Pasaje 2: nadie como Nadia (Montreal 1976)

Pasaje 2: nadie como Nadia (Montreal 1976)

Dicen que somos nuestros recuerdos, aquellas imágenes con las que convivimos en tiempos pasados. Imágenes desterradas y sustituidas por otras nuevas que, de alguna manera, nos provocan cierto vértigo de perder aquellos momentos que con tanta intensidad formaron parte de nuestras vidas. Como aquel que Comaneci nos hizo vivir en Montreal 1976…

El deporte en esencia  tiene que ver, con la búsqueda de seres humanos extraordinarios, atletas de carne y hueso que a base de sacrificio, talento y fuerza de voluntad son capaces de conectar con lo etéreo, lo sutil y extraordinario para dejar su huella en la mirada fascinada de toda una generación. No importa que la modalidad deportiva posea seguimiento mayoritario o no, cuando el deporte encuentra entre sus sacrificadas horas de trabajo y dedicación a uno de aquellos elegidos, todo espectador queda hipnotizado por su grácil talento, su genialidad y la perfección estética de su desempeño deportivo.

Es entonces cuando un curioso proceso de idealización se apodera del espectador para convertirlo en aficionado de un deporte por el que jamás se sintió atraído. Algo similar a lo sucedido en Montreal 1976, cuando la gimnasia, una modalidad deportiva que no encontraba demasiados adeptos entre la gran masa y pertenecía al grupo de deportes absolutamente minoritarios, encontró en la grácil y etérea figura de una niña de 14 años, 40 kilos de peso y 1,48 m de estatura, la ingravidez mágica de un hada de cuento que volaba sobre la punta de sus dedos. Únicamente los especialistas de aquel sacrificado deporte que flota sobre la línea armónica de lo corpóreo y gravita en la poética física de lo sutil y lo etéreo, conocían a las grandes reinas de la gimnasia hasta esa fecha.

En el recuerdo minoritario se encontraba por tanto Larisa Latynina, una de las mejores gimnastas de la historia, ganadora de un total de 18 medallas en las tres Olimpiadas en las que participó. (Melbourne 1956. Roma 1960 y Tokyo 1964). Laytinia, junto a Vera Caslavska "la novia azteca"  (7 oros y 4 platas en tres participaciones olímpicas) fue una de las últimas grandes gimnastas con cuerpo de mujer. Un concepto estético que comenzó a cambiar en los JJOO de Múnich de 1972, con la irrupción de la soviética Olga Korbut, que pese a sus 17 años aparentaba muchos menos, dando inicio a la era de las gimnastas-niñas. Korbut, grácil y etérea con sus escasos 38 kilos y su 1,50 de altura, era suplente del equipo soviético y constituyó la  primera evolución hacia un nuevo camino estético, el de las “gimnastas-libélulas” que encontró la perfección en Montreal 1976, donde una divina rumana llamada Nadia Elena Comaneci mostró su arte imperecedero.

Y es que hablar de gimnasia y de los JJOO de Montreal es darse de bruces con la magia y leyenda de una niña nacida un 12 de noviembre de 1961, en Onesti, al pie de los Cárpatos, en el seno de una familia obrera. Una pequeña con ojos de almendra, tremendamente expresiva y gestualmente sublime, que fue bautizada Nadia en recuerdo a una película rusa llamada Nadezhda (que en ruso significa esperanza). Aquella que vivió una infancia absolutamente normal hasta la edad de seis años, pues hasta entonces había llamado la atención jugando a ser gimnasta pero no era más que una niña. Una niña que bailaba haciendo deporte y logró captar la atención de Bela Karoloyi, cazatalentos y entrenador que la reclutó para la leyenda de la gimnasia.

En aquel momento la pequeña Nadia dejó de existir para dedicar su infancia perdida a la gimnasia. Entrenaba más de cuatro horas diarias, llevaba la vida de un deportista de élite y el ritmo de trabajo de una mujer adulta, pero seguía teniendo solo seis años. Durante ocho años trabajó sin descanso en busca de la perfección de sus ejercicios, la transmisión y la expresión corporal, consiguiendo una muñeca como recompensa cada vez que Karoloyi consideraba que había completado una ejecución perfecta.

Cuentan que llegó a conseguir más de doscientas muñecas, pues su talento era descomunal, pero posiblemente en aquella búsqueda de la perfección se dejó cosas muy valiosas por el camino. En cualquier caso aquel 17 de junio de 1976, Montreal asistió a una de las actuaciones más soberbias e impactantes de la historia del deporte.

Nadia apareció con su cola de caballo, volando sobre sus pies, enfundada en su ingrávido cuerpo y su mítico leotardo blanco adornado por dos franjas negras y una amarilla a los costados. Usando el número 073 y dejando una bella estela a su paso que aún a día de hoy resulta imposible de olvidar. Aunque era campeona de Europa, había sido nominada por la Associated Press como la atleta del año, y comenzaba a gozar de cierta popularidad, su menuda figura permanecía en el anonimato para el gran público.

Algo que comenzó a cambiar con su exultante dominio de la competición olímpica, en la que a través de la plasticidad y el riesgo, amalgamó una obra de arte con la que dejó a los jueces rendidos a sus mágicos pies. Logró cinco medallas (tres de oro, una de plata y una de bronce) y siete dieces, la puntuación máxima en gimnasia; algo que jamás se había visto. Tres de ellos en el concurso general individual, en el que se impuso a las soviéticas Nelli Kim y Ludmilla Turis.  En asimétricas dejó para el recuerdo dos actuaciones sublimes, puntuadas con un diez cada una de ellas, mientras que en barra de equilibrios se quedó a cinco décimas. En salto de potro logró el bronce, su elegancia, su liviandad mágica, coordinación, flexibilidad, fuerza y expresión quedaron grabadas a fuego en la memoria de todos aquellos que la vieron volar de una barra a otra. En aquella ingrávida memoria quedaron también sus mortales y su personalísima concepción creativa del ejercicio de suelo.

Nadia, una niña mujer de 14 años se convirtió en icono de aquella gran competición, que abrió la sacrificada puerta de la gimnasia al mundo. De otro mundo parecía ser la pequeña Comaneci, Josef Goehler, un célebre crítico de esta disciplina declaró lo siguiente sobre la gimnasta rumana: "Desde un punto de vista biomecánico lo que hace Nadia es muy difícil de conseguir".  

Nadie como ese maravilloso ser, nadie simplemente Nadia, como la definió Ángel Fernández,  maestro de la crónica y el periodismo “Nadie como Nadia”. Lo más parecido a una libélula que he visto, el elegante vuelo de aquel coleóptero capaz de volar al revés, una maravilla de la ingeniería natural trasladada al campo artístico y deportivo.  La inigualable capacidad de maniobra, aerodinámica y biomecánica, de una niña que concluía sus ejercicios con una sonrisa eterna dibujada en su rostro y su cuerpo clavado en el suelo con precisión matemática.

Cuenta la leyenda que aquella niña enamoró al mundo y se convirtió en el capricho personal de Nicu, hijo del dictador Ceacescu. Se llegó incluso a especular con el hecho de que Nadia, hubiera tratado de quitarse la vida bebiendo medio litro de lejía ante el presunto acoso sufrido, pero todo esto quedó en la leyenda que rodeó la apasionante vida de la gimnasta rumana.  Lo verdaderamente cierto y constatable fue el hecho de que el régimen de Ceacescu utilizó su figura para enriquecerse.

Su reaparición en los JJOO de Moscú de 1980, donde ya compitió con más años y más kilos, puso de manifiesto la nefasta actuación de los jueces, que privaron a “la novia de Montreal" de otra legendaria participación olímpica. Aún así consiguió cuatro medallas (dos de oro y dos de plata). El escándalo llegó a ser de considerables proporciones, especialmente flagrante cuando  la puntuación de la soviética Yelena Davidova en el concurso general fue rectificada, mientras la de Nadia fue puntuada ostensiblemente por debajo de lo que merecía. Aquella maniobra dio la victoria a Davidova por 79.150 puntos, mientras que Comaneci y la alemana oriental Maxi Gnauck, tuvieron que conformarse con la plata con un total de 79,075 puntos.

Nadia fue icono de una generación de gimnastas rumanas que le discutieron el reinado a las soviéticas, icono también del régimen opresor de Ceacescu, que en una gira internacional por EEUU en 1981, llegó a embolsarse 250.000 dólares por las exhibiciones mágicas de Comaneci, de los que cuales Nadia solo llegó a ver 1.000. Una gira en la que Bela y Marta Karoloyi, sus entrenadores, aprovecharon para fugarse y tras la que Nadia sufrió una rigurosa vigilancia que le afectó tanto a nivel deportivo como personal.

Comaneci comenzó a ser consciente entonces de que jamás había tenido el control de su vida, sintió la necesidad de ser libre, de tomar decisiones propias y una mañana de noviembre de 1989 decidió desplegar sus alas de libélula para escapar. Por terrenos helados y pantanosos sus delicados pies caminaron durante toda la noche, siguiendo los pasos de un mercenario que le marcó el camino hacia la vida, la libertad. Llegó a Hungría y un todoterreno la llevó a un aeropuerto austriaco en el que tomó un avión para no volver a mirar atrás. Llegó a EEUU, donde comenzó una nueva y propia vida, en la que contrajo matrimonio con un laureado gimnasta llamado Bart Conner, con el que montó una academia de gimnasia y una revista de nombre International Gymnast.

La niña gimnasta quedó entonces tras aquellos pasos de huida, el halo inmortal de su mortal hacia atrás quedó para siempre en aquel inolvidable 17 de junio de 1976 de Montreal, en el que un ser mitológico e ingrávido como el vuelo de una pluma, se paseó por la imperecedera línea de la leyenda, enamorando al mundo y copando portadas en las revistas Time y Newsweek.

Dicen que somos nuestros recuerdos, aquellas imágenes con las que convivimos en tiempos pasados. Imágenes desterradas y sustituidas por otras nuevas que, de alguna manera, nos provocan cierto vértigo de perder aquellos momentos que con tanta intensidad formaron parte de nuestras vidas. Como aquel que Comaneci nos hizo vivir en Montreal 1976…