Pasaje 15: Gemma Mengual, la Pavlova del agua

Gemma tocada por un don, por el de los dioses de la danza, jamás ejecutaba el frío y preciso movimiento sin más, sino que transportaba emoción en el levantamiento de sus brazos, sus piernas. Por sus 1,73 m de estatura y 60 kg de peso circuló la sangre de una nadadora, y el ADN de una bailarina que en el filo del tiempo, en los solsticios que alejan, que acercan la noche del día, la tierra del agua, cual sirena bailó aventando en sus brazos el mundo que más amaba.

Pasaje 15: Gemma Mengual, la Pavlova del agua
Pasaje 15: Gemma Mengual, la Pavlova del agua

Un 31 de enero de 1881 en la ciudad de los Zares nacía Ana Matveyevna Pavlova, un ser remoto que parecía no pertenecer a este mundo, pues se la recuerda como el viento que pasó como una sombra sobre el trigal. Un ser traslúcido que interpretó en más de 4.000 ocasiones el cisne de Saint-Säens, un solo para violonchelo acompañado por dos pianos en el que la Pavlova bailando grácilmente, con su esponjoso plumaje blanco sobre las puntas de sus pies se transfiguró en “El Cisne inmortal de la danza”.

Rodeada en todo momento por un aura de excelencia lo que muchos no saben es que esta legendaria bailarina rusa adoraba el agua pese a que apenas sabía nadar. Cuentan que aquel ser excelso dotado de una coordinación aurea, calificado como un bello y armonioso cisne desplazándose suavemente sobre la ondulada y cristalina superficie de un lago, en realidad era bastante patosa cuando se divertía chapoteando sobre el agua, moviendo los brazos y las piernas cada uno de los miembros en diferente dirección y lanzándose desde un trampolín clavando sus piernas como una rana.

Resulta cuando menos curioso que un ser tan coordinado en sus movimientos y, cuyas elegantes puntas de ballet conectaban con la belleza y elegante pose de un cisne, perdiera absolutamente toda su magia al entrar en contacto con aquel medio acuático en el que la insuperable técnica exquisita de sus paisanas rusas, encontraron a su más duro adversario en la armoniosa figura de Gemma Mengual, la Pavlova de la natación sincronizada.

Nacida en Barcelona un 10 de abril de 1977, cuenta la leyenda que ya en el líquido amniótico se mostraba inquieta y movía de forma incesante. Quizás creando figuras y sueños acuosos de gran belleza y expresión. Los expresivos trazos de creatividad, lucha y expresión de una pequeña que descubrió la natación sincronizada gracias a su prima Judith, que cada verano viajaba a Barcelona y mostraba sus habilidades en el agua. Desde aquel momento Mengual quedó prendada por aquel deporte acuático para el que mostró poseer un aura especial.

A la edad de nueve años fue inscrita en el CN Kallipolis de Barcelona, donde en 1987, fue descubierta por Anna Tarrés, alma de la sincronizada española. Una entrenadora a la que la sincro española le debe la enorme evolución experimentada en esta disciplina deportiva y posiblemente la mayoría de los éxitos cosechados en las dos últimas décadas. También Gemma es en gran medida una de las mejores deportistas españolas de todos los tiempos, debido a la sociedad y el trabajo conjunto llevado a cabo con Anna Tarrés. Una educadora excepcional, cuya experiencia y sabiduría ha expresado en más de una ocasión que jamás conoció a una nadadora que picara más piedra que Gemma, una atleta que trabajara con tanto sacrificio y tesón como la barcelonesa.

 Y es que Gemma licenciada fuera del agua en Gemología, demostró que sabía mucho de piedras preciosas, que para llegar a brillar con la grandeza con la que lo hizo, había que pulir sus delicadas líneas expresivas y estéticas con muchas horas de trabajo en el centro de Alto Rendimiento de San Cugat de Barcelona. En un mundo sacrificado, mecanizado y preciso como la natación sincronizada, Gemma desarrolló como nadie su talento, poniendo especial énfasis en la expresión y el sentimiento, aquellas dos cualidades que la convertían en única, diferente. Especialmente en lo referente al sentimiento, pues la plasticidad de la también conocida como “La Princesa de Barcelona” hizo posible que la sincronizada se alimentara de todas las tendencias de la danza con la intención de crear y nadar al borde de la belleza, la emoción.

Gemma tocada por un don, por el de los dioses de la danza, jamás ejecutaba el frío y preciso movimiento sin más, sino que transportaba emoción en el levantamiento de sus brazos, sus piernas. Su mágico estilo siempre gozó de la cualidad de conectar con el público y los jueces, pero el don natural de la majestuosa bailarina de agua dulce, estuvo fundamentado en el tesón, el trabajo y ambición de aquella que era una sprinter del agua, una atleta explosiva dotada de una gran potencia en las atractivas líneas de expresión de sus armoniosas y poderosas extremidades.

Por sus 1,73 m de estatura y 60 kg de peso circuló la sangre de una nadadora, y el ADN  de una bailarina que en el filo del tiempo, en los solsticios que alejan, que acercan la  noche del día, la tierra del agua, cual sirena bailó aventando en sus brazos el mundo que más amaba.  Durante dos décadas peleó y perfeccionó su estilo para hacerse un hueco en la elite de una modalidad deportiva en la que rusas, japonesas, canadienses y estadounidenses, son las auténticas reinas. Se puede considerar que Gemma reescribió la historia de la natación sincronizada y sobre todo comenzó a escribir tanto a nivel individual como en equipo, la página en blanco de la sincro española. Su aparición fue como una bocanada de aire fresco para un deporte y un mundo demasiado mecanizado que ahora sigue e imita su emocional estela. Sus 39 medallas a lo largo de su carrera así lo atestiguan, pues desde que en 1994 fue subcampeona juvenil, Mengual ha ido dejando trazo de su evolución y maravillosa presencia.  

En el año 2000, debutó en las olimpiadas de Sydney (Australia) con una meritoria octava posición en la prueba de dúo. En Atenas 2004, acabó en cuarta posición tanto en equipo como en pareja, junto a la también magnífica Paola Tirados. Al año siguiente en 2005, en los mundiales de natación de Canadá obtuvo tres medallas de bronce y una de plata. En los europeos de 2006 cayeron 4 medallas de plata, en los mundiales de Australia ganó 4 medallas de plata y 2 de bronce. Y en el Campeonato de Europa disputado en Eindhoven, la dedicación y el talento de Gemma encontraron por fin su justo premio al lograr las 4 medallas de oro, que la rama dura y la estructura inmovilista de los jueces le habían negado hasta ese momento.

En aquel mágico año 2008 Gemma tocó la cima de la natación sincronizada, pues a sus cuatro oros que la convirtió en la única nadadora del mundo en conseguir cuatro medallas de oro en unos campeonatos del mundo o europeos, sumó dos metales más en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008. En el Cubo de agua mágico de Beijing consiguió dos medallas de plata tanto en dúo como en equipo.

Gemma era ya una leyenda de la natación sincronizada mundial, pero aún reservaba en su interior la que posiblemente constituyó su actuación más brillante de su carrera.  Fue en 2009 en los Mundiales disputados en Roma, en los que la rusa Ischenko interpretó sobre el agua el "Lago de los Cisnes", arrebatándole la medalla de oro. Un oro bastante discutido puesto que el único cisne que se pudo contemplar en la piscina Nicola Pietrangeli del Foro Itálico de Roma, en aquel lago de sincronización, fue Gemma Mengual, que con la versión de Ray Charles del "Yesterday" de los Beatles y una perfecta ejecución no conmovió lo suficiente a los jueces. Injusto a todas luces puesto que pese a que Natalia Ischenko rozó la perfección con un ejercicio de 98,833 puntos, Gemma demostró que la sincronizada además de una perfecta ejecución es transmisión de sentimientos.

Aunque tras Roma decidió retirarse para dejar paso a las nuevas promesas y cumplir su deseo de ser madre, regresó nuevamente a la competición en octubre pasado con la mente puesta en los JJOO de Londres. Tras unos meses de trabajo, Gemma valoró su estado físico, sus posibilidades y sobre todo sus prioridades, llegando a la conclusión de que había llegado el momento de parar definitivamente, pues su escala de prioridades pasaba inexorablemente por su pequeño hijo Nil. Llegado aquel momento, conocida aquella decisión, todos quisieron recordar las evoluciones sobre el agua de una revolucionaria. Aquella que junto a Anna Tarrés, mostró el camino a Andrea Fuentes y Ona Carbonell, herederas suyas que crecieron viendo brillar a un estrella cubierta de cloro y enfundada en la malla de la que para mí por y para siempre será “la Pavlova del agua”, un ser traslúcido que interpretó y convirtió en arte la natación sincronizada.