariz de payaso y su explosivo carácter genera hoy polémica infinita con un micrófono desde que decidió blandir la empuñadura de la controversia a través de sus ácidos comentarios. Una acidez conocida de sus días de jugador, de la destilería legendaria de una excentricidad que moldeó y perfiló la morfología estética de unos tobillos de giros maquiavélicos, de un empeine que condujo serenamente la elegancia por los campos de Europa, aquellos en los que se entonaron los acordes pioneros de un mensaje de esperanza que sonó a música callada entre aquellos aficionados al fútbol que rindieron pleitesía al que fue conocido como Chris 'Magic' Waddle, aquel al que desde hoy siempre recordaré como “Mr.Extravagancia”.