Pasaje 3: El genio que quería volar- San Sebastián, 15 de marzo de 1991.

Esta, una pequeña historia que nos habla de una grandeza, la de Sergei Bubka, un hombre transfigurado en pájaro: "Me sentía como un pájaro, por un lapso muy breve, sí, pero como si fuera un pájaro. Volaba”. Como Leonardo, otro de aquellos genios que quiso volar, pero que a diferencia del maestro Da Vinci lo consiguió.

Pasaje 3: El genio que quería volar- San Sebastián, 15 de marzo de 1991.
Pasaje 3: El genio que quería volar- San Sebastián, 15 de marzo de 1991.

En el año de 1503, en un monte de la región de Cerere, cerca de la ciudad de Fiésole, un intrépido personaje probó una de sus misteriosas máquinas. La colocó en lo alto de una colina, subió al artefacto a su discípulo Zoroastro y de un empujón lo lanzó al abismo colina abajo. Lo tenía todo calculado pero algo falló y su inventó zozobró dando un sin fin de volteretas que dieron como resultado una pierna rota del aventajado discípulo.

Aquel intrépido personaje era Leonardo Da Vinci, uno de los mayores genios que ha contemplado la humanidad, mucho más que un artista único e irrepetible. En esencia un incesante buscador de la verdad a través de la ciencia, el arte y el pensamiento. Paradigma de la sabiduría su legado nos abruma y su figura nos apasiona con la fuerza del que contempla al mayor polímata de su generación.  De entre sus muchos ataques de genialidad quisiera hoy recordaros su famoso “Tratado de los pájaros”, donde profundiza en la anatomía de las alas de las aves, los músculos de su pecho, la red de tendones y sus fuertes ligamentos cartilaginosos, el acomodo de las plumas, el deslizamiento del aire… Y es que Leonardo quería volar, sentirse como un pájaro planeando y oteando el cielo desde las alturas, por ello entre otras muchas cosas se dedicó a estudiar el vuelo de las aves, su física aerodinámica y su anatomía.

Leonardo no lo consiguió pero trazó el camino aerodinámico hacia un cielo  azul en el que otros lograron sentirse como pájaros. Entre ellos un deportista nacido un 4 de Diciembre de 1963 en Voroshilovgrad, cerca de Donetz, en la Ucrania soviética. Su nombre Sergei Bubka, un superatleta con pinta de héroe de comic que blandiendo y empuñando únicamente una pértiga trabajó desde los once años de edad en la búsqueda del vuelo sin motor. Tan solo con la energía cinética de sus piernas, su poderosa carrera y una técnica única con la que logró sentirse Superman, volar  como un pájaro y superar barreras imposibles para los mortales de su modalidad.

Y es que Bubka pertenece a aquella elegida estirpe de genios que quisieron volar y sentirse como pájaros. En el caso del ucraniano volador utilizando una técnica conocida como la Petrov/Bubka, con la que el saltador podía infundir más energía en la pértiga incluso en el momento de ascenso hacia la barra. La poderosa fuerza motora de Bubka, le permitía tomar la pértiga en un punto más alto que la mayoría de los saltadores y en la carrera previa al salto sus 22 zancadas le permitían alcanzar una velocidad de 35,7 kilómetros por hora, más propia de un sprinter que de un saltador de pértiga.

Con esta técnica legó a volar más allá de los seis metros, más allá de su propia leyenda gracias a sus innatas condiciones para el salto y a Vitaly Petrov, entrenador que le transmitió aquella técnica idónea para sus privilegiadas aptitudes atléticas. Un chico que llegó a la pértiga de forma casual y causal, casual porque Slava, (vecino y amigo de la infancia) le invitó a practicar los saltos, y causal porque Vasily (su hermano mayor) ya intentaba conquistar el cielo con una pértiga. Con tan solo dieciséis años ya era capaz de superar los cinco metros y aunque  en 1981, se clasificó sólo en séptima posición en el Campeonato de Europa Junior, el salto de pértiga estaba cercano a contemplar al mayor genio que ha dado la historia de esta modalidad deportiva.

Con sólo diecinueve ya fue capaz de elevarse por encima de 5,72 metros y aunque en el campeonato de la URSS se clasificó octava posición, Igor Ter-Ovanessian, le incluyó en la selección que compitió en el Campeonato Mundial de Atletismo, en el mítico estadio olímpico de Helsinki. Allí comenzó su leyenda pues Sergei se elevó hasta los 5,70, erigiéndose campeón Mundial con una marca con la que a partir de ese momento acostumbró a comenzar la competición.

Aquel Campeonato mundial de Helsinki de 1983 fue el primero de los seis que conquistó, (Helsinki-83, Roma-87, Tokio-91, Stuttgart-93, Goteborg-95 y Atenas-97) en los que el ucraniano fue escalando y volando centímetro a centímetro de los 5,70 a los 6,01 metros.  Sergei fue perfeccionando su técnica y elevando su techo de vuelo cada vez más, estableciendo como fecha de despegue la del año 1984, en la que comenzó su particular “Tratado de los pájaros” batiendo el récord mundial hasta en nueve ocasiones. La primera en pista cubierta, volando hasta los 5,81 y ascendiendo al aire libre con posterioridad hasta los 5,85 de altura, una cifra que superó en cuatro ocasiones más durante aquel mágico año 1984

Paradójicamente un atleta de su inmensidad solo pudo brillar en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988, en los que obtuvo el único oro olímpico de su carrera. Y es que en Los Angeles 1984 el conocido boicot de la mayoría de los países del bloque comunista, le privó de ser campeón olímpico.  En Barcelona-92 tres nulos en la altura inicial le dejaron fuera del podio, mientras que en Atlanta-96 una lesión en su tendón de Aquiles le impidió siquiera competir. Finalmente en Sydney 2000 vivió su mayor fracaso al ser eliminado tras tres intentos que no lo llevaron más allá de los 5,70.

Sus guarismos constituyen hoy un auténtico desafío a la física, a la fuerza motriz y elevación del saltador de pértiga. Mejoró el récord mundial en 21 centímetros entre 1984 y 1988 y aquel fue tan solo el inicio de su leyenda, pues un 15 de marzo de 1991, San Sebastián, la perla del Cantábrico, ejerció como testigo de su ingreso definitivo en la historia. Cuentan aquellos que le vieron llegar a Anoeta que lo hizo tranquilo y convencido de la viabilidad de su objetivo, pero envuelto en un halo de ausencia que le situaba frente a su gran obsesión: los 20 pies de altura.

Las condiciones de la pista le eran favorables, se sintió cómodo en aquella pista larga y rápida, en la que sus 10,5 segundos en los cien servirían para clavar su pértiga como el acero en el incontenible foso de la leyenda. Bubka sólo hizo tres saltos, primero salvó 5,71 metros, luego 5,91 y, en el tercer intento emprendió su carrera al infinito como ser transfigurado en pájaro. El listón situado en unos desafiantes 20 pies de altura, los inalcanzables 6,10 y por el camino la mirada entregada de los Potapovich, Rizenkov y Rodion Gataulin, su viejo adversario.

Fue una carrera muy veloz, para Sergei quizá demasiado, empuñando su pértiga (de dureza única y extrema) desde la muesca de los 5,12 m. e hincándola en el foso con la incontenible energía que desprende el trueno. Y envuelto en el disfraz de los grandes héroes del atletismo despegó hacia el cielo con la energía cinética que le proporcionó la tensión y dureza de su pértiga.  Una vez en el cielo vitoriano se sintió como un pájaro otra vez más para superar con poderosa facilidad los veinte pies de altura, derribando una de las últimas barreras mitológicas del atletismo.  

Una barrera mítica que aún perdura frente al paso de los años, un paso del tiempo escenificado en su poderoso vuelo  y las sensaciones únicas que experimentó el pertiguista ucraniano. Un record del mundo que batió en 35 ocasiones, dejándolo establecido al aire libre en 6,14 m el 31 de julio de 1994 en Sestriere, Italia y en pista cubierta en 6,15m en el 93 en Donek.

Esta, una pequeña historia que nos habla de una grandeza, la de Sergei Bubka, un hombre transfigurado en pájaro: "Me sentía como un pájaro, por un lapso muy breve, sí, pero como si fuera un pájaro. Volaba”. Como Leonardo otro de aquellos genios que quiso volar, pero que a diferencia del maestro Da Vinci lo consiguió.